lunes, 23 de agosto de 2010

Sobre la primogenitura (y 2)

Que no le diga a mi hijo primogénito que dé ejemplo, que para eso es el mayor, no quiere decir, sin embargo, que no le pida mucho más de lo que debería, y de lo que sería exigible para su edad (sieteañoscasiocho). Cosas como "Échale un vistazo a tu hermana un segundo, que voy al baño". "Anda, no te enfades porque tu hermano te haya pintado tu libro nuevo, que él es pequeño y no lo ha hecho adrede". "Recoga tu ropa y mira a ver si la metes en tu cajón del armario". "Ayuda a tu hermano a recoger los juguetes que acaba de tirar". " Por favor, no le devuelvas el puñetazo a tu hermano, ni tampoco la patada, que tú eres mayor". A eso se une el que no le puedo dedicar todo el tiempo que necesitaría/se merecería, y eso lleva a que le acabe diciendo cosas como "vete leyéndolo tu el cuento que voy acostando a tu hermana". Y claro, le va pesando al pobre la primogenitura.
El otro día estabamos de vacaciones en el campo y vino mi hermana con sus dos hijos pequeños (dos años el niño, cinco meses la niña), y cuando salimos a pasear las dos con las cinco criaturas, que aquello parecía "el quinto de infantería", el mayor, el pobre al ver aquello, me preguntó con voz angustiada: "Mamá, ¿y y no viene nadie a ayudarnos?. Que estamos sólo tres adultos con todos los niños". Y le pegué un abrazo fortísimo a mi adultito de sieteaños-casiocho, y me he jurado a mí misma no volver a pedirle nada que no sea adecuado para su edad. (por cierto, ¿alguien me puede decir por favor qué es adecuado para un niño que va a hacer ocho años???????).

martes, 17 de agosto de 2010

Sobre la primogenitura (1)

Por alguna extraña razón que seguro los neurólogos saben explicar muy bien, todo lo que te decían tus padres cuando eras pequeño se te queda clavado en algún lugar del cerebro y, aunque hayan pasado más de 20 o 30 años desde la última vez que las oiste, cuando tienes hijos esas palabras, que pensabas que habías olvidado, saldrán de tu boca sílaba por sílaba, exactamente igual a cómo las decía tu madre, o tu tía, o tu abuela, sin que seas realmente tú el que las pronuncia, como si estuvieras poseido por el espíritu de tus ancestros. Y te sorprenderás a ti mismo espetándole a uno de tus hijos una de esas frases crípticas repletas de sabiduría popular, que a ti te dejaban de pequeño con la boca abierta: "¿Cómo tengo que decírtelo para que me hagas caso? ¿En chino?". O "Termina tu plato, que hay niños en Africa que no tienen comida". Y recuerdo que yo me quedaba perpleja al oir esto, porque por mucho que me esforzara no lograba entender qué beneficio le podía reportar a un hambriento niñito africano el que yo me acabara mis odiados fréjoles con patatas.
Y como estas hay otras frases que van regresando a mi boca una y otra vez. Pero hay una que me he prohibido repetir. Y varias veces me he tenido que morder la lengua para no decírsela a mi hijo mayor porque yo -que también soy la primogénita de tres- odiaba cuando me lo decían: "Tienes que dar ejemplo que por algo eres el mayor". Me parecía, y me sigue pareciendo, tremendamente injusto que al primogénito se le endilgue esta función ejemplarizante. Es una carga demasiado pesada, y por el momento he logrado no decirla, aunque no sé cuanto más lograré reprimirme.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Una cena de lo más relajante

Los padres imperfectos de familia numerosa decidieron irse de cena con toda la prole, que en vacaciones viene bien romper el ritmo, sacudirse rutinas y tomar el aire con las fieras. Así que después de un paseito por el borde del mar decidieron tomar algo en un chiringuito con buena pinta. Llevados por el relajo vacacional, cometieron el error de no hacer una inspección previa de seguridad antes de sentarse. De haberlo hecho se habrían fijado que el chiringuito en cuestión se encontraba al borde de un acantilado (de pocos metros, pero suficientes para abrirse la cabeza, más si te empuja alguien) y que la única barrera para precipitarse era una soga. Sin barrera. Una soga y el abismo. Tampoco se dieron cuenta de que el chiringuito en cuestión era un lugar de moda para ir a tomar una copa viendo el atardecer. Y casualmente era la hora del atardecer, con lo cual a los pocos minutos de llegar, el lugar, que estaba vacio cuando ellos llegaron, estaba abarrotado de parejitas enamoradas venidas hasta aquí para jurarse amor eterno. A ser posible sin un enano delante mirando y escuchando.
Plenamente conscientes del error cometido, los padres imperfectísimos pensaron incluso en levantarse e irse pero les pareció inapropiado y hasta de mala educación, así que leyeron la carta a toda velocidad, y eligieron las primeras raciones que vieron. La espera por la comida, que afortunadamente fue corta, se les hizo eterna, porque no lograban retener en sus sillas a ninguno de los tres niños. La niña se empeñaba a tirar el biberón, que rodaba por el suelo hasta el borde del abismo. Suerte que allí estaba el mediano, al que no había manera humana de hacerle soltar la soga, y lo agarraba en el último momento antes de que se cayera. El mayor también lo agarró un par de veces. Al biberón y al hermano. Los padres imperfectos -que, aunque en ocasiones cueste creerlo, hacen todo lo que pueden por educar a sus hijos y convertirles en persona de provecho y en seres humanos civilizados- se pusieron en situación de máxima alerta y activaron el sistema de turnos (ahora me levanto yo y tú vas comiendo un boquerón porque frios están malísimos, ahora saltas tú y yo le doy un sorbo a la cerveza, que con tanto stress ni la he probado). A pesar de la alternancia, terminaron las raciones en cinco minutos, sin ni siquiera quitarle las espinas a la sardina, casi ni la cabeza. Y pidieron la cuenta agarrando cada uno a un niño de la mano, ante la mirada del resto de los comensales, frente a los cuales se sentían tan fuera de lugar como alguien vestido de pies a cabeza en una playa nudista.
Pagaron directamente en la caja. Y se fueron a toda velocidad.
Y al mirar el reloj y ver que habían trascurrido 25 minutos desde que se sentaron, 23exactamente, la madre imperfecta pensó que los restaurantes deberían ofrecer descuentos (un 20 o un 30% como poco ) para aquellos que terminen de cenar en menos de media hora. Eso quizás promovería que las familias con niños tomaran algo en los bares...

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