miércoles, 23 de diciembre de 2015

Disfraces, galletas y otros rituales navideños

Iba a hablar en este post de la nueva esclavitud materno-navideña, esto es, los disfraces para las funciones navideñas (que, me atrevo a decir, preparan las madres en el 99,9% de los casos. Si algún padre lector de este blog ha preparado disfraces infantiles que lo comunique y lo incluimos en el listado de 'Padre del año'). Me diréis que toda la vida fue así, que siempre hubo que vestir a los niños para las representaciones escolares propias de estas fechas. Sí, cierto. Pero antes se vestía de pastorcillo, o como mucho, si tenías muchas suerte, pero eso solo tocaba a los más altos o más guapos, o al enchufado de la profesora, o a la de ojos azules, de Virgen o de San José. Y en toda casa había un chaleco de borreguillo que, bien atado con una cuerda, valía lo mismo para pastor que pastora. Y si a tu niña le tocaba de Virgen, pues la ocasión excepcional bien merecía hacer un esfuerzo. Pero ahora no. Ah, no. Ahora con el laicisimo en nuestras vidas pues se han disparado las posibilidades y ya no hay chino, ni desván, ni vecina que te solucione la papeleta. Que un año lo mismo te toca disfrazar a tu churumbel de nube (supongo que por eso de representar lo efímero de la existencia), de bola de Navidad, que de abeto. Mi hermana se ha pasado el fin de semana haciendo un disfraz de copo de nieve que bien merecería un premio. Y una colega del trabajo se recorrió medio Madrid buscando la tela adecuada para forrar las orejas de conejo del traje de su hijo. Lo dicho, que es la nueva esclavitud. Y sobre eso preveía yo explayarme.
Pero hoy,  poseída por el espíritu navideño y ante la inminencia de la Nochebuena, he decidido compartir con vosotros uno de mis rituales navideños favoritos: las galletas de Navidad.  Y ahora me diréis, y tendréis razón pero una es mujer de múltiples contradicciones, que también esto es una esclavitud. Pero es algo a lo que me lanzo con entusiasmo cada año por estas fechas.

Y siempre a mediados de diciembre aprovecho una tarde libre, con todos en casa, para ponernos manos a la masa. Y por rigurosos turnos, para que no haya broncas y arruinemos el espiritu navideño, cada uno, pertrechado con mandil, rodillo y moldes de formas navideñas, cada churumbel se va poniendo a hacer sus galletas favoritas. En forma de estrella, corazón, angel, abeto o campana. Y así vamos horneando galletas que luego, bien envueltas, quedan monísimas y finísimas para felicitar las navidades a amigos, parientes y sufridos vecinos (la señora que vive debajo de nuestra casa recibe ración doble) . Aquí os dejo la receta, infalible y muy fácil:
- 250 g. de mantequilla.
- 225 de azúcar.
- 500 de harina.
- 3 huevos.
- 1 pellizco de sal.
- Ralladura de limón.
Se mezcla todo bien y se deja enfriar un par de horas en el frigorífico antes de hacer las galletas. Luego se mete en el horno unos 15 minutos a 180 grados. Que las disfrutéis y Felicísimas Navidades!

P.S. Y ya que estamos metidos en harina, os confesaré otro ritual navideño que no falta nunca en mi casa: cantar la 'Marimorena' a voz en grito, incorporando cada año nuevas estrofas. ¿Cuáles son vuestros ritos imprescindibles? 

viernes, 4 de diciembre de 2015

Dilemas prenavideños del primer mundo

Llegó diciembre. Se ha terminado casi el otoño. Se pasó volando. Tan volando que ni tiempo me dio a escribir en el blog. Que parecía que me había muerto. Y me gustaría deciros que no estaba muerta, que estaba de parranda. Pero ni eso. No sé en qué se me pasó el tiempo. En domesticar cachorros. En la intendencia doméstica. En ganarme las lentejas. Ah, y en terminar otro libro (os adelanto que en 2016 tendremos una versión actualizada del Diario de una Madre Imperfecta). Pero no hay excusas para dejar de escribir el blog. Así que aquí estoy de vuelta. Gracias a las lectoras que preguntastéis si tenía pensando continuar o lo había cerrado. De cerrarlo nada. Con lo que me ahorro en psiquiatra soltando aquí mis desvaríos... Hoy os vengo con mis dilemas navideños. Todos muy del primer mundo. Vergüenza me debería dar con la que está cayendo no muy lejos de aquí. Pero no me la da, a mucha honra. Cada cual tiene sus campos de batalla. Mientras el padre de las criaturas, el humanitario de la familia, se afana en paliar desgracias lejanas, yo centro todas mis energías en que esa burbuja protectora llamada hogar sea lo más cálida posible para los cachorros, en mantener vivas sus ilusiones con los preparativos prenavideños, que los tienen ya nerviositos. Y me he topado con estos dilemas:

- ¿Qué árbol poner? Descartamos hace años la opción de árbol natural, poco ecológico, poco sostenible. Los de plástico tampoco nos gustan. Descartadas esas opciones empecé a hacer árboles de cartón, un año hicimos uno gigantesco pintado en cartón. Otro año recortado. Y estaba yo buscando cartones por la calle para hacer el de este año, cuando mi hijo mediano me soltó ¿Mamá, y por qué no podemos poner un árbol normal? Ni que decir que solté de inmediato las cajas que había ya cogido. Y llevo días mirando blogs de mis admiradas blogueras reinas del estilo en busca de inspiración de un árbol que no sea ni uno ni otro,  ni el clásico ni un remedo hispter. Tengo varias ideas en la cabeza, pero algunas exceden mis habilidades. Así que este fin de semana me dispongo a echarme al monte a recoger ramas a ver si logro componer algo que se parezca a un árbol. Ya os contaré.
- Los regalos.  Este año estoy previsora como nunca y me he jurado que no voy a comprar un solo regalo el 5 de enero por la noche (el año pasado sudé tinta para encontrar un Olaf de Frozen). Así que he adelantado las compras. Pero el dilema sigue siendo el mismo. Los restos de aquel yo mio que creía a pies juntillas en la educación igualitaria y en las no diferencias entre sexos (ay, pobre ingenua) todavía se rebelan cuando leo la carta a los reyes de mis hijos pequeños. Pistolas y coches de superhéroes uno, hadas y muñecas la otra. A decir verdad, el gran dilema lo viví el año pasado, cuando los dos niños se pidieron sendas pistolas Nerf, maldito invento. Pasé varios días dándole vueltas, repetiéndome los argumentos en contra de los juguetes bélicos, hasta que el argumento del mayor ' así jugamos juntos, mamá' me hizo claudicar. Y los Reyes les trajeron las dichosas pistolas. Así que este año ya me ha costado menos, dónde quedaron mis principios?, comprar tres docenas de balas de recambio. Y la niña ya tiene sus hadas, faltaría más. 
- Los menús festivos. Este año, por primera vez en mi vida, Nochebuena y Navidad se pasarán en mi casa. Mi madre se ha hartado de ser anfitriona y me ha delegado la papeleta. Llevo semanas buscando en blogs de cocina. Tengo tal empacho que cierro los ojos y veo pulardas. 

Y os dejo que voy a seguir con mis dilemas. 

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