miércoles, 19 de octubre de 2011

La ingente tarea del cambio de armario

Dentro de todas las tareas, obligaciones, deberes y cargas que tiene una madre o un padre de familia numerosa hay una que me da una pereza tremenda por encima de todas las cosas. Y seguro que muchos/as estaréis de acuerdo conmigo: se trata del cambio de la ropa con la llegada de una nueva temporada. De verdad que tiemblo cuando se acerca el verano o el invierno. Tiemblo con temblores de verdad. Y voy demorando la tarea hasta que la meterología se me echa encima y ya me arriesgo a que me quiten la custodia por mandar a los niños con pantalón de pana y 30 grados de temperatura, o con pantalón corto y camiseta con los primeros frios. Y es que no se trata solo de encaramarse a los armarios para recuperar la ropa de la otra temporada, que eso sería casi lo de menos. No, lo peor es todo lo que eso conlleva: hay que probar, que ya es toda una proeza lograr que se dejen probar más de dos prendas seguidas, ver si aún puede seguir usándolo ('a ver, bájate un poco el pantalón, que si te lo bajas yo creo que aún lo puedes usar un poco más'), y si ya le queda pequeño, pues el proceso continua, porque hay que comprar algo nuevo, y lo usado introducirlo en la cadena del reciclaje perpetuo que tanto nos ayuda a las madres de familia numerosa (desde aquí mis gracias encarecidas a todas mis proveedoras, por cierto, que la niña me ha crecido mucho este verano, y ha superado en altura a las dos hijas de amigas que me pasaban ropa, con lo cual estoy considerando someterla a alguna técnica china para que le crezcan menos por lo menos los pies...). Vamos, que es una tarea titánica, que en el caso de una familia numerosa puede llevar varios días de ingente trabajo y negociaciones ('anda, si te pruebas estos cuatro pantalones más, te doy dos pastillas de chocolate y te pongo la tele'), hasta el final de los cuales la familia andará vestida de aquella manera, o pasando frio o pasando calor. Este año debo confesar que este verano tardío que estamos viviendo me ha facilitado mucho la tarea, porque nos ha dado más margen de tiempo para hacer el cambio de armario. Pero me ha pasado lo contrario, que el otro día saqué a los niños al parque vestidos acordes con la estación, o sea, otoño, y se me cocinaron. Pero ya no hay marcha atrás. Así que a ver si llega de una vez ese dichoso primer temporal del otoño, que haga lo que haga yo ya no me subo al armario a buscar pantalones cortos.

jueves, 13 de octubre de 2011

Esos maravillosos e irrepetibles dos años y medio

Lo dije con mi primer hijo, lo volví a repetir con el segundo, y ahora, en una nueva prueba de que la maternidad trastorna (algo muy fácil de constatar empíricamente, especialmente en las madres reincidentes) lo vuelvo a decir con la cabeza bien alta y sin un ápice de duda: a pesar de que mi hija de dos años y medio sigue sin dormir ni una sola una noche de un tirón y se despierta todavía unas tres o cuatro veces por noche todas las noches sin excepción (con el consiguiente desgaste de sus progenitores), a pesar de que se empeña en dormir con nosotros y ha vuelto a pedir biberón a las horas más intempestivas (sin ir más lejos, esta noche, a las cuatro menos cuarto de la mañana), a pesar de que no le entiendo cuando habla en su idioma particular y la mitad de las veces no sé qué me está diciendo, con lo cual se desespera y se enfada, a pesar de que no puedo perderla de vista un segundo porque la lía bien liada (se tira por encima un bote entero de polvo de talco, vacía mis pinturas de maquillaje… así a modo de ejemplos recientes), a pesar de que trasladarse con ella a pie es requetecomplicado porque ya no quiere ir sentada en su silla, pero tampoco camina lo suficiente para ir por su cuenta, a pesar de que viajar en coche es un suplicio porque no para de llorar, a pesar de que está atravesando una etapa muy caprichosa porque ha descubierto que en el mundo hay cosas más divertidas y más bonitas que otras y no siempre le toca una de ellas… A pesar de todo eso y más que ahora no recuerdo, si me dijeran que existe un elixir mágico e inocuo que me la mantuviera congeladita un poco de tiempo más en estos maravillosos dos años y medio, os aseguro que se lo daba sin dudarlo. Para disfrutarla un poco más y prolongar esta etapa inigualable e irrepetible de los dos años –sin duda, para mí la etapa favorita de los niños-, porque cada rato que paso con ella me sabe a poco.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Educar a un hijo es más difícil que pilotar un avión trasatlántico

Que conste que no lo digo yo, que si fuera opinión mía pasaría por otra exageración más, o por otra licencia literaria. Pero no es mío, lo leí en una entrevista a un filósofo muy serio y sesudo, del cual no recuerdo el nombre, que no se puede estar en todo, y decía eso, que educar a un hijo es más difícil que pilotar un avión trasatlántico. Deduzco que tenía hijos, y no sé si habría probado suerte como piloto, pero sabía, sin duda, de lo que hablaba. Y no puedo estar más de acuerdo. Yo nunca he pilotado un avión, y sin duda no ha de ser fácil manejar un aparato de esos, pero tampoco lo es lidiar a diario con estos cachorros. Y encima sin clases. A pelo. Como si te dijeran: 'Aquí tiene usted los mandos de este A380, y hágame el favor de llevarlo a Buenos Aires". De verdad que hay veces que me siento yo así y me quedo igual de perpleja. Con las preguntas del mayor (que tiene casi nueve años repletos de inquietudes), que tengo que tragar saliva, concentrarme y pensar antes de responderle, porque sé que con cada palabra que diga estoy sentando sentencia para el futuro. O con las rabietas del mediano, y su negativa a pasar por el aro, que sé que sería mucho más fácil dejarle hacer, y no insistir en que se termine la comida, o que se ponga determinada ropa, o que recoja su habitación. Pero no se puede ceder, porque cedes una vez y has firmado tu condena.
Y de verdad que hay momentos que no sé qué hacer, que me quedo paralizada por la duda. Pero está claro que hay que agarrarse a los mandos y tirar para adelante. Porque ya no se puede recular, que si no seguimos pilotando nos vamos a pique, como el avión.

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