viernes, 30 de septiembre de 2011

Eximentes de maternidad

Una de las cosas que más cuesta aceptar cuando se tienen hijos es que son para siempre, y que no solo no hay días libres sino que no te puedes librar un segundo de tus responsabilidades. Pero de verdad que debería haber circunstancias o situaciones eximentes en las que una, de manera absolutamente transitoria y excepcional, no tuviera que ejercer de madre, más que nada, porque está imposibilitada para ello. En mi caso concreto hay dos circunstancias en las que soy absolutamente incapaz de ejercer mi papel materno:
1- Cuando tengo migraña.
2- Cuando hay turbulencias en el avión, porque entonces me puede el pánico, y soy incapaz de reaccionar, y menos aún de responder a las preguntas de mi hijos, del tipo: "Si nos diéramos contra esa montaña, ¿qué pasaría?". "¿Por qué sube tan rápido ahora el avión, para no caernos?". "¿Mamá, ¿ y cuando nos ponemos el salvavidas?". "¿El avión puede aterrizar en el mar'".

¿Y cuales son vuestros eximentes?

jueves, 29 de septiembre de 2011

Anécdotas del aeropuerto o por qué tiemblo cada vez que me toca volar con los niños

La familia numerosa se iba a Italia a hacer su viaje anual de visita a la familia paterna. En fechas absurdas, con el colegio ya empezado y saliendo un jueves y regresando un miércoles para pillar la oferta del vuelo más barato del año (que cinco billetes de avión dejan la cuenta corriente tiritando), y con los dedos cruzados para no coincidir con ningún temporal, ninguna huelga de controladores, ni ninguna de las calamidades que habían tenido que soportar en los viajes anteriores y que pusieron a prueba a los muy imperfectos progenitores y que hicieron que la madre, imperfectísima, temblara cada vez que pensaba en subirse a un avión con la prole.
Habiéndose encomendado a todos sus santos, la familia imperfecta facturó sus maletas (o más bien, maletones, porque como todo madre y padre sabe, para cinco días hace falta la misma ropa que para un mes) y se dispuso a cansar a los cachorros en el parque infantil de la T4 de Barajas (desde aquí mi agradecimiento a los responsables del aeropuerto que tuvieron a bien crear este lugar más propio de Noruega que de nuestras latitudes). La familia pasó por delante de una tienda Zara, y la madre, mientras agarraba a la niña para que no se perdiera entre la multitud, logró atisbar unas camisas de colores que le vendrían estupendo para el otoño. Sabiendo que no tendría otra oportunidad como aquella en los próximos meses, y convenciéndose a sí misma de que si compraba ahora algo ya no tendría que salir de compras hasta bien entrado el invierno, dejó al padre de las criaturas en el parque infantil y, mintiendo como una bellaca sin inmutarse ("voy al baño"), regresó al Zara, agarró la camisa y sin probarla, pagó en efectivo y sepultó la camisa en el fondo de su bolso, debajo de los biberones, los pañales, las toallitas húmedas y los bocadillos.
Satisfecha de su hazaña, y disimulando una sonrisa, corrió hace el parque de juegos, porque quedaba solo media hora para que saliera el vuelo. Al entrar en la sala, su nariz-radar detectó que a la niña había que cambiarla con urgencia. Y, sin decirle nada al padre, en este momento más imperfecto que nunca, cogió a la niña y la tumbó en el cambiador de este lugar que hasta entonces le había parecido Noruega. En menos de un segundo, con el culo al aire, y sin esfuerzo aparente la niña agarró el bote de jabón líquido colgado de la pared a la altura de su mano y (aquí se rompió el encanto y la madre imperfecta se dio cuenta de que por algo este país no es Noruega) y se tiró encima el litro de jabón líquido. La madre le pasó la niña, cubierta por entera de verde, al padre y corrió de nuevo a las tiendas del aeropuerto a la búsqueda de algo para cambiarla (porque como buena madre imperfecta llevaba de todo en el bolso, incluida una camisa nueva para ella, menos un cambio de ropa para la niña). Corrió entre las tiendas, mirando el reloj y comprobando que quedaban menos de veinte minutos para que saliera el vuelo, buscando con desesperación ropa infantil. Y lo único que encontró fue una camiseta de una marca de lujo a un precio obscenamente ridículo, que la madre no tuvo más remedio que pagar, convencida de que se trataba de la penitencia por su frivolidad. Y, una vez más, suspiró aliviada, y extenuada, cuando por fin lograron sentarse los cinco en el avión. Eso sí, la niña, completamente duchada, y limpia reluciente con camiseta nueva.

viernes, 16 de septiembre de 2011

¿Cuánto tiempo se puede sobrevivir sin dormir bien?

Acabo de cumplir diez años de casada con el padre de las criaturas. Diez años, que se dice pronto, y, vistas las cifras de divorcios, su mérito tiene. Y más mérito aún si os cuento que de estos diez años, los cinco últimos los hemos pasado sin dormir una noche de un tirón, haciendo turnos, una noche duermes tú, otra yo, o tú duermes hasta las cuatro y yo descanso de cuatro a siete, aunque claro, bien pensado, así no hay quien se divorcie, porque no coincides, ni te ves. Cinco años. 1825 noches. 1825, que se dice también pronto. La explicación es muy sencilla: por alguna extraña razón o defecto congénito, mis cachorros tardan dos años y medio en aprender a dormir toda la noche de un tirón. Cuando nació la tercera, coincidencias de la vida, el mediano acababa justo de cumplir dos años y medio, así que sin tiempo ni para recuperarnos –casi mejor, porque así no perdimos la costumbre- enlazamos sus noches en vela con las de la recién llegada, que a día de hoy, con sus dos años y medio ya bien cumplidos, sigue sin dormir una sola entera. Para no faltar a la verdad, reconoceré que cada año a lo mejor hemos tenido en total una o dos semanas libres para dormir de un tirón, gracias a la bondad y a la misericordia infinita de los abuelos que se han apiadado de nosotros y nos han relevado en la mina, porque dormir con mis hijos es como bajar a la mina. Y a la niña ya le tocaría empezar a dormir, digo yo. Pero aún no lo hace. Y llora cada hora. Y se levanta. Y corre por el pasillo. Y pide biberón a las cinco. O un cuento. Sentada en el sofá. Y no hay manera de reducirla en su cama. La sábana fantasma esa ya se la sabe abrir ella solita la cremallera, así que no nos vale. Y no he encontrado ningún otro artilugio para reducirla en su cama sin arriesgarme a ir a la cárcel. Y ya he tirado la toalla, ni Estivill ni nada, no nos funciona nada. Si alguien quiere poner a prueba un nuevo método, las puertas de mi casa la tiene abiertas para todo tipo de experimentaciones. Se nos ha ido de las manos la situación, y ya solo queda esperar que la niña empiece a dormir como sus hermanos. Y mientras tanto, pienso yo, mucho se habla de la importancia de dormir para los niños, para su desarrollo. Pero ¿por qué nadie habla de lo importante que es dormir para los padres? ¿Cuánto tiempo es posible sobrevivir sin dormir?

jueves, 15 de septiembre de 2011

Más de diez metros de plástico he usado forrando libros

Ya he forrado los libros. 16. De un solo niño. 16 libros. Y ahora alguien dirá que soy una exagerada, y que no pueden ser tantos. Y yo responderé que sí, que tiendo por lo general a la hipérbole y la exageración, pero que en esta ocasión me estoy ateniendo a la realidad tal cual es. He forrado 16 libros solo de mi hijo mayor. Si alguien sigue dudando de mi palabra, cosa que me parece razonable, podría incluso detallar los títulos de cada uno de los 16 para que no haya ya lugar a dudas. Y en esos 16 no estoy contando los cuadernos de ejercicios, que son tres, y ya he dicho que no pienso forrarlos, que los cuadernos, aunque sean de ejercicios y tengan formato de libro no se forran. Porque lo digo yo. También hemos comprado los bolígrafos. Y los sacapuntas. Las gomas. Y la mochila. Me falta preparar un cambio de ropa para el mediano. Y preparar varios libros de cuentos para que los lleve al cole, que la biblioteca del cole la nutrimos los padres, que no hay dinero para educación. Así que casi ya hemos superado la primera fase de la vuelta al cole. Pero solo es la primera. Ánimo.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Ya hemos vuelto todos al cole

Ya he dejado a mis dos fieras grandes en el cole (la pequeña, por razones de ingeniería doméstica, sigue en casa un año más), y os confesaré que lo he hecho con alivio por una parte, pero con pena por otra, y este año, no sé por qué, casi con más pena que alivio. Pena porque se acaba el verano y nos toca ponernos serios, porque se hacen mayores... Y sobre todo pena porque me toca de nuevo convertirme en la madre sargento que vela por los horarios día y noche, que impone rutinas, y porque me toca sacar los aperos de arriero para llevarlos cada mañana de casa al cole!
Y en un día como hoy, mi solidaridad y mi apoyo a todos esos infatigables y admirables profesionales que bregan cada día con nuestros cachorros.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Eximentes de maternidad

Una de las cosas que más cuesta aceptar cuando se tienen hijos es que son para siempre, y que no solo no hay días libres, sino que no te puedes librar ni un segundo de tus responsabilidades. Eres madre 24 horas del día, siete días a la semana durante el resto de tu vida. Pero de verdad que debería haber circunstancias o situaciones eximentes (del verbo eximir, que según el diccionario significa "librar, desembarazar de cargos, obligaciones o cuidados"), en los que una no tuviera que ejercer de madre. Para mí, concretamente, hay dos situaciones en las que estoy imposibilitada e inhabilitada completamente para ejercer mi papel materno:
1- Cuando tengo migraña. No logro ni hablar, menos aún dar órdenes, o ocuparme de los cachorros.
2- Cuando hay turbulencias en el avión y el pánico me domina, y los niños, angelitos, empiezan a hacerme preguntas del tipo:
"Mira, mamá, el avión hace como que se va a caer, ¿seguro que el piloto sabe conducir?
"Si nos estrellamos contra esa montaña ¿qué pasa?
"¿Por qué sube ahora tan rapido? ¿Es normal?"
"¿Que es ese ruido? ¿ se ha estropeado el motor?
"Si se cae el avión al suelo no nos aplastamos, verdad que no?"

Iniciamos la operación Reajuste de Horarios

Con el calendario en la mano acabo de elaborar un riguroso programa de adaptación de horarios para prepararnos de cara a la inminente vuelta al cole (sí, es un hecho, la madre sargento ha vuelto, y con nuevas energías, que tiemblen esas criaturas). El programa incluye a todos los miembros de la familia, que falta nos hace recuperar cierta rutina después del descontrol veraniego. Y desde luego a juzgar por el desfase horario que hemos llevado este verano no descarto que suframos jetlag.

Naturalmente la adaptación al ritmo del curso escolar ha de ser gradual, no se puede pretender que los cachorros pasen de un día para otro de acostarse a las 11 o las 12 a meterse en la cama a las 9 menos cuarto, o de dormir hasta las 10,30 de la mañana (algo que, por desgracia, solo hace el mediano, que es el más dormilón de la familia) a levantarse a las ocho menos cuarto, que es la hora a la que se toca la diana en nuestra casa durante el curso.

Pero no me pondré nerviosa, aún tenemos tiempo hasta ese lunes 12 de septiembre en el que arranca la escuela de mis hijos. Es decir, faltan cinco días, así que podemos ir adelantando cada día en media hora el momento de irse a la cama y el de levantarse. Podemos lograrlo. Podemos lograrlo. Yes, we can.

martes, 6 de septiembre de 2011

Estos inicios de septiembre qué complicados son

Hay días críticos en todo calendario familiar: Unos son a finales de junio, cuando les dan las vacaciones a las fieras y todo el resto de la familia sigue con el acelerador pisado sin posibilidad de frenar. Pero en esa época parece como si las vacaciones ya se olieran, todo el mundo está de buen humor, y de alguna manera se suele hacer más llevadero.

No ocurre así con la otra época complicada del año: principios de septiembre, cuando la familia al completo ya ha regresado a su hogar (por lo general de espacio reducido y encerrado en cuatro paredes), ambos progenitores trabajan y las fieras aún no han comenzado el colegio. Ahora, a diferencia de en junio, los cachorros están acostumbrados a estar al aire libre, vestidos de cualquier manera y a tener una intensa actividad lúdica-social. Vamos, que cualquiera los mete en casa. No hay manera de reducirlos. Los míos están como potros salvajes. Vamos, que cada día que vuelvo del trabajo abro la puerta de casa temblando por si me han tirado algún tabique...

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