martes, 30 de noviembre de 2010

Dudas de madrugada

La madre imperfectíiiiiiiiisima se despertó a las cinco y media de la mañana, al oir el llanto histérico de la niña, se levantó sin saber quién era, y se arrastró dando tumbos hasta la habitación de la niña. Y se la encontró de pie en la cuna llorando desesperada para que la sacaran de su jaula. Trató de calmarla con caricias, con abrazos, con un biberón, con el chupete, con un cuento, con una nana, con más caricias, con más abrazos y con más cantos. En vano. Hacía un par de días que los agotadísimos padres imperfectos, al borde del colapso nervioso, habían decidido poner fin al colecho porque no lograban dormir nada con la niña en la cama. Y se habían puesto como objetivo el lograr que la pequeña, a sus 20 meses, se habituara a dormir en la cunita. Pero ella no se resignaba y estaba dispuesta a dar la batalla.
Y de verdad que a esas horas la madre imperfectísima ya no sabía qué hacer, si claudicar y regresar al colecho, si perseverar sin dejarse ablandar por los llantos y luego pedir excusas a los vecinos, y si le hubieran preguntado no habría sabido decir si es mejor criar con o sin apego, en realidad no sabía ni siquiera qué era el apego, sólo sabía que quería a sus hijos más que a si misma, pero que para criarlos lo fundamental era estar viva y el agotamiento la estaba matando. Y habría dado cualquier cosa por tener las ideas clarísimas y ser capaz de defenderlas, y hasta aconsejar a alquien qué es mejor para los hijos, pero hasta para eso era imperfectísima, y más aún a esas horas y con ese cansancio. A las seis y cuarto de la mañana, después de tres cuartos de hora de llantos, la niña se durmió agotada, y la madre se echó una cabezadita antes del desayuno.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Contra el encimonismo

Es muy probable que ya lo hayais leido ayer en El País. Pero por si acaso os lo perdisteis porque no tiene desperdicio: Elvira Lindo arremetiendo contra las madres perfectas y el encimonismo (que mi hermano, mucho más avispado que yo, ha deducido que es la manía de estar siempre encima del hijo). Pues eso ¡todos contra el encimonismo!


http://www.elpais.com/articulo/opinion/Madres/perfectas/elpepusocdgm/20101128elpdmgpan_2/Tes

viernes, 26 de noviembre de 2010

A esos padres

Este post es mi modesto homenaje a ese 7% de los padres españoles que pasan tanto tiempo con sus hijos como el que pasamos las madres. Sólo un 7% de los padres le echa las mismas horas a la crianza que nosotras, las sufridas madres. Las cifras las revelaba ayer un estudio de la Fundación La Caixa, y no sé si decir que superan mis peores expectativas. Eso quiere decir que en el 93% de las familias españolas somos las madres las que echamos horas, robándonoslas a nosotras mismas y a nuestro trabajo, para estar con los niños, llevarlos de una actividad a otra, comprarles ropa, hacer deberes, leer cuentos, bañar y peinar, cortar las uñas y preparar meriendas y cenas.
El informe muestra que el tiempo que dedican diariamente los padres a sus hijos es el mismo tanto si su mujer trabaja fuera de casa, como si no lo hace. Es decir, si la madre sale de casa, el padre no entra a suplir ese vacío o no entra lo suficiente. En muchos casos (salvo en ese honrosísimo 7% al que hoy rindo homenaje) ellos siguen llegando a una hora a la que los niños ya han ido al médico, a sus actividades extraescolares, ya han hecho deberes, leido cuentos, han merendado y a veces hasta cenado, y ya están bañaditos, peinados y con las uñas cortadas, y con el pijama puesto, e incluso a veces hasta remendado porque se le había roto en un codo. Y eso explique quizás por qué las madres vamos casi siempre corriendo, saludándonos a la carrera a la puerta del cole, arrastrando niños por la calle para que caminen más rápido, llamando al trabajo desde la cola del médico, o respondiendo mails mientras tomamos la lección de ciencia.
Y hoy el post me ha salido muy serio. Y eso que os aseguro estoy de muy buen humor, contenta y feliz con mividaconhijos, que es ya la única vida que sabría vivir. Pero es que hay veces que no puedo evitarlo y me toca ponerme seria.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La magia de la pintura

También le pasó al mayor: su vida cambió cuando descubrió que era capaz de manchar de colores un papel, de inventar mundos fantásticos, de copiar el mundo que veían sus ojos desde esta atalaya privilegiada de un metro y poco más de altura. De hecho fue lo único que le hizo sentarse, un poco antes de cumplir los cuatro años. Yo hasta entonces pensaba que tenía un problema en las nalgas que le impedía estar en esa postura. Hasta que empezó a pintar, y para mi sorpresa, logró pasarse largos ratos sentado, o de rodillas en una silla, concentrado en su nueva pasión. No hace falta ni decir que hemos hecho todo lo posible por estimular esta afición, toditas las tecnicas tiene el niño, su favorita: la acuarela.
Pues bien, exactamente lo mismo le ha ocurrido al mediano. Ha sucumbido a la pintura, está completamente abducido por ese mundo suyo de colores intensos. En su caso nos ha sorprendido más todavía, porque no había hecho antes ni un solo garabato, de hecho yo ya pensaba con cierta pena que este nos iba a salir menos pintor que su hermano (por esas comparaciones absurdas que siempre hacemos las madres, y que yo trato muy mucho de mantener en secreto). Hasta que de repente empezó a traer del cole fabulosos dibujos de puro color. Y por las tardes, oh, maravilla, empezó a agarrar hojas y robarle pinturas a su hermano. Enseguida le preparé su propio equipo de pintor y todas las tardes se sienta a su mesita para hacer verdaderas obras de arte (ah, pasión de madre), casas de colores imposibles, soles con enormes sonrisas, nubes enfadadas porque tienen que ponerse a llover, conejos traviesos, coches risueños... Y a mí me encanta verle, convertido en un pequeño artista enfebrecido. Y mi momento favorito es cuando observamos la obra finalizada y vamos describiendo lo que ha pintado. '¿Y esto qué es?', le pregunté un día, porque no entendía unos rayajos que había hecho entre un árbol y un coche. 'Poz, un rayo lazer', me respondió con desprecio por no haber sido capaz de adivinarlo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Una cola de dragón en el cuello

La maternidad trastorna. Yo soy la clara prueba. Cualquiera que me conozca lo reconocerá de inmediato. Un ejemplo concreto y palpable: He pasado de odiar las labores a pedirle a los reyes una máquina de coser. De hecho me la trajeron el pasado enero. La abrí con un regocijo que no recordaba desde que me trajeron a Lucas, el novio de la Barbie. En mi entorno esta transformación, o trastorno, ha sido recibida con perplejidad y escepticismo. “Nunca pensé que viviría para verte coser”, afirmó mi madre, sin ninguna brizna de emoción en su voz, más bien confundida ante la insondable complejidad del ser humano. “La verdad que te prefería cuando hacías otras cosas”, mi hermano, con voz de desilusión al verme cortar trozos de tela sin levantar la cabeza para saludarle.
Que nadie espere maravillas, no sé hacer casi nada, por algún defecto de mi configuración neuronal estoy completamente incapacitada para concebir espacialmente los tejidos, es decir, para saber cuándo hay que coser del derechas, del revés o para imaginar cómo quedará algo una vez cosido… Vamos, que lo único que sé hacer es coser recto, básicamente, manteles y servilletas, mi especialidad. Este verano renové todo el ajuar de las mesas, y me dio una satisfacción que ni cuando vi publicado mi primer artículo en un periódico. En fin, supongo que todo esto tiene que ver con la inagotable capacidad de adaptación del ser humano y su eterna búsqueda de la felicidad: es decir, ya que no voy a ganar ni un Nobel, ni a subir al Klimanjaro, pues me conformo con coserme unos mantelitos y me quedo tan contenta. Para qué ponerme metas más altas si sólo me van a hacer infeliz….
Este invierno he ampliado mis habilidades con el descubrimiento de un nuevo material: el forro polar, que no hace falta ni rematar. Así que me estoy dedicando a hacerle bufandas a niños propios y ajenos. Mi nueva especialidad: bufanda rematada como si fuera una cola de dragón. El mediano la llevó esta mañana al cole muy contento, enrollada a duras penas en su cuello corto. Al verle llegar, le dijo un amiguito: “Yo también tengo bufanda”. Y el mío respondió: “Ya, pero la mía es de cola de dragón”, respondió, orgulloso, acariciando su trofeo de forro polar. Ni os cuento lo orgullosa que salió esta madre trastornada del cole…

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Nostalgia viajera

Desde que tengo uso de razón este ha sido el año de mi vida en el que he viajado menos. Sin lugar a dudas. Yo era de las que pensaba que la llegada de los hijos no debería hacer cambiar en absoluto el estilo de la vida de los padres (entendido, por favor como plural genérico y abarcador de ambos progenitores, sean del sexo que sean), que una podía seguir haciendo básicamente lo mismo que hacía antes sólo que un churumbel a la cadera. Ay, pobre ilusa. Con el primero debo deciros, con cierto orgullo, que logramos más o menos hacerlo. Seguimos viajando, sobre todo en los primeros meses en el que el enano dormía placenteramente y se dejaba llevar, de día y de noche. Era un enano viajero y feliz. Con el segundo empezamos a espaciar un poco más los viajes, pero también hacíamos escapadas de una o dos semanas, fines de semana fuera... Y yo seguía pensando, o quería seguir pensando, que el ser madre de dos hijos no me había cambiado esencialmente y que seguía siendo la misma que antes. Hasta que llegó la niña a hacer de ancla. No soporta viajar en coche, llora sin parar todo el trayecto, sea largo o corto, con lo cual hay que pensarlo mucho antes de desplazarse. Pero diré que la culpa de este sendentarimos forzoso no ha sido sólo culpa de la niña de mis ojos. También ha influido mucho -muchísimo- la logística necesaria que conlleva el desplazarse con una familia numerosa. Para irnos un fin de semana, con nada más que quita y pon para cada uno, fuera llenamos el maletero del coche. Ir de vacaciones de verano supone casi organizar una mudanza. Viajar en avión, ay viajar en avión, sólo pensarlo me produce temblores. La última vez - y única vez que viajamos todos en avión la pasada Navidad, a visitar a la familia paterna en ltalia- fue de película de terror. Todo el trayecto en sí fue espeluznante, desde el trayecto en taxi al aeropuerto, el control de seguridad con tres niños, las casi tres horas inmovilizados en los asientos... Sólo de pensarlo me dan escalofríos, necesité tres días para recuperarme a la llegada y otros tres para afrontar el regreso. Así que sí, he de reconocer, con un dolor enorme, que hemos dejado casi de viajar. Y sí lo asumo, con todo el dolor de mi corazón, ya no soy la viajera despreocupada que era antes. Ahora en diciembre nos toca volver a Italia, ¡creo que necesito apoyo psicológico!

viernes, 5 de noviembre de 2010

Privación del sueño (y 2)

Dormir mal, como sabreis bien todos los sufridos seguidores de este blog, es un tema que me da mucho juego, sobre todo si lo combino con el método Estivill, fuente inagotable de controversia y debate, que es al fin y al cabo el objetivo de cualquier blog que se precie, dar que hablar. Pero creo que nunca he hablado de lo contrario, de las consecuencias de DORMIR BIEN. Es decir, dormir a pierna suelta durante toda una noche, sobrepasar las ocho horas recomendadas sin ninguna interrupción. Bien, pues la otra noche dormí como un lirón. Le tocaba turno al padre de las criaturas y yo me encerré en otro cuarto y logré dormir durante más de ocho horas sin oir un solo lloro ni despertarme (tengo tan poca costumbre de dormir de un tirón que con frecuencia me despierto yo solita, aunque no llore nadie). Y ayer me sentí como si fuera una mujer nueva, otra persona, con buen humor, con ganas de vivir y de reir. Y es que se me olvidaba cómo era yo cuando dormía... Hacía tanto que no me sentía así que se me salían las lágrimas de pensar cómo sería mi vida de maravillosa si durmiera todas las noches. Os cuento sólo algunas de las cosas que logré hacer ayer, poseida por la hiperactividad:
- Trabajé como una campeona durante todo el día, resolviendo todos los temas que tenía pendientes.
- Fui a nadar en la pausa del almuerzo.
- Salí con los niños de paseo y llevé la cámara de fotos a arreglar.
- Le lei tres cuentos a la niña y dos al mediano.
- Pregunté la lección de ciencias al mayor, y repasamos todos los movimientos de la tierra, el sol, la luna y varios otros planetas, satélites y asteroides.
- Preparé una cena deliciosa.
- Hablé con el padre de las criaturas de varios asuntos no urgentes ni relacionados con la logística del día.
- Lideré una protesta de padres del cole para exigir un nuevo gimnasio para los niños.
- Me depilé las piernas.
- Propuse varios planes nocturnos de fin de semana.
- Pedí entradas para ir a una feria de agricultura ecológica el sábado por la mañana.
- Quedé con mi hermano para ir a montar en bici el sábado por la tarde.
- Compré plantas nuevas para las ventanas.

Y seguro que todavía me olvido de algo... En fin, me consolaré pensando que hice tantas cosas que ahora puedo vegetar de nuevo unos cuantos días.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

"¡Compórtense, señorías!"

Cada vez que veo a José Bono ahí en su estrado, o su palco, o su tribuna, o su estrado, como se quiera llamar el lugar donde se sienta el presidente del Congreso de los Diputados, tratando de poner orden entre los diputados no puedo evitar identificarme con él y sentir una enorme solidaridad con sus tribulaciones para hacerse escuchar y que se escuchen unos a otros los parlamentarios. Y es que yo me paso el día dando turno de palabra, no hago otra cosa con las fieras. ¡Que estoy hablando yooooooooooooo!, grita uno, que lleva más de diez minutos detallando el campeonato de peonza que han hecho en el cole (por cierto, si alguien tiene una explicación racional para este regreso triunfal de la peonza, por favor que me la haga llegar). "¡Que no me dejas hablar a mí nuncaaaaaaaaaaaa!", reclama el otro con razón, antes de empezar a dar rienda suelta a su verborrea. Y una trata de ser imparcial, y de conceder turnos de palabra equivalentes, y de la misma duración, pero hay veces que cuesta cuando sabes que te van a contar por enésima vez que la peonza amarillo fluorescente brilla mucho más cuando hace sol. Y desearía tener varias horas más cada día para sentarme con cada uno un buen rato a que me contaran toooooodo pero todo lo que me tengan que contar, sus miedos y sus hazañas del día, que es lo que más me importa ahora del mundo, para qué nos vamos a engañar. Pero como no las tengo, pues me tengo que conformar con estas conversaciones atropelladas que he de moderar lo mejor que puedo. Y eso que la niña todavía no habla, bueno, hablar habla, pero lo hace en tagalo o algún otro dialecto del sudeste asiático, y no se hace entender. Y supongo que todo esto es una manera de irles educando y enseñando a ser ciudadanitos.



P.S. Para la posteridad: la niña viene desfigurada del parque, con una herida en plena mejilla. Investigo qué ha ocurrido, y al final, el culpable (cuatro años) confiesa: "Es que pensiva que era la pared". Pensiva que era la pared... He de reconocerle el mérito, porque hay que tener más cara que espalda para poner esa excusa...

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