jueves, 31 de marzo de 2011

¿Cómo sería yo si durmiera?

Por fortuna no ocurre con frecuencia. Normalmente estoy tan dormida y tan cansada que me mantengo en una especie de embotamiento crónico, y eso hace que no me cuestione nada ni piense que podría haber otras maneras de vivir y que sin duda hay otros mundos y están en este. Y casi es mejor, la verdad. Me limito a sobrevivir y a tirar para delante, a ser posible, con alegría y buen humor, aunque no siempre. Pero de repente, por alguna conjunción cósmica de esas que ocurren una vez cada medio siglo, logro dormir una noche entera, o por lo menos cinco horas seguidas (cinco horas seguidas, ¡dios mío!, cinco horas de un tirón) y con un sueño verdaderamente reparador, tan reparador que a la mañana siguiente me levanto casi (y digo casi porque naturalmente hay daños irreversibles) como nueva. Y me vuelvo a sentir yo misma. Yo como era antes de no dormir. Yo como era antes de ser un cadáver agotado que se queda dormida a las nueve en cuanto acuesta a los niños, y que se va a la cama a las 9,30 para ir durmiendo un rato antes de que se empiecen a despertar al poco rato. Yo como una persona normal que ha dormido y se levanta con energías, sin sentirse un condenado a trabajos forzados, sin ser una versión femenina y posmoderna del Sísifo clásico. Yo con ganas de comerme el mundo. Y en días así, que ya os digo que son poquísimos, pienso en todas las cosas que podría hacer, en todos esos retos que podría enfrentar si estuviera siempre así, un día tras otro. Naturalmente querría a mis hijos más y mejor todavía, con mucho mejor humor y más paciencia. Y lo pasaría mejor todavía con ellos porque estaría de mucho mejor humor y con más ganas de fiesta. Pero además aprendería idiomas, y mejor aún, evitaría que se me olvidaran para siempre los que tanto esfuerzo me costó aprender (empezando por mi lengua materna...). Iría a clases de pintura, que es el sueño de mi vida, aprender a pintar bien. Y también a clases de baile, de danza del vientre. Haría más deporte, triathlon, por ejemplo. Me buscaría un amante, o, mejor aún, recuperaría al que fue mi amante y ahora es compañero de curro. Iría impecable, sin manchas, planchada, y a la moda. Escribiría más libros. Abriría un negocio que el cuerpo me pide ser mi propia jefa. Pero ya os digo que estos momentos son escasos. Muy escasos. Son como un fogonazo de lucidez que me ilumina unas pocas horas. Al día siguiente, tras una nueva noche en las galeras, todo se ha esfumado y yo vuelvo a ser de nuevo una persona con sueño. Y sin embargo, no puedo evitar pensar cómo sería yo si durmiera.

Cosas que siguen pasando

Me cuenta una amiga, madre de tres hijos pequeños como yo, que en el centro de la gran ciudad a eso de las siete de la tarde (hora en la que día tras día, prácticamente sin excepción, servidora se arremanga y se dispone a iniciar la dura faena vespertina) la gente sigue saliendo del trabajo y se sigue yendo a tomar algo, normalmente alcohólico, en uno de esos lugares que han proliferado bajo el nombre de afterwork, y que a mí se me antoja una marcianada total porque para mí no hay afterwork que valga, o entra en una tienda a echar un vistazo de la ropa que toca llevar esta primavera, o tiene reuniones de trabajo en hoteles, o pasea por las calles abarrotadas. Y me asegura que sí, que hay mucha gente. Y qué quereis que os diga, que estas noticias del mundo exterior no dejan de sorprenderme, porque a veces, metida como estoy en mi burbuja o en mi túnel de la crianza, pienso que el mundo se ha detenido, y por eso me sorprende que sigue girando, y que a esas horas críticas del atardecer haya vida más allá de los pañales, los baños y los purés.

lunes, 28 de marzo de 2011

Como si no hubiera cambiado la hora

Supongo que he de estar contenta: en mi casa el cambio de hora pasa completamente inadvertido. Vamos, que ni se enteran las fieras de que el reloj se ha saltado una hora. Ayer a las siete y media de la tarde (es decir, las seis y media del día anterior) ya estaban los dos pequeños exigiendo la cena como cualquier otra tarde. "Que ez tardíiiiizimo!", clamaba el mediano. Y la pequeña, que sigue sin decir nada inteligible, acompañaba sus exigencias encaramándose a un taburete para coger uno de sus cuencos de colores, que es lo que hace cada vez que tiene hambre: se coge su propio plato (en un gesto que a mí me recuerda a los que iban al comedor de los pobres con su escudilla metálica), se sienta a su trona y golpea la mesa para reclamar comida. Así que nos tocó hacer la cena contrarreloj, entre chillidos y porrazos, que no hay nada que me estrese más en el mundo. Cenaron a la velocidad de la luz y a las ocho y media ya estaban en la cama como siempre, que es algo en lo que soy inflexible, mientras hay cole, se acuestan a las ocho y media, aunque les dé el sol en la cara!

miércoles, 23 de marzo de 2011

Visiones infantiles de la guerra

Una vez más la televisión vuelve a traernos la guerra hasta nuestros salones. Al mediano de momento prefiero mantenerlo alejado del mundo real, pero al mayor, ocho años y medio, hemos decidido, poco a poco, irle abriendo los ojos al mundo en el que le ha tocado vivir. Y antesdeayer le expliqué, con palabras muy medidas para que lo entienda, lo que está ocurriendo en Libia. Y estas han sido sus reflexiones:
"¿Y por qué la gente hace la guerra, mamá, si es muy mala? ¿Por qué se disparan cohetes?
"Mamá, ¿verdad que llevar escopeta es de muy mala educación?"

Qué pena que toda esta sensatez se pierda cuando nos hacemos mayores...

martes, 22 de marzo de 2011


jueves, 17 de marzo de 2011

'Duerme bien, crece sano'

Mañana 18 de marzo es el Día Mundial del Sueño. Y con tal ocasión la Sociedad Española del Sueño, la Sociedad Española de Neurología y la Asociación Española de Pediatra han lanzado la campaña Duerme bien, crece sano.
Parece ser que los trastornos del sueño -que mis hijos sufren durante los primeros dos años y medio de vida, como bien sabreis a estas alturas todos los sufridos seguidores de este blog- aumentan en los niños el riesgo de obesidad, hipertensión, el trastorno de déficit de atención con hiperactividad, la irritabilidad, la inestabilidad emocional y el fracaso escolar. Mis hijos, la verdad, y desde aquí doy gracias, no han sufrido ninguna de estas consecuencias. Como dicen los pediatras cada vez que les he consultado este tema, "el niño duerme mal, pero lo importante es que está muy sano".
Efectivamente, los niños están muy sanos. Y de eso doy gracias. Pero ¿ y los padres? ¿quién se preocupa de los padres?
La Sociedad Española del Sueño, la Sociedad Española de Neurología y la Asociación Española de Pediatría advierten que "es necesario concienciar a la población de que el sueño es algo fundamental para la calidad de vida, y también para la cantidad de vida ya un creciente número de estudios muestran que la mala calidad del sueño determina ya desde edades tempranas de la vida nuestra salud y aumenta el riesgo de padecer determinadas enfermedades en un futuro”.
Yo me considero más que concienciada de que el sueño es fundamental, y soy la prueba viviente de que la mala calidad del sueño durante un periodo de tiempo prolongado (exactamente cuatro años y medio) perjudica mi salud y sin duda aumenta el riesgo de padecer enfermedades, y, añado yo de mi cosecha, acelera el envejecimiento del organismo. Además de tener otras consecuencias como el deterioro de mi relación, el aumento del riesgo de divorcio... y demás.
Pero después de haberlo intentado todo todo os confesaré que a estas alturas no me queda más que rezar para que la niña siga el patrón de sus hermanos y empiece a dormir a los dos años y medio (ya sólo nos queda medio año de insomnio, yipiiiii)

martes, 15 de marzo de 2011

Al cielo

Nunca me había pasado antes. Me lo habían contado otras madres, que a cierta edad a los niños les entra la preocupación por la muerte. Pero a los míos nunca les había dado por esas cuestiones tan trascendentales. Hasta ayer, cuando iba con el mediano (cuatro años y medio) por la calle:
- Mami, yo no me quiero ir al cielo.
- ¿Y por qué te vas a ir al cielo?
- Poz cuando me muera. Pero yo no quiero.
- Pero ahora no te vas a morir, te morirás cuando seas viejito, y todavía eres muy pequeñito.
- Poz cuando sea viejito, y me moro, me agarro fuerte fuerte a una farola, con mucha fuerza que yo como mucho y tengo mucha fuerza, y azí ya no me voy al cielo.
- Eso, eso tú te agarras muy fuerte y así ya no te vas.

viernes, 11 de marzo de 2011

¿A qué colegio llevas a tus hijos?

Llevo varios días en que, por unas u otras razones, no hablo otra cosa que de colegios. Como si el mundo entero viviera pendiente de escoger centro escolar. No es mi caso, porque la niña aún tiene dos años y el próximo curso no le toca todavía entrar en el colegio. Pero sí a mi hermana, a varias amigas... y en mi revista acabamos de publicar un reportaje sobre métodos educativos. Así que me lo sé todo (en realidad no tengo ni idea, pero ya sabeis la manía que tenemos los periodistas de creer que sabemos algo). Y le he dado muchas pero muchas vueltas al tema. En el colegio donde van mis hijos (el mayor ya a 3º de primaria, el mediano a 2º de infantil) no hacen una sola letra ni un número hasta los 6 años. A mí al principio me sorprendió. Y desde luego esto casi me va a costar que me he desherede mi familia (con varios miembros que se dedicaron a la enseñanza y a los que le parece intolerable que una personita de 6 años sea analfabeta) Yo, la verdad, no sé si es bueno o malo, si es desperdiciar años valiosos, si esto tendrá consecuencias en el futuro, si deberían irse preparando para el mañana, si sería mejor que leyeran antes, si esto les va a causar un retraso irrecuperable. Pero qué quereis que os diga. Que, después de darle muchas vueltas, estoy encantada -y esto supongo que es hacer de la necesidad virtud- de que mis hijos alarguen un poco más su infancia, que ya tendrán tiempo -toda la vida- de estar sumidos en letras y números. Y qué maravilloso que puedan pasar algún añito más (¿qué son seis años en una vida?) dedicados exclusivamente a pintar con todos los colores, a emborronar papeles sin seguir más instrucción que su imaginación, a jugar y a construir inventos con plastilina y cartones. Sin hacer fichas, ni nada que limite esa desorbitada creatividad de los pequeñajos. Sumidos en un mundo completamente infantil, lúdico y totalmente delirante, sin letras ni números ni nada que les anticipe lo seria que se pone luego la vida.

martes, 8 de marzo de 2011

La luz al final del túnel

El otro sábado tuvimos un cumpleaños. Nosotros también, diréis vosotros. En un parque de bolas. Y no, no, os diré, como le expliqué a mis hijos, que era un cumpleaños sólo para padres y madres. Sin niños. Un cumpleaños adulto. Con nocturnidad. Alcohol y demás vicios. Que falta hace darse un poco al vicio con esta vida monacal que la crianza nos obliga a llevar a unos y a otras, que parece que hemos hecho votos de castidad, de obediencia, de silencio... de todo. Pues eso, que ahí estuvimos el padre de las criaturas y yo, dándole al baile, a la charla y a las risas hasta que el reloj empezó ya a marcar la cuenta atrás, que yo ya no veía las tres de la mañana, sino las cuatro horas y media que me quedaban por dormir antes del toque de diana de las siete, y eso en un día bueno, porque en un día malo, puede ser a las seis y cuarto, ya sea día de diario o fiesta de guardar. Así que a pesar de que yo habría continuado hasta que saliera el sol, nos retiramos para poder dormir unas pocas horas con las que afrontar el nuevo día. Y nos levantamos, a las ocho menos cuarto, todo un regalo, cansados, pero de buen humor, porque al menos estábamos cansandos por algo divertido.
Y como no teníamos ganas de cocinar, decidimos ser osados y salir todos, sí, los cinco, a comer fuera, que un día es un día, y viene bien salir de esa rutina que nos oprime y nos encorseta. Y como hacía buen tiempo, comimos en una terracita al sol. Y allí estábamos todos, los adultos con una media resaca, pero qué gusto tener sueño y algo de resaca por haber salido y no solo por haberte tenido que levantar diez veces en cinco horas. Y mientras agarraba la mesa para que no la volcaron los dos pequeños, pensé, mientras me daba el solecito en la cara, que estaba viendo la luz al final del túnel. Y qué gusto.

Sobre la culpa

A la madre imperfecta le gusta su trabajo. Le gusta viajar. Le encanta conocer sitios nuevos, nuevas personas. Le gusta ir al cine. Y de compras, le gusta comprarse ropa. Y zapatos, y elegirlos bien, disfruta acechando sus tiendas favoritas. Le encanta quedar con sus amigas. Ver gente. Salir. Escuchar música. Hacer senderismo. Nadar. Y sin embargo, sin embargo, no hay vez que se disponga a hacer algo de cualquier esto (robando media hora a la comida, o escapándose un sábado por la mañana) que no se plantee si, ahora que ha terminado por fin de trabajar, no debería mejor quedarse con los niños, que no piense si es verdaderamente imprescindible salir ahora. No hay vez que la culpabilidad no le atormente. Y le fastidia, y mucho, pero no puede evitarlo. Y así trata de pasar con sus hijos todo pero todito el tiempo libre que le deja su trabajo. Casi no va al cine. Casi no viaja. Casi no va de compras. Queda poquísimo con sus amigas. Rechaza cualquier viaje no obligatorio que le surja en el trabajo. Ha dejado prácticamente de hacer ejercicio. Se compra ropa dos veces al año, deprisa, a tiro hecho, sin mirar más de una tienda.
Y sabe que debería vencer ese sentimiento de culpa (¿dónde y cómo se lo inocularon? ¿será un efecto secundario de la epidural?) por 'abandonar' a sus cachorros durante un rato, que tampoco pasa nada. Debería vencerlo y salir. Y hacer más cosas. Y cuidarse más. Y hacer más ejercicio, porque una madre en forma es una madre mejor. Y lo intenta, pero le cuesta mucho.
Y luego, claro, no le ayuda nada que caigan en sus manos artículos que fomentan justamente esa culpabilidad como uno que leyó hace unas semanas y que aún rumia en su interior, un reportaje en elq ue se hablaba de las consecuencias que puede tener para los hijos el que sus padres, atareados con sus trabajos, no pasen suficiente tiempo con ellos.
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/tienen/todo/excepto/padres/elpepisoc/20110214elpepisoc_1/Tes
El típico artículo que si lo lee un hombre comenta, 'vaya, pobres chicos'. Y que si lo lee una madre deja de salir de compras o de quedar con las amigas como poco en lo que queda de año...

Otros horarios son posibles

Hoy es el día Internacional de la Mujer (corrijo lo de mujer trabajadora que había escrito antes, gracias por el dato). Os confieso que cada año al llegar esta fecha me agobia el aluvión de cifras, de datos, de buenas intenciones, de denuncias, de promesas.... Y desde luego no creo que, hoy por hoy, tengamos mucho que celebrar. Sí hay desde luego mucho por hacer para que mejoren las cosas. Empezando por los dichosos horarios de este país que nos sumen en interminables jornadas laborales, que parecemos condenados a galeras. Así que desde aquí me uno a la campaña lanzada por la Comisión para la Racionalización de los Horarios Españoles. Queremos unos horarios que nos permiten a todos ser personas fuera de la oficina y más allá del trabajo. Que nos permitan trabajar y llevar los niños al parque, y hacer los deberes juntos y jugar por la tarde al volver del cole. Y no solo a las mujeres, claro que no, también a los hombres, naturalmente. A todos.
(http://www.horariosenespana.es/manifiesto/manifiesto.php)

lunes, 7 de marzo de 2011

Al teatro

En Madrid estamos de suerte este mes de marzo. Un año más llega Teatralia, el festival de teatro infantil http://www.madrid.org/teatralia. Es la ocasión ideal para echarnos a los teatros. Eso sí, daos prisa en comprar las entradas porque vuelan. Hay joyitas pensadas para los niños pero deliciosas también para los mayores, como A manos llenas, un espectáculo mágico de títeres y sombras. Pero os diré que a mí me parece que el mejor espectáculo no está en el escenario, sino en el patio de butacas. Lo mejor de todo son las caras de mis cachorros, con la boca abierta, fascinados ante lo que están viendo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Un día tan tonto como otro cualquiera

El disfraz de Carnaval de uno para este viernes, que todavía le falta la varita mágica para ser un perfecto mago capaz de hacer mucha magia. El disfraz de Carnaval para el otro, que tiene que ser de hombre de Neardental por indicación de los profesores, que supongo quieren dotar de coherencia a esta fiesta integrándola dentro del programa de este curso, pero sinceramente tampoco pasaba nada porque no estuviera la fiesta integrada en el temario y los niños fuera de superhéroes o de piratas como el 90% de los niños del planeta, porque a ver cómo disfrazo yo a este de austrolopiteco en pleno invierno. El disfraz de mariquita que usó el mediano en la guardería y que se lo tengo que prestar a una amiga, así que ya puedo subirme a los altillos a buscarlo antes de que venga a por él. La tarjeta sanitaria de la chica, que le caduca, y también el pasaporte, y tiene que irse una mañana de gestiones, y a ver con quién y cuándo dejo yo a la niña. La cita con el dentista del mayor. La tos de la niña, que sigue tosiendo -aunque menos- a pesar de los consejos de toda la blogosfera (desde aquí millones de gracias, me ha emocionado vuestra respuesta masiva, y efectivamente, la cebolla es eficaz y qué peste, no voy a hacer sofrito de cebolla en varios meses). La megafactura de luz y de agua que acaba de llegar, tan altas que a partir de ahora vamos a hacer una ducha colectiva una vez a la semana, y todos juntos, y a oscuras, y a ver si tengo tiempo de compararla con otras facturas anteriores para ver si de verdad consumimos más o es que ha subido tanto. La tarifa de ADSL que tenemos contratada, que expira a finales de este mes, y que seguro que si no la renovamos nos duplican lo que pagamos. El pescado azul fresco y recién comprado que deberíamos comer una vez a la semana dentro de mi autoimpuesta dieta sanísima y que no logro cumplir porque no logro encontrar el momento de ir a comprarlo. Esto así para empezar es lo que me pasa por la cabeza ahora que he parado de currar para comer. Y de verdad que casi me entra taquicardia. Y no voy a entrar en líos del trabajo, que los tengo y muchos, pero ahora quedan eclipsados por todo el resto (por dios, como me oiga mi jefa...). Y os confieso que hay días, como hoy, que el trabajo casi me sirve de relajación y de distracción. En fin, qué día tan tonto tengo. A ver si se me pasa.

Compártelo