miércoles, 27 de octubre de 2010

Privación del sueño y otras torturas

Lo sabía, estaba completamente convencida de ello, pero no tenía la evidencia. No me cabía ninguna duda de que la privación de sueño continuada y a lo largo de un periodo importante de tiempo es una tortura. Pero una cosa es que tú lo sospeches, y así lo creas, y otra es verlo incluido en un manual de torturas de verdad, de los que usan los polis malos. Así aparece, escrito blanco sobre negro, en un manual que tenían los soldados británicos desplegados en Irak. Junto con otras lindezas que prefiero no detallar porque produce horror sólo leerlas, decían: "no dejar dormir a los prisioneros más de cuatro horas seguidas". Cuatro horas seguidas. Y la verdad que se me ha caido el alma a los pies, porque con dormir cuatro horas seguidas, y luego unas cuantas más por ahí desperdigadas, todas las noches me conformaba yo!!! Y es que todavía seguimos con un regimen nocturno digno de eso, de prisión iraquí, de esas que denuncia Amnistía Internacional. Para paliar un poco lo desastroso de la situación -la niña sigue teniendo un sueño muy inquieto con lloros cada rato- continuamos con turnos estrictos el padre de la criatura y una servidora, cada noche baja uno a picar a la mina, y el otro aprovecha y duerme.
El otro día salió un estudio no sé dónde sobre los efectos de la privación de sueño. No tuve el valor de leerlo, prefiero casi ni saber a lo que me estoy exponiendo. Porque si lo sé, va a ser peor. Total, de momento esto no parece que tenga arreglo.
P.S. Y a todos los defensores del método Estivill (que por cierto a veces pienso al leer la encendida defensa que siempre hacen de su método si los tendrá en nómina), les diré que sí, que probablemente sea culpa nuestra, que quizá seamos nosotros los que no hayamos enseñado a la niña a dormir bien, que deberíamos actuar de otra manera, ser más duros e inflexibles cuando llore por la noche, y dejarla llorar sin levantarnos a calmarla y ponerle el chupete. Pero qué quereis que os diga, que no me sale. Y así me va.

lunes, 18 de octubre de 2010

Coches y muñecas. Superhéroes y princesas

Cuando se tienen hijos uno va corrigiendo sobre la marcha las ideas que tenía previamente. Antes de ser madre (o padre) siempre se piensa que se puede hacer mejor de lo que han hecho contigo, o de cómo lo hacen los demás. Te crees que tú vas a ser un padre (o una madre) diferente y le pones muchas ganas a la tarea. Y ya digo, la realidad luego se va imponiendo y, en más ocasiones de las que te gustaría, cuando te quieres dar cuenta, ya estás haciéndolo de la mismita manera que querías evitar. Yo, por ejemplo, tenía clarísimo que no le iba a dar una educación sexista a mis hijos. Antes de tenerlos estaba convencida de que eso de que los niños jugaran con pelotas y coches, y las niñas con muñecas y cocinitas era una imposición cultural, consecuencia de una educación destinada a perpetuar los roles tradicionales. Y naturalmente mis hijos no iban a reproducir esos roles porque para eso su madre iba a ir contracorriente y darles una educación moderna y liberadora. Ja! No sé cuanto tardé en darme cuenta, pero debieron ser pocos meses, de que mi hijo mayor sólo estaba interesado en cosas que rodaran, a ser posible esféricas. Perseguía balones, y convertía lo que no lo era en una improvisada pelota. Todo servía para darle patadas y correr detrás. Su mundo entero era un partido de futbol. De ahí pasó a hacer rodar las cosas, todo se convirtió en un objeto motor. De poco sirvió que tratáramos de incorporar otros juguetes menos ‘clásicos’: todo, fuera lo que fuera, era susceptible de rodar o de botar. Con mi segundo hijo, también varón, no hice más que constatar que su cerebro estaba programado para jugar con balones y vehículos de ruedas.
Y ahora que ya tengo algo de rodaje en esto de la maternidad he constatado connotable estupor que vivimos -sí, en el 2010- en un mundo dividido en compartimentos estancos: los niños llevan estuches, juguetes, camisetas y calzoncillos de superhéroes y las niñas de princesas. El mundo sigue dividido en azul y rosa, y de poco sirve que tú te empeñes en vestir a tus hijos de naranja y verde. El otro día me quedé helada al preguntarle a mi hijo mediano a qué jugaba en el recreo del cole, y me dijo “Poz a la lucha”. ¿Y las niñas también? “No, las niñas juegan a princezas”. Resulta que cada vez nos alejamos más de ese ideal igualitario sin distinciones de roles. ¿Existió alguna vez ese ideal en algún sitio más que nuestras cabezas?
A estas alturas os diré que el tema de las preferencias de los niños me lo tengo ya bastante trillado, y casi hasta he tirado la toalla, y compro coches, balones y horribles camisetas de superhéroes feísimos. Y con la niña (19 deliciosos mesecitos) estoy estrenándome en los gustos femeninos, ahora es cuando tendré la oportunidad de comprobar si eso del instinto de cuidar muñecas es algo cultural o aprendido. Por de pronto me ha demostrado que el interés por los vehículos es algo genético, determinado por la biología: el otro día estaba hojeando ella solita un libro de esos de páginas gruesas con dibujos de la granja, iba pasando lentamente página a página deteniéndose en los diferentes animales. Y cuando llegó a la página en la que se veían tractores, que hubiera hecho las delicias de sus hermanos, la pasó como si estuviera en blanco.
Así que ayer me emocioné cuando en el parque mi hijo mediano se puso, en medio de un montón de hojas secas, a jugar a las ‘cocinitas’. Ahora tengo que conseguir que la niña juegue un rato con un coche.Por de pronto le he escondido el bebé que tenía en la sillita de paseo, y va por toda la casa paseando un unicornio. Algo es algo.

P.S. Agradezco el interés mostrado por todos los lectores/as que se quejan porque mis posts son cada vez más infrecuentes y más cortos. Y qué queréis que os diga, que no me da la vida.

martes, 12 de octubre de 2010

Un cocodrilo en Salamanca

Voy a hacer otra de esas confesiones que reafirman mi condición de madre imperfectísima y dan argumentos para que algún día mis hijos me demanden por los daños y perjuicios que mi imperfección puede haberles causado. A ver cómo os lo explico: a mí me gusta que los niños se mantengan niños, me encanta disfrutarles como tales (supongo que eso explica que haya tenido tres), con su lengua de trapo, sus delirios lingüísticos y su inocencia. Por eso tengo que confesar -aquí estoy yo cavándome de nuevo la tumba- que no me ha gustado nunca corregirles cuando hacen errores al hablar. Siempre pienso que tienen toda la vida por delante para hablar muy adulta y correctamente. Me encanta escucharles decir esas palabras tan alteradas que suenan casi a conjuro mágico, como el "periókilo" que estuvo diciendo el mayor durante un buen tiempo, y no me digais que no suena mucho mejor que periódico. O el "figorífiro" que dice ahora el mediano en vez de frigorífico, y tendrán que cortarme un pie para que yo le diga que no se llama así.
Esto me pasa también a la hora de hablarles del mundo, por una parte yo entiendo que a los hijos tenemos que ir enseñándoles cosas, pero n¿o me digais que no es delicioso el dejarse envolver por su mundo de fantasía? Por dios, si la infancia cada vez dura menos y ya tendrán una vida entera para conocer la implacable verdad de las cosas, a pelo, desprovista de magía. Todo esto para contaros, o más bien para justificarme, que hayamos pasado todo pero todo el puente en un pueblecito de montaña (de salamanca, no os creais que nos hemos ido al trópico) buscando a un cocodrilo (debería más bien decir "cocolilo") que se había atascado en un riachuelo después de remontarlo desde el mismísimo amazonas!. Nada menos. El mediano de cuatro años estaba emocionado con la aventura. Y naturalmente tuve que comprar la complicidad del mayor, que ese sí con sus casi ocho años está en plena fase de descubrir el mundo tal y como es.

lunes, 4 de octubre de 2010

Las madres, de boda

Esto va a sonar a chiste fácil, pero no lo es. ¿Cómo se distingue a una madre de familia en una boda? Porque baila todo lo que echen hasta quemar la suela de los zapatos. Haced la prueba en la próxima boda a la que vayais, a partir de cuatro horas de música pachanguera, ya sólo quedan en la pista las madres de familia, bailando cual posesas, como si les fuera la vida en ello, como si llevaran años sin echarse un baile (que los llevan, no te quepa duda) y como si fuera el último baile de su vida (que a efectos prácticos, como si lo fuera, porque vete tú a saber cuándo volverá a darse una conjunción cósmica favorable).
A mí aún me duelen los pies y las caderas de las cinco horas que bailé en la boda a la que fui el sábado. Y más que hubiera bailado sino se me hubiera acabado la fiesta como a la Cenicienta a medianoche, cuando mi hijo mayor suplicaba ya por favor que nos fuéramos porque no podía más de cansancio. Y todavía le pedí, como en su día le pedía yo a mis padres, que me dejaran bailar "la última, una más y nos vamos". Lo que es la vida, que antes le pedíamos permiso a nuestros padres y ahora se lo pedimos a nuestros hijos.

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