miércoles, 12 de marzo de 2014

Esos interminables 'acostares' que tanto echaremos de menos (y 2)

Ayer os contaba que mi misión nocturno-maternal termina cada noche cuando, después de una hora y media de prolegómenos, las tres fierecillas duermen plácidamente en sus camas. Ahí es cuando ya logro relajarme un rato en el sofá. Pero, sin embargo, no ha terminado el ritual nocturno. Aún queda algo que realizar. Porque tengo que confesaros que antes de irme yo a la cama, toditas las noches, paso por cada cama a darles un beso a cada uno. Un beso o varios, porque con frecuencia me los como a besos y abrazos, arriesgándome incluso a despertarlos, aunque a esas horas tienen el sueño profundísimo y no les despertarían ni los bomberos. Muchas veces, sobre todo cuando estoy nerviosa o preocupada por algo, me tumbo un rato en cada cama, para abrazarlos, para olerlos, para contagiarme de su respiración pausada. Y os aseguro que en esos momentos no soy yo quién les protege, son ellos los que me protegen a mí. Y como decía ayer una lectora, cuando sean unos hombres y una mujer hechos y derechos, echaré de menos ese contacto animal.

3 comentarios:

  1. alguna vez he hecho eso mismo, después de un cabreo por otros motivos me he tumbado al lado de mi hijo mayor a que su piel, su calor, su respiración, me reconfortaran a mí... mi madre cuando me quedaba solita con él -aún no había nacido la niña- y me quejaba me decía 'no tendrás nunca mejor compañía que tu hijo'... yo pensaba 'sí, claro, y cuándo vomita, y cuándo me despierta en mi mejor sueño, y cuándo y cuándo... pero es verdad

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  2. Me he visto retratada, y muchas noches me he quedado dormida abrazada a cualquiera de mis dos fieras. Dormidos me transmiten toda la paz que me quitan durante el día:)

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