miércoles, 11 de octubre de 2017

La generación que no leía

Vengo aquí a constatar un fracaso personal: mis dos hijos mayores (14 y 11 años, para más señas y rigor estadístico) no leen. Al menos no por su propia voluntad. La lectura no entra ni por asomo en sus opciones de ocio. Si disponen de un rato libre tienen las mismas probabilidades de agarrar un libro que de ponerse a ordenar su armario o de rezar un rosario. O sea, ninguna.
No son bichos raros, sino que van en la línea de los hábitos de estos muchachos digitales que estamos criando. Es un tema recurrente del que nos quejamos las madres, 'mi hijo no lee', como quien dice que su hijo no come verduras y está preocupada porque le faltan vitaminas y está malnutrido. Pues eso justamente es lo que me preocupa a mí, que estén malnutridos intelectualmente. Según un estudio reciente, solo un 21% de los menores españoles lee diariamente. Mucho me parece. Creo que en ese estudio se ha incluido a los niños pequeños que todavía leen un libro con sus padres, angelitos inocentes sin voluntad propia. 
He ido a innumerables talleres para animar a la lectura, que hay muchos y de lo más entretenidos; en uno me dio la risa cuando me dijeron que había que practicar con el ejemplo, que si los niños veían leer a sus padres acabarían leyendo ellos por imitación. ¡Ja! Mis hijos han crecido viendo a a su madre leyendo, llenando las maletas de vacaciones de libros, a punto de morir siempre sepultada por los libros que se me acumulan en la mesilla. Y les debe de parecer algo exótico que hace la tarada de su madre, igual que el yoga o la sopa yucateca de lima, por poner un ejemplo.
También dicen que para fomentar el amor por los libros hay que leerles cuentos cuando son pequeños, para que le vayan cogiendo el gusto a eso de conocer nuevas historias y  les pique el gusanillo de la lectura, Pues bien, los míos son inmunes a este virus. Y si las horas que he echado leyendo cuentos a mis hijos las hubiera empleado en aprender otro idioma o practicar deporte, os aseguro que hoy dominaría media docena de lenguas y estaría convocada para las siguientes Olimpiadas.
También soy fiel seguidora de todas esas listas que periódicamente recomiendan los mejores libros para cada edad. Me sé de memoria cuál es el libro ideal para motivar a la lectura desde los 2 hasta los 18 años. Ponedme a prueba. Y, como no podía ser menos, he invertido ingentes cantidades de dinero en comprar esos libros. Si alguna rara vez mencionan que les gustaría leer tal o tal libro remuevo Roma con Santiago para encontrarlo.
Dicen que el sector de libro infantil y juvenil está en auge, algo de lo que me alegro y de lo que me siento muy partícipe. Se publican libros maravillosos. ya hubiera querido yo de niña tener en mis manos estos ejemplares tan bien ilustrados, tan divertidos, tan bien editados, con tantos colores y esos dibujos preciosos. A mis hijos, sin embargo, les parecen tan atractivos como la primera edición del Quijote.
Ante el fracaso de estos dos consejos he probado con mis propios métodos, que van desde el vil soborno a la más cruel amenaza. Un verano llegué incluso a ofrecer dinero, sí, lo confieso, si se leían más de un libro. No recuerdo que tuviera éxito, como tampoco lo han tenido las amenazas de todo pelo a las que he recurrido. Como mucho consigo obligarles a leer un rato, nunca más de media hora. Pero no pierdo la esperanza de dar con el Santo Grial que les enganche. No pienso tirar la toalla, que para algo soy la madre más pesada del mundo.

Compártelo