jueves, 14 de julio de 2016

Dejen nuestra tripa en paz

En pleno siglo XXI la presión sobre las mujeres para que nos reproduzcamos sigue siendo enorme. Estamos sometidas a un escrutinio constante . Nuestra fertilidad y capacidad reproductiva es objeto de discusión pública, todo el mundo tiene derecho a opinar sobre qué hacemos o dejamos de hacer con nuestro útero. 
Esta semana se ha comentado mucho que la recién nombrada primera ministra británica, Theresa May, no tiene hijos. ¿y qué? ¿influye eso para que lo haga mejor o peor? Margaret Thatcher tenía dos y eso no ablandó lo más mínimo su corazón, así que no parece que el ser o no madre sea un factor decisivo. Y sin embargo, sí se ha comentado, cosa que nunca se hace sobre un primer ministro. La rival de May por hacerse con el liderazgo del partido Tory, Andrea Leadsom comentó que el hecho de ser madre la convertía a ella en mejor candidata que May. Tener hijos "significa que tienes una participación real en el futuro de nuestro país, una participación tangible". Toma pulla. Cierto que luego se disculpó, pero el daño ya estaba hecho (aunque no parece que le haya perjudicado mucho a May, ya instalada en el 10 de Downing Street).

Y esta misma semana, Jennifer Anniston acaba de estallar tras la publicación de unas fotos suyas en biquini con el titular de 'Por fin está embarazada'. Y todo porque en esas fotos parecía que tenía tripa, pero no tripa de embarazada, sino tripa de una mujer normal, la típica tripa que tiene cualquier persona sentada, en un momento de relax, sin meter barriga, sin dejar de respirar, y sin retocar posteriormente por el photoshop. 



"No estoy embarazada, estoy harta", ha estallado  Anniston, la novia de América, la mujer más guapa del mundo según la revista People. Harta de que se le use para trasmitir el mensaje de que "las chicas no son guapas a no ser que estén increiblemente delgadas". Y harta de de que se siga perpetuando la idea de que "una mujer está incompleta o infeliz, o fracasada si no está casada con hijos".
"Estamos completas con o sin pareja, con o sin hijos. Y podemos decidir por nosotras mismas qué es lo mejor y lo más hermoso para nuestros cuerpos. Esa decisión es nuestra, solo nuestra. Podemos "ser felices y comer perdices" nosotras solas", ha clamado Anniston. 
Así que por favor, dejen nuestros úteros, y nuestras tripas flácidas, en paz.



viernes, 8 de julio de 2016

Esto sí que es un 'sorpasso'

En mi casa sí se ha producido el sorpasso, no en las urnas, sino en la altura. Y este sí que es un sorpasso a tener en cuenta. Mi hijo mayor, 13 años y medio, me ha alcanzado, está igual de alto que yo. Así, sin pedir permiso. Sin avisar. Sin pretenderlo. Sin contemplaciones. De repente, tras unas semanas fuera, se planta en casa con la misma altura que su madre. Y en breve, en cuanto me descuide, me habrá superado, sorpasso mediante.
Y así de sopetón ha cambiado mi perspectiva.
Desde mi privilegiado 1,70, una altura superior a la de la media de la mujer española de mi edad, yo hasta ahora, hasta ayer por la noche había contemplado mi vida familiar con superioridad; desde la atalaya de la maternidad, me sentía en control de todo y yo era la máxima autoridad, junto con el padre de las criaturas. Pero ahora llega un pequeñajo, porque con 13 años se crea lo que se crea es todavía un crío, y se me planta a la misma altura que yo y me mira, desafiante, a los ojos de frente, cara a cara, sin alzar la cara, de igual a igual - o eso cree él-. Y os aseguro que me impresionó. Es ley de vida, me diréis, los hijos superan a los padres. Os ha pasado a todos, lo hemos hecho muchos: dejar pequeños, en altura, a los padres.
Pero yo aún estoy en estado de shock: mi niño lindo, mi primogénito, el que dio la vuelta a mi vida cuando nació, ahora me habla de tú a tú mirándome fijamente a los ojos. Creo que ya no le va a servir que le diga que haga algo porque lo digo yo, que soy su madre y hasta antesdeayer era más alta que él. Creo que ha cambiado algo. El sorpasso no me dejará indemne. Necesito unos días para asimilarlo.

miércoles, 6 de julio de 2016

Las gafas de sol no son un juguete*

Nos ha costado pero ya tenemos grabado que hay que embadurnar de crema solar a nuestros hijos antes de ir a la playa o a la piscina, o a la montaña. Hemos aprendido ya la importancia de proteger su piel del sol. Y entonces ¿por qué no protegemos sus ojos? No solemos ponerles gafas y, de hacerlo -yo la primera- en muchos casos se trata de baratijas de colores inspiradas en personajes de dibujos animados, que no solo no protegen sino que son perjudiciales. Y eso que los ojos de los niños son mucho más delicados que los de los adultos. 
El Colegio de ópticos de Valencia (COOV) ha lanzado este verano la campaña informativa "Cuida a tus ojos como a tu piel" y van por las playas, con un grupo de niños que forman la Patrulla de protección solar, concienciando de la necesidad de proteger los ojos de los niños de las radiaciones nocivas del sol. Y de la importancia de hacerlo con gafas adecuadas, que cubran todo todo el campo visual, con cristales homologados y con los filtros de protección solar necesarios. De no ser así, mejor que no lleven gafas, y sobre todo, mejor que no lleven gafas de juguete.
"Hay que extremar las precauciones en los niños, sobre todo en lugares como la playa y zonas de montaña, donde los índices de radiación son más altos, y durante los meses de verano, cuando aumentan las horas de exposición a la luz solar y los índices de radiación también son más altos”, asegura Vicente Roda, Presidente del COOCV. 
Para ayudaros a proteger los ojos de vuestros hijos sorteamos estas estupendas gafas de la marca  norteamericana Babiator, que acaba de llegar a España. Son las Aces Aviator con protección UVA y UVB 100% y lentes espejadas resistentes a impactos.

Para participar en el sorteo tenéis que rellenar este formulario antes del jueves 14 de julio a las 24 horas. El resultado será anunciado el viernes 15 en nuestra página de FB. 




*Post elaborado en colaboración con Babiators

martes, 5 de julio de 2016

Por qué me da pena el Brexit

Llevo dos semanas consternada con el Brexit, leyendo compulsivamente todo lo que sale sobre el tema. El bombazo me pilló justamente en Inglaterra, en una zona rural muy próspera del norte, donde por todas partes había carteles defendiendo la salida de la Unión Europea. "Vote Leave" decía un cartel colgado en la puerta de la pescadería y hasta la heladera, mientras le ponía a mis hijos dos bolas de 'strawberry' y chocolate defendía con vehemencia las ventajas de salir del club de las estrellitas amarillas. En los bucólicos pueblecitos de los desolados moors, esos páramos y esas cumbres borrascosas que hicieron suyas las hermanas Bronte, abundaban las banderas británicas, omnipresencia de la Union Jack. No vi una sola bandera europea.

Y diréis que a santo de qué me tomo tan a pecho esto del Brexit y vengo aquí a contároslo. Pues me pone muy triste porque participé en uno de los primeros programas Erasmus que se abrieron con las universidades británicas. Corría algo así como el 1992, aquel año en el que en España vivimos el espejismo de que todo iba a ser posible y de que el futuro estaba ya aquí para siempre. Junto con otros compañeros de mi facultad de Filología Inglesa nos marchamos a la Universidad de Swansea, un lugar bastante remoto en el sur de Gales. Y lo hicimos con el entusiasmo, la inconsciencia y la felicidad de quien está zarpando a descubrir nuevos horizontes, a repoblar terrenos desconocidos . Sentíamos de corazón que el futuro y el mundo eran nuestros, que no había ni habría ya nunca más fronteras para nosotros. Abrazando aquella bandera azul con estrellitas, el continente europeo era nuestro. Aquel Gales minero y costero, que ahora ha votado a favor del Brexit, nos acogió con los brazos abiertos y nos sentimos como en casa desde que llegamos.
Disfruté cada momento de aquel año en el Reino Unido, aprendí a decir británicos en vez de ingleses, me enganché para siempre, forever and ever, al té y a los prados verdes, al humor inglés, que siempre empieza por uno mismo con esa fina ironía de la selfdeprecation , y casi hasta le cogí cariño a su monarquía.
Y desde aquel año me he sentido siempre una privilegiada, una afortunada por ser parte de esa generación que descubrió el mundo (y con él, el amor y el sexo, que son parte de ese descubrimiento) gracias a las becas Erasmus. Esa generación que creció sin fronteras en su entorno cercano. Mis hijos me escuchan con estupor cuando les he explicado, viajando a Francia y a Portugal, que antes había que pararse en las fronteras, en las aduanas, y que te miraban el pasaporte, y se han acostumbrado a viajar por Europa como ciudadanos de pleno derecho.
Ese era el mundo que yo pensé íbamos a dejarles a nuestros hijos, una Europa unida, abierta y hospitalaria, con países muy diferentes que habían logrado finalmente entenderse tras décadas, que digo décadas, siglos, de enfrentamientos. Una Europa sin fronteras, sin controles, acogedora, en la que se podía saltar de país en país con el carnet de identidad. Por eso estoy muy triste desde que los británicos votaron el Brexit (y también desde que los refugiados se amontonan en nuestras fronteras). Esa no es la Unión Europea en la que yo crecí, creí y en la que quería que mis hijos crecieran.


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