martes, 5 de julio de 2016

Por qué me da pena el Brexit

Llevo dos semanas consternada con el Brexit, leyendo compulsivamente todo lo que sale sobre el tema. El bombazo me pilló justamente en Inglaterra, en una zona rural muy próspera del norte, donde por todas partes había carteles defendiendo la salida de la Unión Europea. "Vote Leave" decía un cartel colgado en la puerta de la pescadería y hasta la heladera, mientras le ponía a mis hijos dos bolas de 'strawberry' y chocolate defendía con vehemencia las ventajas de salir del club de las estrellitas amarillas. En los bucólicos pueblecitos de los desolados moors, esos páramos y esas cumbres borrascosas que hicieron suyas las hermanas Bronte, abundaban las banderas británicas, omnipresencia de la Union Jack. No vi una sola bandera europea.

Y diréis que a santo de qué me tomo tan a pecho esto del Brexit y vengo aquí a contároslo. Pues me pone muy triste porque participé en uno de los primeros programas Erasmus que se abrieron con las universidades británicas. Corría algo así como el 1992, aquel año en el que en España vivimos el espejismo de que todo iba a ser posible y de que el futuro estaba ya aquí para siempre. Junto con otros compañeros de mi facultad de Filología Inglesa nos marchamos a la Universidad de Swansea, un lugar bastante remoto en el sur de Gales. Y lo hicimos con el entusiasmo, la inconsciencia y la felicidad de quien está zarpando a descubrir nuevos horizontes, a repoblar terrenos desconocidos . Sentíamos de corazón que el futuro y el mundo eran nuestros, que no había ni habría ya nunca más fronteras para nosotros. Abrazando aquella bandera azul con estrellitas, el continente europeo era nuestro. Aquel Gales minero y costero, que ahora ha votado a favor del Brexit, nos acogió con los brazos abiertos y nos sentimos como en casa desde que llegamos.
Disfruté cada momento de aquel año en el Reino Unido, aprendí a decir británicos en vez de ingleses, me enganché para siempre, forever and ever, al té y a los prados verdes, al humor inglés, que siempre empieza por uno mismo con esa fina ironía de la selfdeprecation , y casi hasta le cogí cariño a su monarquía.
Y desde aquel año me he sentido siempre una privilegiada, una afortunada por ser parte de esa generación que descubrió el mundo (y con él, el amor y el sexo, que son parte de ese descubrimiento) gracias a las becas Erasmus. Esa generación que creció sin fronteras en su entorno cercano. Mis hijos me escuchan con estupor cuando les he explicado, viajando a Francia y a Portugal, que antes había que pararse en las fronteras, en las aduanas, y que te miraban el pasaporte, y se han acostumbrado a viajar por Europa como ciudadanos de pleno derecho.
Ese era el mundo que yo pensé íbamos a dejarles a nuestros hijos, una Europa unida, abierta y hospitalaria, con países muy diferentes que habían logrado finalmente entenderse tras décadas, que digo décadas, siglos, de enfrentamientos. Una Europa sin fronteras, sin controles, acogedora, en la que se podía saltar de país en país con el carnet de identidad. Por eso estoy muy triste desde que los británicos votaron el Brexit (y también desde que los refugiados se amontonan en nuestras fronteras). Esa no es la Unión Europea en la que yo crecí, creí y en la que quería que mis hijos crecieran.


2 comentarios:

  1. El Brexit ha sido un jarro de agua fría para todos, más aún para los que vivimos en el Reino Unido. Sin embargo, es sólo un síntoma de la enfermedad global de nuestro planeta: La falta de líderes competentes y gente que esté dispuesta a jugársela por el bien común.

    Los padres de la Unión Europea buscaban evitar la tercera guerra mundial, nada menos, y es algo que no se ha sabido transmitir a la siguiente generación, ni de ciudadanos, ni de políticos. La Unión Europea es mucho más que el mercado común o la libre circulación de personas. Al menos, ése era el sueño.

    El Brexit es una oportunidad para todos de reflexionar y coger al toro por los cuernos para poner las cosas de nuevo en su sitio y luchas por un futuro mejor para nuestros hijos. Sin embargo, no sé quién va a liderar ese proceso, cuando la clase política a nivel mundial cree que su trabajo es mirarse al hombligo, en lugar de intentar mejorar las cosas.

    Hemos de soñar un mundo mejor para nuestros hijos y luchar por él. No obstante, también hemos de prepararles para que tomen el relevo en esa lucha y no se acomoden en el sillón. El futuro es suyo y hemos de enseñarles el valor y reponsabilidad que eso trae de la mano.

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  2. Yo no voy a decir que me sorprendiera porque la verdad es que lo esperaba, creo que es un error, para ellos y para el resto de la Unión Europea, pero bueno, ahora solo queda ver cómo lo manejan nuestros estimados políticos a ver si son capaces de ponerle freno antes de que vaya a más...

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