lunes, 17 de agosto de 2015

Loca por el yoga. Testimonio de una neoconversa.

Siempre había pensado que el yoga no era para mí. Lo había descartado, sin siquiera probarlo, porque  me parecía demasiado estático. Soy nerviosa, muy nerviosa, me muevo con rapidez y mi mente, por más que trate de frenarla, va a la velocidad de una centrifugadora. He practicado diferentes deportes y en ninguno de ellos lograba que mi mente estuviera al 100% centrada en lo que estaba haciendo. Haciendo largos en la piscina soy capaz de escribirme mentalmente varios artículos, y montando en bici tiendo a ir haciendo el planning de la semana.  El aerobic, a pesar de que exige concentración, me estresa porque no logro seguir los pasos. El step, que tan de moda se puso en su momento, me resultó imposible, casi me caigo de bruces un día por no saber coordinar los saltitos. Y qué deciros del spinning: me crea un estrés inconmensurable con los gritos del profesor, arriba y abajo del sillín. En una ocasión, buscando la manera de hacer ejercicio con cierta espiritualidad, llegué a practicar taichí, pero me aburrió soberanamente.
Al yoga llegué de pura chiripa, como supongo llegas a las cosas que pueden cambiarte la vida, por casualidad y sin haberlo planificado. Un día me llamaron del centro municipal que está cerca de mi casa. Al inicio del curso escolar me había apuntado a todo lo que tenían, que era poco, yoga y gimnasia de mantenimiento (programación pensada, deduzco, para la tercera edad del barrio). Como estaba todo lleno, me pusieron en lista de espera. Y cuando ya se me había olvidado, a los seis meses, me llamaron a decirme que había una plaza libre en yoga. No tuve  el valor de rechazarlo y allí fui sin ningún convencimiento, convencida de que no duraría más de una clase. Fue el 7 de mayo de 2012, no os digo más de la importancia que tuvo ese día, que hasta lo recuerdo.

Creo que no llevaba ni media hora de clase cuando me di cuenta de que había encontrado la disciplina adecuada para mí. Para realizar las posturas de yoga necesitas usar todos los músculos de tu cuerpo, pero también tu mente. Si no te concentras plenamente en lo que estás haciendo no lograrás mantener la postura. Esa conexión entre cuerpo y mente es lo que me ha enganchado del yoga. Mi coco, que por lo general está a varias horas por delante o a varios kilómetros de distancia de mi cuerpo, es obligado a focalizarse en el aquí y en el ahora.  No puede pensar en listas de compra, en artículos, en trabajo, en niños, en cumpleaños, en menús para las cenas. Y esa fusión de mente y cuerpo me ofrece una paz y una concentración que desconocía. Estar con una pata en alto y los brazos por encima de la cabeza, en la postura del árbol, me proporciona una serenidad que no había experimentado nunca antes. Supongo que en eso consiste el mindfulness que se ha puesto tan de moda últimamente: en ser plenamente consciente del momento presente, en no huir de dónde estamos, en dejar que la mente se concentre en lo que está haciendo el cuerpo.

Además tuve que reconocer que el yoga de estático no tiene nada, es un ejercicio fabuloso que tonifica y proporciona muchísima elasticidad. Soy consciente de que hablo como si hubiera sido captada por una secta. No os digo más que estoy soñando con irme a un retiro de yoga. Ya os contaré. 

2 comentarios:

  1. Qué bien! me alegro que te funcione, yo a veces lo practico pero a mi la verdad es que no es algo que me apasione, también es cierto que yo lo practico en casa y eso quieras que no, no anima tanto a seguir una rutina fija... Un saludo y a seguir en forma ;)

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  2. Absolutamente de acuerdo contigo, podría suscribir cada una de tus palabras! :-)

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