miércoles, 31 de octubre de 2012

Estimado señor director de una compañía telefónica,
como sería un intento vano el tratar de dirigirme a usted a través de los servicios al cliente que usted pone a disposición de los comunes mortales (clientes o no clientes) y no tengo a mano el mar para lanzar mi mensaje en una linda botella de cristal, procedo a dirigirme a usted a través del único medio de comunicación pública a mi alcance: este su humilde blog.
Entiendo perfectamente que esté usted tratando de ampliar sus clientes, sin duda con el noble fin de aumentar los beneficios de su compañía y poder así subir el sueldo a sus empleados y obsequiarles con una cesta de Navidad, y que en esta coyuntura económica negativa es más necesario que nunca el redoblar esfuerzo para captar nuevas víctimas, uy , perdón, quería decir clientes.
Comprendo que sea necesario hacer uso de todas las herramientas a su alcance para promocionar sus promociones, y que sea imprescindible el ir luchando cada cliente de uno en uno.
Pero, y aquí es donde voy a discrepar con usted por primera vez, no me cabe en la cabeza que su estrategia de captación, de ampliación de negocio, de diversificación de ingresos, o como quiera llamarlo, pase por poner a una señorita latinoamericana a llamar a mi casa a las 10 de la noche de un sábado y preguntar si está el padre de las criaturas, al que llama con total naturalidad por su nombre de pila. Juro que una no es celosa, pero de serlo, en mi casa se podía haber montado la de dios, porque habrá muchas que no se crean eso de que les llama de una compañía de teléfonos, porque de verdad que hasta a mí me costó creérmelo!.
Y lo malo no es solo es eso, que ya es bastante, sino que el acoso telefónico se produce también cualquier otro día de la semana, a cualquier hora, en cualquier momento. Y de nada vale que le diga al amable caballero o dama que no me interesa, porque a la media hora volverá a llamar otro colega suyo, para tratar de nuevo de convencerme. Y le aseguro que estas llamadas, con o sin señorita descarada, sacan de mí lo peor y acabo pronunciando unos improperios muy poco adecuados para los menores de los que soy responsable legal.
Así que por la presente me veo en la obligación de pedirle, señor director de una importante compañía telefónica, que tenga piedad y cambie de estrategia.
suya siempre.

Oda al pañal de marca blanca

La Federación Española de Familias Numerosas acaba de hacer un estudio sobre el consumo de pañales (una partida muy importante en todas las familias con hijos pequeños y más en las que confluyen varios en 'edad meona' o 'eneuresis nocturna' pues se calcula que el gasto anual por niño es de unos 400 euros) y ha llegado a la conclusión de que los pañales de marca blanca (no voy a citar aquí qué marca blanca, si quieren cita que patrocinen post, sírvanse dirigirse a la dirección de correo que aparece en el margen lateral derecho de este su humilde blog) son igual de buenos o incluso mejores que otros de marcas más conocidas (que tampoco voy a citar, pero que haría encantada a cambio de un lindo patrocinio o de un suministro de pañales, que no os voy a contar la fortuna que me gasto en esta partida.....). Así que ya sabeis, a por las marcas blancas. Yo os contaré que con mi primer hijo, yo muy preocupada por el cuidado de su culito, compré exclusivamente pañales de marca, ya con el segundo empecé a alternar estos con los de marca blanca. Y el lindo trasero de mi querida niña, la tercera y última de mis retoños, solo ha conocido la marca blanca. Y qué quereis que os diga, que no se ha escocido más que los otros, ni se le ha desbordado más el pañal. Así que desde mi experiencia corroboro las conclusiones del estudio. Ya sabeis, marca blanca, sobre todo ahora que el IVA de los pañales ha subido al 21%!

martes, 30 de octubre de 2012

Una madre mejorada

La foto de mi DNI me la hice una semana después de dar a luz a mi primer hijo. No podía ni sentarme de la episotomía, tenía los pechos tan hinchados que me costaba respirar, y me dolía prácticamente cada centímetro del cuerpo. Pero como me urgía renovar el carnet, me tuve que hacer la foto en esas condiciones. Parece que acabo de bajarme de una patera después de varios días perdida en el Atlántico sin comer ni beber, no os digo más. Doy tanta pena que dan ganas de darme una limosna, invitarme a comer o adoptarme. Y con ese DNI tan lamentable he tenido que tirar durante estos diez años, cada vez que lo saco y veo la foto se me encoge el corazón de recordarlo. Ahora por fin, diez años y dos hijos más después, me ha tocado renovarlo. No os digo la ilusión con la que me fui a hacer las fotos. Estrené vestido, pendientes, fui a la peluquería y me pinté como si fuera de boda. De esa guisa fui tan contenta al fotógrafo, dispuesta a abrir una nueva etapa de mi vida con una imagen oficial menos doliente y más festiva. Muy sonriente y satisfecha, como una mujer en la plenitud de su vida, que dirían las revistas más cursis, posé para el fotógrafo. Y cual sería mi sorpresa cuando me preguntó si quería las fotos normales o 'mejoradas', que costaban cuatro euros más. Os aseguro que al principio no entendí a qué se refería, hasta que miré lo que estaba haciendo en la pantalla y vi que había trabajado la foto con photoshop y vi que me había 'planchado' la cara, eliminado las ojeras, y borrado alguno de mis rizos discordantes y asimétricos. Me quedé lívida, y confieso que por un momento dudé de qué versión quería (los diez años pasados con un dni lamentable pesaron sobre mí), pero en un arranque de dignidad, le dije con voz ofendida, la natural. Y ganas me dieron de decirle que se fuera a mejorar a su señora madre.

lunes, 15 de octubre de 2012

Las bibliotecas municipales, esas maravillosas cuevas de Ali Babá.

La biblioteca pública de mi barrio fue el refugio de mi infancia y de mi adolescencia. Y digo refugio en el sentido literal de la palabra, porque allí corrríamos a refugiarnos cuando nos perseguían los niños de la clase para echarnos polvos picapicas (hoy algo similar lo mismo salía en el telediario). Allí también encontré los libros con los que ir buscando las respuestas a las preguntas que me surgían a medida que crecía, también hallé mundos en los que evadirme, paraisos con los que soñar y héroes a los que tratar de parecerme. Cuando tenía 15 años me había leido todo el fondo infantil y juvenil, no creo que no hubiera libro que no llevara mi nombre estampado en la fichita de la primera página.
Por eso ahora disfruto llevando a mis hijos a la biblioteca de mi barrio de ahora. Trato de ir con ellos una vez a la semana para que hojeen comics, acaparen dvds, pero también para que se pierdan en los pasillos de libros, con la esperanza de que algún día sientan, como sentía yo, que han entrado en la cueva de Alí Babá, repleta de tesoros y maravillas. Y allí pasamos la tarde, sentados en el suelo, o en unas minúsculas sillitas, pasando páginas enormes de libros más grandes que mis hijos, o viendo cómics, o comparando dvds. Y cada uno sale tan contento con sus películas, sus libritos y vamos a casa a toda prisa, porque están todos ansiosos por ponerse a ver lo que han cogido.
Y por eso me duele horrores leer que los presupuestos de este año para las bibliotecas municipales se han reducido a cero; es decir, no se invertirá un solo euro en comprar libros ni renovar fondos. Justo ahora que las familias llegamos con más dificultad a fin de mes e íbamos a necesitar más que nunca el poder disponer de lugares como este para seguir leyendo y soñando. ¿Y qué le espera a un país que recorta en esto?

martes, 9 de octubre de 2012

De chupete y biberón

La reina de la casa a sus tres años y medio largos sigue usando chupete para dormir y tomándose un biberón bien lleno al acostarse y otro al levantarse. Se nota mucho que voy relajando mis costumbres, porque cada uno de mis hijos ha mantenido el chupete más tiempo que el anterior, si el mayor lo dejó a los años, el mediano a los tres, y la niña va camino de hacerlo a los cuatro. Idem con el biberón. Y con la sillita de paseo, que para el mayor desapareció a los dos años y medio, al mediano antes de los tres, y la niña sigue teniendo todavía a su disposición por si algún día está cansada y no quiere caminar. Y ya sé que una debería ser más consecuente, y aplicar las mismas reglas a todos sus hijos. Y la abuela bien se encarga de recordármelo, que es la voz de mi conciencia, y cada vez que la ve con el chupete ya me está diciendo, esta niña debería ya dejar el chupete y el biberón, que ya no tiene edad para dormir con el chupete. Pero qué quereis que os diga, que le gusta tanto su chupe y su biberoncito, se lo toma con tantas ganas, y se duerme tan bien con ellos, que ninguna gana tengo de quitárselos. Que ya bastantes frentes tengo abiertos como para abrir otro nuevo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Los niños franceses no tiran comida al suelo


A puntito está de llegar a las librerías españolas Cómo ser una madre cruasán, el bestseller de la periodista norteamericana Pamela Druckerman. Su título original es Los niños franceses no tiran la comida al suelo, y ha causado sensación tanto en Francia, como en Estados Unidos. Druckerman se maravilla de que los niños franceses se comportan con civismo en los restaurantes, comen de todo, duermen bien por la noche y juegan con tranquilidad mientras sus madres, siempre a la última moda e ideales de la muerte, charlan de sus cosas. En su libro Druckerman promete desvelar el secreto de estas tan envidiadas madres francesas, así que a ver si es verdad y aprendemos alguna receta mágica.
Os diré solo una cosa, hace poco hemos estado de viaje en Francia, y no, no tengo material suficiente para darle la réplica a Druckerman, ya me gustaría, pero una cosa he podido constatar sobre el mundo de la infancia en Francia: nunca  me había sentido tan incómoda haciendo una vida normal con niños. Y eso que España no es que sea precisamente el paraiso de los niños.  Y os aseguro que en esta ocasión las criaturas se han portado inmejorablemente, vamos, que los angelitos han aprobado con nota, así que el problema no han sido ellos.
Una tarde que, muertos de hambre, entramos a cenar en una cafetería y le dije a la camarera que éramos cinco, pero que teníamos una silla de bebé, que podía plegar naturalmente si ello facilitaba la labor, me miró como si estuviera haciendo entrada con una estación espacial. No os digo más que metí la silla plegada debajo de mi asiento, a punto estuve de sentarme yo en ella para que no ocupara espacio y lograr así que nos dieran de comer. No he comido más rápido en mi vida, aquello no fue comer, fue devorar para salir lo antes posible del lugar, y así me ocurrió en otros lugares.
Otro día, cuando pedí un plato para mi marido, otro para mí, y para los tres niños dos platos para compartir (no soporto que sobre comida)  el camarero me informó que me tenía que cobrar un suplemento de cubierto de nada menos que 6 euros por no pedir un plato por persona. Seis euros de suplemento, para que los angelitos compartieran un plato.
 Así que me parece normal que los niños franceses no tiren la comida al suelo, ni dejen comida en el plato, seguro que lleva un suplemento y sus madres les han aleccionado, por la cuenta que les trae. Que con esto de la maternidad toca adecuarse al entorno.

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