martes, 11 de marzo de 2014

Esos interminables 'acostares' que tanto echaremos de menos

Interminables. Así son los prolegómenos de irse a la cama en nuestra casa. Todo un ritual que puede durar entre hora y hora y media (normalmente entre 8,30 y 10). Desde que terminan la cena y pasamos al cuarto de baño, normalmente ya en pijama porque para abreviar este proceso les pido que vengan a cenar ya en pijamita. Toca entonces lavarse los dientes, los de arriba y los de abajo, los de delante y los de atrás, con pasta, con enjuague bucal (muy de vez en cuando, para qué os voy a engañar diciendo que todas las noches, ya sabéis que yo no vengo aquí a presumir de madre modelo). Luego un pis cada uno, que a veces se les olvida y tenemos percance nocturno. Una vez lavados y meados -disculpad el tono escatológico- nos retiramos a los aposentos, donde toca elegir el cuento a leer y/o contar. Hay veces que lo tienen claro, saben el que quieren y además les gusta a los dos (los dos pequeños, el mediaño y la niña, comparten habitación), pero otras veces, las más, cada uno quiere uno y toca negociar, consensuar, elegir, ceder, porque al final todo momento del día es una buena ocasión para continuar la labor educativa tan esencial a nuestra tarea de padres. Una vez decidido, consensuado o impuesto el cuento, se procede a su lectura, normalmente entre cinco y diez minutos, que nunca son suficientes, porque siempre quieren más, y más y más, que el día menos pensado protagonizamos la versión infantil de Las mil y una noches. Aunque claro, de casta le viene al galgo, porque si algún recuerdo tengo yo de mi infancia es de pedirle a mis padres por las noches que me contaran un cuento más, y otro y otro y otro y otro.... Pero llega un momento en que hay que decir Basta, con energía y determinación, y salir de la habitación y dejarles allí. Y entonces vienen las llamadas, curiosamente siempre a Mamá, y con anuncios de que se trata de algo "muy importante". Que luego resulta ser un quinto beso, o un vaso de agua, o un deber que se ha olvidado hacer del cole, o un muñeco que se ha olvidado en la cocina... Esa fase viene a durar una media hora. A todo esto, el mayor, 11 años y medio, ha ido a su bola, a él no le superviso ya que se lave los dientes ni que haga pis -doy por hecho que lo hace aunque lo mismo la semana próxima en la revisión dental me llevo una sorpresa- y se dedica a preparar su mochila, a guardar sus cosas, a leer algún libro. Luego se viene un rato con nosotros al salón, a comentar las noticias. Y como una hora después de que sus hermanos estén en la cama, cuando estos ya por fin se han callado, viene entonces su petición final: "Mamá, ¿me acuestas?". Y a mí, que acabo por fin de acomodarme en el sillón después de levantarme como cinco veces, y de agarrar el periódico, me dan ganas de decirle, mira no, acuestate tú solito que ya eres mayor. Pero entonces pienso que no queda nada para que no quiera que yo le acueste, que dentro de nada me estará negando y rehuirá mis besos. Así que me muerdo la lengua, me levanto agotada, y me voy a arroparle a mi niño mayor, y a darle un beso en su mejilla suave y a desearle felices sueños. Y entonces ya, puedo sentarme, pensar Misión Cumplida.

7 comentarios:

  1. Me emociono al leerlo. Efectivamente el proceso agotador que supone acostar a un peque lo echaremos de menos en cuanto crezcan... Es tan bonito que mi hijo me diga "mamá se me ha caído el besito que me has dado... me das otro mami?"

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  2. Tal cual hija mía, tal cual, podría firmarlo yo, porque es exacto a cómo sucede en mi casa.

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  3. Me ha encantado el post, yo que llego tarde a casa, alargo mucho la hora de irse a dormir, cuentos, canciones...lo que haga falta....a veces estoy tan cansada que....da igual, sigo haciéndolo encantada...mientras me dejen!!
    Ana

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  4. Os aseguro que me emociona leer esto, yo hace mucho que pase por ahi,y cuando estan en casa y puedo entrar a su habitacion dos tios hechos y derechos, pero no puedo resistir entrar y al menos ver si estan tapados, solo eso pero me lleva a ese momento que estais viviendo, aprovecharlo...

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  5. Me has emocionado...estas rutinas son las que dentro de nada hecharemos de menos con toda el alma. (Aunque hay noches que me dan ganas de gritarles: "pero duérmete YAAAA!!")

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  6. como mi mayor tiene sólo casi seis años, me alegra pensar que todavía tardará en volar solito, al menos tengo por delante otros cinco añitos de achucharle!!! y sí, lo del agua, o que se habían olvidado de decirte que te quieren, o el abrazo, o que si viene un ladrón qué hago mami... igualito! supongo que sí, que luego -no sé cuándo- lo echaremos de menos...

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  7. Pues sí, hay que aprovechar y por muy cansadas que estemos seguir compartiendo estos momentos con nuestros peques, porque tarde o temprano llegaran a una edad que no querrán que lo hagamos porque ya serán grandes.

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