jueves, 29 de agosto de 2013

Se nos hacen grandes los cachorros

Hubo una época, cuando estaba hundida en el negro túnel de las noches en blanco, los biberones, los pañales y los llantos día y noche, en la que había comentarios que me parecían de ciencia ficción, propios de seres de otro planeta. Como cuando alguien, probablemente bienintencionado, me decía, "Disfruta ahora que son pequeños, porque esta etapa se pasa muy rápido". Y yo, con las ojeras perforadas hasta el cerebro y esa perenne confusión espacio temporal que causa el llevar meses, qué digo meses, años, durmiendo solo a intervalos, me limitaba a mirar, sin responder, y pensaba," ¿disfrutar esto? por dios, sí, que se pase rápido, que vuele el tiempo".
Y esa etapa de noches insomnes de pañales y biberón a cualquier hora efectivamente pasó (y lo que me parece aún mas sorprendente, sobrevivimos a ella) Y mis tres hijos ya duermen bien todas las noches. Y comen y se visten solos. Y en un buen día hasta recogen su habitación. Y hablan ya como personitas con su criterio propio. Y tienen sus gustos. Y sus preferencias. Y su mundo propio en el que yo ya no soy el centro.
Y me doy cuenta de qué querían decir aquellas personas bienintencionadas cuando me hablaban de que la infancia de los cachorros pasa volando. Porque efectivamente está pasando volando. Tanto que a veces me da vértigo.  Me doy cuenta cuando el mediado esquiva mis besos, cuando sale corriendo con sus amigos (el mayor hace tiempo ya que da los besos solo por educación), cuando oigo a la niña hablar con sus nuevas amiguitas o salir corriendo en bici (que en verano siempre parece que se hacen mayores más rápido, aprenden más cosas, se hacen más independientes, más autónomos, más ellos mismos). Por eso el otro día me emocioné cuando el mediano, agarrándome de un brazo antes de caer rendido en la cama por la noche, me dijo, ¿mamá, por qué cuando me abrazas estoy tan relajadito?. Y os aseguro que sí lo disfruté, sí saborée ese instante, y sí le abracé bien fuerte hasta que se quedó dormido, mi lindo cachorrito.

lunes, 26 de agosto de 2013

Cuenta atrás para la vuelta al cole o el temido regreso de la madre sargento

Hoy es el último día lunes de agosto. El verano se nos está escapando como granitos de arena en una mano regordeta de niño. Esta mañana, por primera vez en meses, sentí fresco al despertarme con la ventana abierta. Y ya solo quedan dos semanas para empezar el cole. En dos semanas exactas estaremos ya de vuelta a la faena. Una parte de mí se alegra, porque la escolarización es de lo más grande que se ha hecho por la infancia y por la sociedad en general, y por los padres de la infancia en particular. Pero otra parte dentro de mí se entristece. Porque se acaba la anarquía, el caos, la improvisación. Y volveré a ser la madre sargento que tanto odio. La que marca el ritmo por la mañana, la que espolea cual arriero camino del abrevadero. La que manda. La que exige. La que riñe. La que grita. Y por mucho que ahora, con esa calma interior y exterior que te da el verano y las vacaciones, me jure que no voy a gritar, sé muy bien que gritaré. Y me odiaré por hacerlo, pero no podré evitarlo. 
Y ahora que empezamos ya la vuelta atrás para el 9 de septiembre (y aún no tengo mochilas, ni estuches, ni siquiera todos los libros comprados....), no sé si ir haciendo una vuelta gradual a la rutina o hacer terapia de choque la misma víspera de la vuelta al cole. Me temo que el resultado va a ser el mismo. En ambos casos tendremos pataletas y rebelión, con la diferencia de que en la segunda, postergamos el drama, y la toma de decisiones, y, sobre todo, el temido retorno de la madre sargento. Y sí, sé muy bien lo que aconsejan los expertos, esos tan dados a aconsejar, y naturalmente que es mejor hacer un cambio de rutina gradual, pero llamadme lo que queráis, pero una ya es cada vez más práctica y menos dogmática, y menos dada a escuchar a los expertos... ¿Y vosotros cómo váis a hacer? 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Limpieza de armarios

Con premeditación, alevosía y ausencia de las partes interesadas. Así estoy haciendo la limpieza de habitaciones y armarios de mis hijos porque, de no hacerlo, no cabrán ni ellos ni los libros del colegio. Ni un lápiz nuevo les cabe en esas madrigueras. Aprovechando que los dos mayores están todavía con los abuelos (benditos abuelos) y que en Madrid hace 40 grados y no se puede pisar la calle, me he encerrado en su habitación, pertrechada de un ventilador para no morir asfixiada, y me he puesto a tirar cosas. Sin piedad. Sin corazón. Sin mirar atrás. Todo lo que no logro identificar lo tiro. Si estuvieran ellos presentes no tiraríamos ni la mitad de las cosas, probablemente no desecharíamos ni los rotuladores gastados, mis hijos son unos sentimentales empedernidos y se aferran a las cosas como si les fuera la vida en ello. !No, esa chapa no la tires que es de una fanta de naranja a la que me invitó fulanito!. !No me tires ese bakugan roto que todavía funciona!. !Aunque haya perdido un brazo spiderman todavía tiene poderes!.
Después de tres horas sudando como un minero, logré sacar de la habitación cuatro bolsas, dos para la basura, una con cosas para el hijo pequeño de una amiga y otra para dar llena de peluches y juguetes para dar a alguna organización de caridad. Y todavía no he terminado. Con un poco de suerte con el reseteo propio de las vacaciones, no echarán de menos muchas cosas...


martes, 20 de agosto de 2013

Unas vacaciones inolvidables

Iban a ser diez días de descanso. Con mis hijos, mi hermana y mis sobrinos en el campo. Niños sueltos bajo los árboles y nosotras leyendo en una tumbona. Descanso combinado con algo de ejercicio; natación y bicicleta. También íbamos pertrechadas de material para manualidades. De cuentos y recortables. Hasta libros para hacer algo de inglés. Todo muy lúdico. Todo iba a ser idílico. Descansaríamos y recuperaríamos fuerzas, a la par que disfrutábamos y aprendíamos todos cosas nuevas. Pero la realidad se impuso. Y nada más desembarcar comprobamos con espanto que estaban completamente obstruídas las tuberías de la casa. No salía una gota de agua. Tras diversas prospecciones infructuosas, que hicieron sospechar a los vecinos que estábamos buscando petróleo, descubrimos que las raíces de los árboles del jardín habían inutilizado por completo todas las tuberías. La situación era tan urgente que hubo que actuar de inmediato. Sin dilación. Y sin ahorrar medios. El plan de vacaciones cambió drásticamente. Pasamos a tener el jardín lleno de excavadoras, hormigoneras, camiones cisterna, taladradoras y demás artefactos de demolición y perforación. De obreros enfrascados en tareas fascinantes y en zanjas abisales.
Ha sido como pasar una semana en un parque temático de la construcción. Port Paleta. Combinado con un campamento de los de antes, de los hacer tus necesidades bajo un árbol, y bañarte con un cubo de agua fria. Fregar en un barreño y tirar el agua lejos. Los niños, naturalmente, encantados con el cambio de planes. Se pasaban la mañana y la tarde mirando la zanja, viendo cómo se hacía más y más profunda. Con semejante distracción quién iba a querer hacer otra cosas. Ni a la piscina querían ir, no se fueran a perder algo importante, algún hallazgo arqueológico.Las acuarelas, los libros, las manualidades, los planes de puesta en forma... se han quedado esperando a otro verano. Los niños rápidamente asimilaron que no se podía usar ni water ni lavabo. Y le daban envidia a sus amigos contándoles que en esta casa teníamos "un water muy pequeñito, de color azul, con un asa como de tazita, que se usa debajo de un árbol y luego se tira". Habrán sido las mejores vacaciones de sus vidas. Yo necesitaría otras.


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