domingo, 27 de noviembre de 2011

Me aterran los terrores nocturnos

En nuestro completo catálogo de trastornos del sueño no podía faltar, además de una niña que se despierta continuamente y deambula por la casa y de episodios variados de 'descontrol', de esfínteres (que no voy a detallar para no revelar vergüenzas familiares), un niño con terrores nocturnos. Ese también lo tenemos dentro nuestra surtida gama de "todoloqueustedpuedenecesitarparanodormirunanochedeuntirónniporequivocación". No recuerdo cuándo empezó el mediano, que tiene ya cinco años, con estos episodios de pánico, pero ya llevamos varios años con ellos. Forman parte de nuestra rutina noctámbula e insomne. Si por casualidad una noche la niña ha cogido una buena racha de sueño (como mucho de un par de horitas), entonces ahí contraataca el mediano, no vaya a ser que nos acostumbremos a dormir demasiado de un tirón y nos vaya a pasar algo por la falta de costumbre.
Suele ser en la primera parte de la noche, es decir, cuando estás en la fase más profunda del sueño y si te despiertan es que no sabes ni quién eres ni cómo te llamas y mucho menos todavía quién es esa criatura que grita furiosa. Yo por lo general me despierto como un autómata, salto como impulsada por un resorte y corro a su lado (llevándome por delante todo lo que encuentro, esquinas incluidas porque a esas horas no recuerdo la composición de mi casa y la otra noche doblé literalmente una esquina, que del golpe casi me desplomo). Y ahí me quedo a su vera, a pesar de que poco puedo hacer por él cuando está gritando palabras inconexas, con los ojos abiertos pero sumido en algún sueño profundo del que no logro nunca despertarle. Y me limito a abrazarle muy fuerte, a acariciarle la cabeza, recuperando ya la noción de quién es y quién soy, mientras grita mamá, mamá mirando al infinito. Dicen que no hay que despertar a los niños cuando están en esta fase, yo por más que lo he intentado en alguna ocasión para tratar de poner fin a lo que le atormenta, tampoco lo he logrado. Así que me limito a estar a su lado lo que dura el episodio, entre 20 y 30 minutos, y luego regreso a mi cama confiando que, con un poco de suerte, no vuelva a repetirse esa noche, porque de verdad que me aterran estos terrores.

martes, 22 de noviembre de 2011

Hay días que no son días cualquiera

Hay días que la madre imperfecta teme abrir la puerta por si es un asistente social, o un agente de policía o la supernanny contratada por la comunidad de vecinos. Hay días que si alguien escuchara los gritos y alaridos provenientes de la casa de la madre imperfecta llamaría sin dudarlo a un asistente social, a un agente de policía o a la supernanny. Hay días que la madre imperfecta está tentada ella misma de llamar a un asistente social, a un agente de la policía, para entregarse antes de que la denuncien por escándalo público o por presunto maltrato a la infancia, o suplicar a la supernanny que haga una visita urgente a su hogar. Hay días -generalmente en un fin de semana lluvioso- que la madre imperfecta desearía que alguien, quienquiera que fuese, se presentara en su casa y pusiera orden en su jauría, y convenciera al mediano de que no puede tirarse a matar a la pequeña cada vez que le toca sus juguetes, o a la pequeña de que no puede ponerse la falda rosa encima del pijama, o al mayor de que tiene que ponerse él solito a hacer sus deberes, y a los tres de que no pueden gritar al mismo tiempo, ni tirarle cada uno de un brazo porque para empezar solo tiene dos brazos y una sola boca, así que solo puede hablar a uno cada vez. Hay días en los que la madre imperfecta, que por lo general suele tener la situación bajo control, no logra imponerse y le dan ganas de encerrarse en el baño bajo llave o unirse ella a sus hijos y tirarse al suelo y llorar y patalear y decir que no quiere comer la comida, ni ponerse la ropa, ni hacer caso, ni obedecer, ni nada de nada.

sábado, 12 de noviembre de 2011

La reparación del frigorífico

De repente se rompió la puerta del congelador. Sin culpables. Sin aparente causa. Pero estaba roto y no cerraba bien. Hubo que llamar al servicio técnico con urgencia. El servicio técnico se presentó en casa con la misma urgencia. Y con celeridad y ánimo de lucro reparó la puerta en menos de cinco minutos. Cuando me dijo el coste de la reparación tuve que controlarme para mantener la educación, sobre todo estando delante mis hijos. Con dignidad y compostura aboné dicho importe, cavilando para mis adentros si aún podría reciclarme como reparadora de frigoríficos. Despedí al reparador con impostada cortesía y nada más cerrar la puerta me puso a hablar sola sobre el agujero que aquella reparación nos hacía en el presupuesto del mes, que si vaya broma, que si vaya timo.... Tan abstraída estaba en mis lamentos que no me di cuenta de que los niños habían desaparecido. Al poco tiempo regresaron, por una vez en armonía y con un objetivo común, llevando los dos su huchita, que abrieron sobre la mesa ante mis narices. "Mira, tres euros y medio. Eran para comprarnos un lego, pero te los damos para ayudarte con lo del friogrífico, que nosotros también queremos ayudar".

jueves, 10 de noviembre de 2011

Comentando los comentarios

A estas alturas ya me conoceis más que un poquito y sabeis que soy una tremenda maleducada virtual y no respondo nunca a vuestros comentarios (básicamente por cuestión de tiempo, desde aquí mi rendida admiración para mis colegas blogueras que comentan cada uno de los comentarios que reciben, así se gana una el fervor de sus lectores, pero de verdad que a mí no me da la vida). A lo que iba, que no comento nunca, pero que visto la cantidad de comentarios recibidos por mi último post, 'Mamá no se va', y, sobre todo, la solidaridad y los ánimos que me habeis enviado madres y padres (desde aquí un saludo especial a ese campeón padre de trillizos+2, autor de hhttp://padrestresado.blogspot.com) , pues no me queda otra que daros las gracias, y deciros que después de leer todo lo que me contais, y pensar un poco más sobre el tema, he llegado a la conclusión de que, como me dijo una vez la presidenta de los empresarios de Noruega (ya sabeis, ese país maravilloso donde apoyan de mil y una maneras a los que se ponen a procrear), "sin duda soy mejor madre porque trabajo fuera de casa". Pero eso sí, cada caso es un mundo y cada hace lo que cree mejor o más le conviene....

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Mamá no se va

Llevo varios días, semanas, y hasta meses, aguantando sin contarlo. Esperando que iba a ser una cosa pasajera, sin importancia. Pero hoy ya no aguanto más y os lo tengo que contar porque sino reviento: todas las mañanas de lunes a viernes, en cuanto me levanto y me empiezo a vestir, la niña empieza a seguirme por toda la casa repitiendo como un mantra: "Mamá no se va, mamá no se va". Y mamá, que con todo el dolor de su corazón sí que se va, se lava, desayuna y se viste con el corazón aconjogado. Mañana tras mañana. Desde hace varios meses me lo dice todos los días. Supongo que desde que empezó a decir algo inteligible, y seguro que antes lo decía llorando.
Y os aseguro que no hay mañana que no me pregunte si estoy haciendo bien, me repito a mí misma que tengo que ir a trabajar, que no es posible hacerlo de otra manera, que la niña está bien cuidada. Y me consuelo recordando alguna encuesta que he leido que dice que los hijos de madres trabajadoras son más felices (el que no se consuela es porque no quiere), y pensando que estoy dando a mi hija un modelo de mujer independiente y autónoma (y atormentada por la culpa y las contradicciones), y que es mejor que tenga una madre realizada y satisfecha a una madre en casa insastifecha (estaría insatisfecha?). Y así me voy pintando y arreglando, con ese mico siguiéndome como una sombra repitiendo su mantra. Y para que se tranquilice un poco le explico que mamá se tiene que ir a ganar el dinerín para comprar chocolate ('tate', en su media lengua) y madalenas. Pero ni por esas se calma. Eso sí, cuando vuelvo del trabajo, viene corriendo a la puerta a recibirme y lo primero que me pregunta es "¿Y el 'tate'?"

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