miércoles, 24 de agosto de 2011

Balance del veraneo

Una empieza las vacaciones (o el veraneo, porque como me dijo una vez una lectora, esto no son exactamente lo que se viene a entender por vacaciones) con muchas expectativas, muchos planes y muchas cosas por hacer. Que para eso está el verano, para soñar. Carga la maleta de libros, de acuarelas, de música, de películas, de planes de puesta en forma, de amigos a los que llamar, de menús novedosos que cocinar, de lugares que visitar…. Y a medida que van pasando los días esas expectativas se van rebajando, y te acabas conformando, y quedándote de lo más satisfecha, con haber leído un libro, haber visto un par de amigos, haber corrido dos veces en la playa y una en el campo.

Eso me ha pasado en el bendito mes de vacaciones que he logrado cogerme este año (aleluya!) y que ya llegó (snif) a su fin. Pero eso sí, os diré que, como compensación, a mi niña le salen las palmas palmitas de maravilla (que para eso le hemos invertido una buena cantidad de horas) yreconoce -aunque no siempre- tres colores primarios; el mediano bucea metiendo la cabeza con total seguridad (idem de horas invertidas) y el mayor es un rey del skate a dos ruedas (idem de lo mismo). No me he separado de ellos ni un momento (esto podeis interpretarlo como querais y sacar vuestras propias conclusiones, solo os diré que no llegué precisamente descansada al trabajo el primer día de vuelta). Y supongo que eso es lo que nos queda de este verano que va llegando remolonamente a su fin.

lunes, 22 de agosto de 2011

En verano la madre sargento se convierte en madre hippy y establecemos libertad de horarios

Tengo que reconocer que durante el curso escolar soy lo que se podría llamar una madre sargento. Doy órdenes sin piedad. Y hay normas estrictas que deben cumplirse a rajatabla. Sin cuestionarlas. (Os aseguro que a veces me odio a mí misma). Una de esas normas es la de la hora de irse a dormir: a las 8,30. Incluso en pleno mes de junio, aunque les dé el sol en la cara, los niños están en la cama a esa hora porque sino al día siguiente no logran levantarse para ir al cole o arrastran el cansancio todo el día. Así funcionamos durante todo el curso. Pero una vez que se ha terminado la escuela, pues paso, sin ninguna transición, de ser una madre sargento a ser lo que se podría llamar una madre hippy. Podéis llamarme inconsecuente, pero no sé hacerlo de otra manera. Entonces en verano, implantamos temporalmente un régimen de libertad de horarios. Dejo de guiarme por el reloj (incluso se me estropeó, así que mejor que mejor) y funcionamos por el reloj del estómago y del sol. Cada cual puede jugar, leer y correr hasta que le queden fuerzas.Claro, que por suerte, las fuerzas se les suelen agotar pronto, que ya me ocupo yo de que no paren en todo el día ('tírate otra vez de bomba, amor, pero cogiendo más carrerilla', o 'vamos a dar todos otra vuelta en bici, y ahora hacemos carrera'). Por lo general a partir de las 22,30, o incluso las 23, empiezan a caer uno detrás de otro. Rendidos. Sin poder ya ni quitarse la ropa. Y menos aún ponerse el pijama. Algún día hasta tengo que ayudarles a lavarse los dientes y ponerles a hacer pis. Están extenuados por las emociones del día. Y caen como plomo sobre la cama. La mayor parte de los días no logran ya ni leer un cuento, ni siquiera escuchar cómo les cuento yo uno. Porque nada más poner la cabeza sobre la almohada están ya profundamente dormidos, recuperando energías para disfrutar al día siguiente de un nuevo maratón de aventuras. Bendito verano.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LA CRUDA REALIDAD DE LA NATURALEZA

Hace unos días mis dos hijos encontraron un pajarito en el jardín. Se había caído del nido y no sabía volar. Probaron a darle miguitas. Como no las comía, intentaron con leche de un platito. Le hicieron un pseudonidito para que estuviera calentito. Acudieron a pedirle consejo a un vecino conocido en la zona por su amor a los animales. Todo el día giró en función del pajarito. Que si come. Que si duerme. Que si camina. Que si trata de volar. Por la tarde decidieron dejarlo en una zona más a la vista para ver si venían sus papás a buscarlo. ¿Cómo puede ser que los papás pajaritos no busquen a su hijito? Seguro que si lo dejamos a la vista vienen sus papás a por él. La vigilancia del pajarito sólo decayó a la hora de comer helado. Ya se sabe que un helado de chocolate distrae del resto del mundo. Después del helado era ya hora de ir a la piscina. Y al volver –ya sin distracciones- lo primero que hicieron fue ir a ver cómo seguía el pajarito abandonado. Y oh, qué desolación, en el lugar dónde lo habían dejado sólo encontraron un par de plumas. Con un hilo de voz, el mayor comunicó a los presentes que no está el pajarito, sólo hay plumas, se lo han comido. Los padres dudaron de si darle la razón, o tratar de engañarle. Al final optaron por la vía más sencilla, es decir el engaño, porque enfrentar a los niños a la dura realidad es difícil y da mucha pereza en una tarde de verano. Que no hombre, que no, que seguro que lo han venido a buscar sus padres y ha perdido unas pocas plumas cuando se lo han llevado. El mayor miraba con cara de no creérselo, y el otro escuchaba paralizado por el terror. Y no dijeron nada más sobre el tema. Pero al día siguiente, lo primero que hicieron fue preparar cada uno un cubo con piedras para tirárselo “a los pájaros malos que comen pajaritos”. Toda una lección de vida.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Ese dulce momento del despertar

Si hay algo que me encanta, sobre todo ahora en vacaciones que tengo más tiempo, mucho más tiempo que perder, es acechar, cual animal de caza, el despertar de mis cachorros. Quedarme en silencio frente a ellos, o incluso tumbarme a su lado para acompasar mi respiración a la suya, y contemplar como duermen todavía plácidamente, hasta que de repente, como impulsados por un resorte, empiezan a desperezarse lentamente, estirando los brazos, dando una vuelta con pereza, frotándose los ojos, disfrutando todavía del sopor que les produce haber dormido bien y saboreando quizás quién sabe qué sueños, antes de abrir los ojos para encarar otro día, u otra tarde, si se trata de la siesta, con energía renovadas, qué digo renovadas, renovadísimas, como nuevos, completamente recargados para seguir descubriendo el mundo y emprendiendo nuevas y emocionantes aventuras, sobre todo ahora en verano que cada día trae mil y una emociones. Y me encanta, no puedo negarlo, que la primera cosa que vea sea la cara extasiada de su mamá.

Compártelo