sábado, 28 de abril de 2012

Aprende geografía con Danonino (y 4)

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domingo, 15 de abril de 2012

¿De qué tienes miedo?

El otro día el mayor (nueve años y medio) entró en casa casi sin saludar, se le veía que estaba preocupado. Le pregunté que qué tal había ido en clase. "Bien", respondió mecánicamente, así que me di cuenta de que la preocupación tenía otro origen. "¿Qué te pasa?", pregunté, entrando al trapo directamente, para no perder más tiempo. "Que en la calle he visto a unos chicos malos con unos botes con algo dentro y había cuatro policías que lo estaban oliendo. Y yo creo que eran drogas, como eso que salió hoy en las noticias". "Y me da miedo", añadió ya con un hilo de voz, como asustado de oirse contar lo que le atormentaba por dentro.
Pude haberme ido por la tangente, haber inventado un cuento chino de los tantos que he derrochado en estos años, o haberle metido prisa para que se fuera a la ducha. Pero hace ya unos cuantos meses que con el mayor me he dado cuenta de que hace falta ir agarrando los toros por los cuernos cuando se ponen delante, que ya toca tener con él conversaciones de esas en las que hace falta medir cada palabra, sopesar cada silencio. Así que, a pesar de que tenía a los otros dos solos en la cocina y de que el padre de las criaturas no estaba, tomé aliento y me puse a explicarle qué son las drogas, la diferencia entre drogas legales e ilegales, el por qué no hay que tomarlas, la importancia tanto de hablar con los padres como de saber que existen para no caer en ellas. Y mientras lo hacía, al mismo tiempo pensaba frenéticamente hasta dónde podía contarle a un niño que aún no tiene diez años, si estaría haciendo bien o si m estaba adelantando, si no sería peor el remedio que la enfermedad, pero ya que me puse pues decidí seguir, porque pensé, y supongo que así, sin saberlo a ciencia cierta pero con la mejor voluntad, tomamos la mayoría de las decisiones en esta aventura de la crianza en la que nos hemos metido, que esa sería la única manera de calmarlo y de irle preparando para el mundo exterior, porque ahí fuera hace frío... Y debió de funcionar, porque su cara se fue relajando y perdiendo la expresión de terror con la que había entrado en casa.

Y ya para cambiar de tema, y desdramatizar un poco, le conté que sus hermanos también estaban muertos de miedo esa noche porque habían visto la película de Blancanieves. "Ya, pero ellos tienen miedo de cosas que no existen, porque las brujas, los monstruos y esas cosas no existen. Y yo tengo miedo de cosas que sí existen, y eso es peor", me replicó con una lógica que me dejó al mismo tiempo apabullada y desolada. Ganas me dieron de echarme a llorar con él, decirle que sí, que es mucho peor naturalmente tener miedo de cosas que existen, confesarle que yo también tengo miedo de muchas cosas que existen, vaya que si existen, admitir que cuando él nació, y me transformé en madre, me costó mucho aceptar que ahora tenía que protegerle yo a él y, por tanto, debía por lo menos fingir que no tenía miedo. E incluso confesarle que incluso hoy en día cuando algo me tortura por la noche, en esas horas previas a la madrugada en las que todo parece volverse incierto y pantanoso, lo que más me consuela es acudir a la cama de él o de sus hermanos, profundamente dormidos, y tumbarme a su lado para sentir su respiración, y dejarme acunar por ella, que es eso lo único que me alivia el miedo. Pero naturalmente no lo hice. Me limité a darle un beso y a decirle que ya estaba la cena lista, que se duchara rápido y viniera a la cocina.

P.S. Regreso a este mi ciberrincón, que es el vuestro, esta tarde desapacible de domingo después de prolongada ausencia. Gracias por seguir ahí. Se les echaba de menos.

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