sábado, 23 de julio de 2011

Que feliz verano

Nunca lo habíamos hecho, y decidimos probar suerte. Mucha gente nos había contado que era la mejor manera de afrontar un viaje largo en coche con la tropa, salir antes del amanecer para llevarlos dormido al menos las primeras horas del viaje y así avanzar un buen trecho en silencio, con los angelitos durmiendo placidamente en los asientos traseros. A mí, os confesaré, me sonaba un poco a ciencia ficción, pero como tiendo a ser una descreída, decidí darle una oportunidad a este sistema. Y así lo hicimos hace unos días, cuando nos disponíamos a iniciar nuestras vacaciones en la playa. El despertador sonó a las cinco, yo me desperté sin saber ni quién era ni qué tenía que hacer, el padre de las criaturas no estaba en mejores condiciones que yo. Al cabo de unos minutos nos pusimos en marcha, con bastante lentitud debimos de hacerlo, porque tardamos casi una hora en salir de casa con los niños ya en el asiento de atrás, y eso que lo habíamos dejado todo listo el día anterior (menos los niños, claro está) y que solo tomamos un café. Tres veces conté que estuvieran todos los niños en el coche, que no hubiera sido raro olvidarse alguno.
Empecé a conducir yo, pensando, ilusa de mí, que estaba espabilada. En la primera curva me di cuenta de que no lo estaba. Y seguía todavía luchando contra el sueño, cuando oi la primera voz, que confirmó mis peores pronósticos. "¿Por qué estoy en pijama en el coche?. No quiero estar en pijama". A ese comentario siguieron otros del tipo: "A mi oso no le gusta ir en coche. Quiere dormir en casa" o "Tengo frio, muchísimo frio, se me congelan los pies". Vamos, que nos encontrábamos con el peor de los escenarios posibles, es decir, los niños mucho más despiertos que los padres, que además, teníamos que conducir. No hace falta que me explaye mucho más, os imaginareis que el viaje se hizo eterno, casi más largo todavía que en condiciones normales porque ya se sabe que el sueño altera la percepción del tiempo. Eso sí, a la una de la tarde estábamos en nuestro destino. Y el resto del día fue una agónica espera hasta la hora de irnos a dormir. Vamos que no le veo ninguna ventaja a esto de pegarse el madrugón del siglo. Pero cada familia es un mundo y no hay fórmulas mágicas universales.
Pero bueno, dicho lo dicho, ya estamos de vacaciones. Entregados al complejo universo de los castillos de arena, la caza de cangrejos, la recogida de conchas, la observación de mareas y gaviotas... Y cuando ya llevo varios metros cuadrados de 'encremado', varios kilos de arena recogida, varias torres de arena derrumbadas por la ola y muchos muchos muchos achuchones a las fieras renegridas, hago un alto para desearos a todos un felícisimo verano. Que lo disfruteis como si fuera único e irrepetible, porque lo es.

jueves, 14 de julio de 2011

Esos recibimientos al llegar a casa

No creo que dure más de dos años. A lo sumo tres. Desde que empiezan a andar, y son autónomos para desplazarse por la casa, hasta que alcanzan los cuatro años y ya tienen otros intereses, y están en su habitación jugando a su bola. Pero durante esos años maravillosos, en ese tiempo (que pasa rápido, vuela, ya lo he comprobado con mis dos hijos mayores) una abre la puerta de casa al volver del trabajo y le reciben con un alarido de felicidad, y unos pasos atolondrados que corren hacia la puerta para recibirte como si fueras una estrella de hollywood. Pero no dura. Son solo unos años. Por eso hay que disfrutarlo. Yo lo hago cada día que llego a casa y abro la puerta presurosa para encontrarme lo antes posible con mi niña, que se me tira al cuello como un koala.

miércoles, 13 de julio de 2011

Carta a Esperanza Aguirre de un niño que quería jugar al tenis

Señora presidenta de Madrid,
Soy Mario y tengo casi ocho años, casi nueve. El año pasado iba a clases de tenis cerca de casa en el Canal con mi amigo Iñigo, que también tiene ocho y nos lo pasábamos muy bien, hacíamos cosas muy divertidas, nos gustaba sobre todo jugar al rey de la pista. Aprendimos a hacer el revés, la derecha y muchas más cosas. El próximo año nos gustaría seguir yendo para aprender más, y seguir pasándolo muy bien, pero dice mi mamá que ya no voy a ir porque va a ser mucho más caro, que antes nos costaba ocho euros y que ahora va a costar 80, y eso son 10 veces más, que ya me lo sé yo desde que tenía siete años. Y es una pena porque nos gusta jugar al tenis, pero claro, si cuesta mucho, pues no vamos a poder ir, y tampoco mi amigo Pablo, ni mi amiga Laura que se querían apuntar este año, porque además tenemos más hermanos y claro diez veces más de todos pues es mucho. En la tele dicen que los niños tenemos que hacer deporte para no estar gordos, pero claro si es tan caro… Y mi mamá se ha enfadado mucho y dice que si ahora el deporte va a ser solo para ricos. Yo creo que nosotros no somos ricos, aunque no sé si somos pobres, mi papá dice que lo normal.
(Las pistas de tenis del Canal de Isabel II, hasta ahora dependientes de la Comunidad de Madrid y uno de los pocos espacios que existen para practicar deporte en el centro de Madrid, han sido cedidas a la Federación Madrileña de Tenis. Consecuencia: las clases de tenis que el curso pasado costaban 17 euros mensuales (8,5 para familias numerosas, pues se aplicaba una reducción del 50%) pasan a costar a partir de septiembre unos 80 euros mensuales, sin descuento para familias numerosas. Y sí, estoy indignada. Soy una madre muy indignada. ¿Así se fomenta el deporte? ¿El deporte de quién fomentamos?).

martes, 12 de julio de 2011

Se sortean manguitos de última generación

No os haceis ni idea de las propuestas tan delirantes que me llegan a través del blog. Menos tirarme de un paracaidas con mi bebé (pero todo llegará), prácticamente me han propuesto de todo. Yo, por lo general, no hago mucho caso. Cierto es que de momento nadie me ha ofrecido nada que me retire de mi trabajo habitual ni convierta este blog en una mina de oro. Con frecuencia me mandan productos relacionados con el mundo infantil para que los pruebe y, de paso, os bombardee con publicidad. Yo de momento, como nadie me retira, pues hago oidos sordos, bien lo sabeis. Pero ahora, será que el verano y la inminencia de las vacaciones me han pillado más débil, y han logrado convencerme para que os hable de las excelencias de un chisme que me han mandado. Se trata de unos manguitos de última generación, llamados Puddle jumpers. Son una especie de manguitos con un flotador delantero. A mi niña de dos años le flipa nadar con ellos en la piscina, y la verdad que sí dan mucha seguridad. ¿Quereis unos para vuestros enanos? Pues la marca va a regalar uno entre los lectores /as de este blog. Así que ya sabeis, mandadme la anécdota más divertida que os haya pasado en la piscina con vuestros enanos, y la mejor, se lleva los manguitos. Que gane el mejor.

lunes, 11 de julio de 2011

El síndrome del abandono

Cuando era pequeña, cada vez que mis padres salían por la noche (que eran contadas ocasiones) a mí me entraba un pánico irracional a que nos abandonaran, a que no volvieran. Y tal era mi angustia que asomaba la nariz por la puerta de mi habitación para vigilar el trastero donde se guardaban las maletas, para ver si mis padres iban a por una y empezaban a empaquetar. Podeis llamarme paranoica. Pero en aquellos momentos yo estaba convencida de que me iban a abandonar, que se iban a marchar y no volverían nunca. Mis padres no solo nunca nos abandonaron a mí y a mis hermanos, sino que además casi no salían y estuvieron muchísimo con nosotros. Pero los miedos son irracionales e infundados. Y yo estoy convencida de que existe algo como un síndrome del abandono, ese pánico a que te abandonen tus seres más queridos. Y por eso debe ser que mi niña solo quiere dormir con nosotros, y que se pasa toda la noche, pero toda la noche, buscándonos con la mano, y acercándose a su padre o a mí para sentir que estamos ahí, y que no nos hemos ido.

martes, 5 de julio de 2011

Y además, soy una madre pusilánime.

"Pusilánime: dicese de aquel a quien le falta el ánimo o el valor para tolerar las desgracias o intentar las cosas grandes". Pues bien, aquí voy a reconocer ahora públicamente que además de ser imperfecta, soy una madre pusilánime. Me cuesta horrores afrontar los nuevos desafíos que plantea cada etapa del crecimiento de mis hijos, como quitarles el chupete, cambiarles de cuna, sacarles de mi cama.... Da igual que sea el primero, el segundo o la tercera. La experiencia no me ayuda, me cuesta muchísimo afrontar cada nueva etapa y me resisto tozudamente, prolongando las etapas hasta el límite de lo permitido (el mediano llevó chupete hasta los cuatro años y medio, que casi me denuncia la pediatra). Es más, con cada hijo me parece aún más difícil que con el anterior. Siempre pienso que al anterior se le daba mejor y era más espabilado.
Y ahora, concretamente ahora, me cuesta horrores quitarle el pañal a la niña (dos años y cuatro meses). Ha tenido que ser la abuela la que sentenciara hace dos días, arruinando mi paz y mi sopor del domingo: "a esta niña hay que quitarle el pañal ya mismo". ¡¿Pero ya ya?, pregunté yo desde la hamaca, tratando de resistirme. 'Ya. Es mejor en verano'. Y dicho y hecho. Le quitó el pañal, mientras yo pensaba en la pereza que me daba meterme en este berenjenal en pleno verano, con este calor, esta pereza... (en invierno me habría parecido aún peor momento, con ese frío, esos días tan cortos...)
Así que la abuela no me dio opción. Y casi mejor, a las pusilánimes hay que empujarnos para que actúemos. Así que ya tengo el verano hecho. Llevo dos días limpiando excrementos, me siento como si me hubieran regalado un perro.

viernes, 1 de julio de 2011

Visitas nocturnas

Pues al final he hecho caso a lo que me habeis aconsejado la mayoría -y también, para ser sincera, dejándome llevar por mi escasa falta de voluntad- y me he rendido ante las visitas nocturnas diarias de mi princesa y ya ni siquiera intento hacerle volver a su cama. La ayudo a encaramarse a mi cama, la recoloco y le doy la mano para que se duerma enseguida. Y así pasamos estas noches de tremendo calor entre vuelta y vuelta.
Y qué quereis que os diga, que cuando me despierto por la mañana y la veo ahí, o me despierta ella con sus manitas para reclamarme el biberón, siento casi más emoción que cuando amanecía con un novio nuevo.

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