lunes, 22 de febrero de 2016

Hoy vamos a hablar de sexo

Acabo de regresar de un taller sobre educación sexual (en la adolescencia, aunque ahora que lo pienso quizás no me vendría mal ir a otro taller sobre educación sexual en la vida adulta, pero ese es otro tema). Iba yo preocupada, pensando en cómo mejorar la comunicación con mi hijo mayor, recién entrado en la adolescencia, dándole vueltas a cómo crear ese vínculo de confianza a través del cual yo le pueda ayudar en esta etapa tan compleja de su vida. Y, en resumidas cuentas, lo que nos ha venido a explicar un doctor muy amable es que lo que no hayamos hecho hasta ahora ya es tarde para hacerlo, que si a estas alturas (13 tiene mi hijo) no hemos creado ese vínculo de confianza pues ya poco se puede hacer, y que deberíamos haberles educado en la sexualidad y la afectividad, y el respeto a su cuerpo y la autoestima prácticamente desde que nacieron. Y nos ha contado un experimento que me ha hecho pensar mucho: vistieron a un bebé de pocos meses de azul y se lo enseñaron a un grupo de personas y estas se dirigiendo al bebé hablando con tono fuerte, diciéndole que iba a hacer muchas cosas grandes y a ser un campeón. Al mismo bebé lo vistieron de rosa y volvieron a enseñarlo y todos se dirigían a ella con voz dulce, diciéndole lo guapa que estaba y lo buena que era.
Y os decía que me ha hecho pensar porque la educación de las niñas en esta sociedad nuestra tan sexualidada y tan obesionada con la imagen es un tema que me preocupa especialmente. Y me esfuerzo cada día por trasmitirle a mi hija pequeña (6 años) que puede hacer lo que quiera y llegar dónde quiera. Y supongo que, por no desanimarme de pensar que con el mayor lo hecho hecho está, he salido del taller pensando que aún me quedan los otros dos pequeños para seguir poniéndolo todo en práctica y seguir trabajando con ellos ese vínculo de confianza y esa relación sana con la sexualidad. Eso iba yo reflexionando -el que no se consuela es porque no quiere- cuando al llegar a casa he pillado a la niña y a su hermano mediano jugando a hacer un concierto. Y rauda y veloz, con la lección bien aprendida, le he dicho a la niña que por qué no tocaba ella la batería y en un periquete le he montado una batería improvisada de lo más resultona con unos cubos y unos cucharones y la he animado a golpear con fuerza y estruendo. Y como loca que se ha puesto, ante la envidia de su hermano, a aporrear su batería, con tal entusiasmo que no llevaba ni cinco minutos cuando ya había roto un cubo y una cuchara de madera. Y os diré que los doy por bien rotos si con ello he contribuido a reforzar la autoestima de mi niña. Ahora tengo que reflexionar sobre cuándo y cómo vamos a hablar de dónde vienen los niños, porque parece pronto pero es que siempre parece pronto y de repente vas a un taller y te dicen que ya es tarde. ¿Y vosotros, cómo habéis abordado la educación sexual de vuestros hijos? por favor, dadme pistas.

miércoles, 17 de febrero de 2016

La verdad nunca contada sobre el estrés de los cumpleaños

Espero sinceramente que este post no lo lea nadie que me conozca personalmente, sobre todo que no lo lea nadie relacionado con el colegio de mis hijos, y sobre todo ninguna madre de algún amigo de mis hijos. Pero si no lo escribo reviento, así que me lanzo a ello decidida, sin medir las consecuencias y sin valorar el riesgo que asumo (hijos mios, no me guardéis rencor si no os vuelven a invitar a ningún cumpleaños).
Como madre de tres hijos en edad escolar una gran parte importante de mi tiempo, y de mi whatsapp, está dedicado a gestionar sus vidas sociales. Y una gran parte de esa vida social son las invitaciones a los cumpleaños. Por alguna razón que desconozco se han puesto de moda dos cosas:

1- los cumpleaños masivos, es decir, todos los niños invitan a toda la clase. Si tu hijo ha sido cambiado de clase, es muy probable que le sigan llegando invitaciones de las dos clases (sí, está muy bien que el niño esté integrado y no tenga problemas para relacionarse y yo me alegro de ello), con lo cual si tienes tres hijos pues multiplica. Te sale una media de 90 cumpleaños al año, así tirando un poco por lo alto. (Aprovecho desde aquí para agradeceros de corazón a todos los que nos habéis invitado en los últimos años, por favor, no os lo toméis a mal, no tengo nada contra cada invitación en particular pero sí contra la acumulación en general). Vamos, que te puedes pasar los fines de semana de cumpleaños en cumpleaños, no hacer otra cosa en tu tiempo libre que llevar niños a todo tipo de espacios lúdicos (que sí, que está muy bien también que los padres se curren las opciones para que cada cumple sea único y especial, mis hijos han hecho talleres de robótica, de química, de pastelería, de disfraces, y casi hasta de física nuclear, que ya ni recuerdo).

2- los cumpleaños se anuncian con dos o tres, o incluso cuatro semanas de antelación. Y exigen confirmación, algo que puede resultar muy complicado y estresante. No ya solo porque seas un desastre incapaz de planificar ni lo que se va a cenar esta noche, que también, sino porque, pobre ilusa, a mí me gusta pensar que en mi vida todavía queda un resquicio de libertad e improvisación, que todavía se pueden hacer cosas sobre la marcha, según el humor del que te levantes por la mañana, que no todo está planificado y programado, que todavía se puede ser libre!!! ay, pobre tonta.

Dicho esto, hecho el mal, aprovecho para deciros a todos que mis hijos han disfrutado muchísimo todos y cada uno de los cumpleaños a los que han ido  y que mueren de ilusión cada vez que les invitan a uno. Y estoy convencida de que la participación en estas fiestas infantiles es parte esencial del crecimiento emocional de nuestras criaturas.
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lunes, 15 de febrero de 2016

MI hija y el juicio de la infanta

Tenemos una actualidad tan loca que hoy no sabía si venir aquí a hablaros de la autoinflingida prisión domiciliaria de Rita Barberá, de la espantá de la abuela Esperanza o de las negociaciones de los pactos convertidas en política de patio de colegio ('no te doy la mano porque no te ajunto'  o 'si ajuntas a ese otro no te ajunto yo'). Pero al final voy a decidirme por algo que me parece una oportunidad fabulosa para todas las madres de 'princesas', es decir, mayoritariamente niñas (aunque no digo que no haya también niños que hayan sucumbido al embrujo), normalmente entre los 2 y los 9? 10? (corregidme si me equivoco, la mia tiene 6 y no sé cuánto le durará) fascinadas por el mundo de las princesas Disney. 
Cierto es ,en su defensa, que las princesas Disney no han sido ajenas a la evolución de los tiempos y son cada vez más guerreras (Brave sin duda es mi favorita) y más dueñas de su destino, sin tener que esperar dormidas a que venga un príncipe azul a despertarlas. Pero aún así me parece que, para evitar justamente esa idealización de la princesa bella y pasiva, puede resultar de lo más aleccionador y pedagógico para nuestras nenas que les enseñemos a la infanta sentada en el banquillo de los acusados. 



No será fácil pero podrá valer la pena que de la manera más sencilla posible les expliquemos lo que ha llevado a SAR hasta ese lugar tan ingrato para que 1- desmitifiquen la profesión de princesa que tanto les fascina y que vean que no es un camino de rosas libre de desgracias. 2- se den cuenta de adónde te puede llevar un amor ciego e incondicional por un príncipe azul con físico de efebo, mucha ambición y pocos escrúpulos. 

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