martes, 29 de junio de 2010

Con vestido nuevo

Dicen que a partir de cierta edad las mujeres se vuelven invisibles. Suena duro, y me gustaría decir que es mentira, que el encanto no tiene edad, que la capacidad de seducción no caduca. Pero no: llega un momento en que por la calle no te miran ya ni los que piden dinero. No puedes recordar cuando empezó a ocurrir, pero es un hecho que ya no te miran por la calle. Que alguien te diga un piropo es una posibilidad tan remota como que te revelen la combinación ganadora de la bonoloto o la quiniela. Es algo a lo que te vas acostumbrando, no por ello dejas de cuidarte ni de esforzarte por verte bien, pero lo haces por ti misma, por sentirte bien, no para que nadie te diga un piropo, que nadie te lo dice, por lo general.
Pero un buen día estrenas vestido, justamente un vestido que te compraste un día para darte un capricho y con el que te ves especialmente bien. Y tu hijo pequeño, de tres años, ese que parece que sólo tiene ojos para sus coches y sus superhéroes, te mira y te dice con cara de arrobo: "Pos te has puesto bonita, mamá". Y le coges en brazos, le das un besote bien dado y sales de casa sintiéndote como una actriz de Hollywood.

viernes, 25 de junio de 2010

Dia de fiesta

Era el día de la fiesta anual de la revista que daba de comer a la familia de la madre imperfecta. Y justo esa mañana a la madre imperfecta le tocaba llevar a la niña al endocrino -el padre hoy no podía y en el supuestasmente equitativo reparto de tareas, precisamente hoy tocaba día "mamá se encarga de todo"- . También tenía que ir a recoger las notas del mayor al cole. La cita con el endocrino era a primera hora. Primera hora que luego nunca es primera y ya se echaba encima la media mañana cuando por fin entraron en la consulta. "La voy a auscultar de paso porque no me gusta esta tos", dijo la amabilísima doctora endocrina cuando terminó la consulta endocrina propiamente dicha."¿ Lleva mucho tiempo con esta tos y tantos mocos?", preguntó con un tono que a la madre imperfecta se le antojó recriminatorio, aunque quizá no lo fuera y le pareciera así por el agobio que tenia encima de estar llegando tardísimo a una reunión. "Pues, como unas dos semanas...", respondió con un hilo de voz la madre imperfecta, pensando que quizá era más tiempo, porque ya desde mayo estaba tosiendo. "¿Y no lo ha llevado al pediatra?", insistó la doctora endocrina, haciendo dudar a la madre imperfecta, que tenía un vago recuerdo de haber ido hacía poco al pediatra pero con un tremendo esfuerzo logró acordarse que había sido con el mediano. "Pues no, en esta ocasión, no", acabó confesando. "No me parecía que estuviera mal, era sólo un catarro", añadió para tratar de excusarse, pero sin lograr sonar convincente. "Pues mejor que pida cita con su pediatra para que la vea de urgencia. Hoy mismo", aconsejó la doctora. "Es que claro, con el tercero, una se relaja mucho, verdad?", añadió, con una sonrisa, tratando de quitarle hierro al asunto al ver la cara de agobio de la madre de la criatura.
Un poco más relajada, la madre imperfecta salió de la consulta calculando el tiempo que tardaba en llegar a casa para dejar a la niña y pensando que si corría quizás lograba llegar al fin de la reunión. Efectivamente llegó al final de la reunión, corrió al trabajo y trató de aprovechar cada minuto como si fuera el último de su vida. De ahí salió corriendo al colegio, que privilegia tanto el contacto con la familia que las notas de los niños se dan siempre en persona a los padres, que deben hacer la cola correspondiente para entrar a hablar con la profesora. La espera la aprovechó para cancelar la cita en la peluquería, ya se colocaría ella las greñas. Y con las notas en la mano, y la peluquería cancelada, se fue a llevar a a niña a su pediatra, que aconsejó que le pusieran un aerosol en la sala de curas, cuando acabaran de limpiar la sala porque por higiene la cierran media hora a las siete para limpiarla y dejarla como una patena, esterilizada y sin un microbio. Mientras esperaba con la niña, que mataba el tiempo gateando y llevándose a la boca todos los microbios de la sala de espera, pensaba en qué vestido se iba a poner porque con la hora que era no iba a tener tiempo para dudar. Cuando por fin le pusieron el aerosol a la niña, pensó que ya no le iba a dar tampoco tiempo a pintarse las uñas. Y mientras trataba de inmovilizar a la niña para que no se arrancara la mascarilla, trataba de recordar dónde tenía el bolso de fiesta, porque no iba a poder buscarlo. Cuando llegó a casa se vistió a toda velocidad, sin mirarse en el espejo, explicándole al padre de las criaturas, que acababa de llegar, la medicina que tenía que darle a la niña y diciéndole al mayor que sí, que podía ver la tele un rato y que mañana seguro que sí lograban ir a la piscina. Bajó en el ascensor encaramándose a los tacones. Terminó de pintarse en el taxi. Y se tuvo que morder una uña que se le había roto porque no le había dado ni tiempo a cortárselas. Y se sorprendió de estar ya camino de la fiesta. Vestida. Con la cremallera en su sitio. Peinada -en casa, pero peinada-. Y hasta maquillada, aunque se hubiera maquillado en el taxi. Y entonces respiró.

miércoles, 16 de junio de 2010

Tarde de juegos

Como no hay mal que cien años dure (aunque esto no parece aplicarse al mal tiempo que sigue castigándonos...) se me ha pasado ya la migraña y ha regresado el padre de las criaturas (claro, que con el mundial de futbol de por medio.... ejem, mejor callo que me busco la ruina dentro y fuera de casa). Y además ahora ya tenemos jornada continua de verano, así que tendré muchísimo más tiempo para dedicarme a cosas propias y ajenas. A ver alguna película. Y volveré a leer libros. Y a pasear. Y a ver a mis amigas. Y a ir de compras. Y a hacer deporte, que falta me hace darle a las abdominales para mitigar los estragos de los embarazos. Con un poco de suerte hasta lograré pintarme las uñas para cuando termine esta tercera glaciación y pueda ponerme sandalias. Lo de recuperar la vida de pareja va a tener que esperar hasta después del Mundial. Y también, sí, también podré dedicarle mucho más tiempo a los cachorros. Y tiempo de ese que llaman de calidad, porque qué mal me caigo a mi misma cuando estoy de mal humor y no hago más que reñirles. Así que ayer, que era la primera tarde que tenía por delante decidí consagrarla enterita a jugar con los dos pequeños -el mayor estaba con un amigo- . Sin responsabilidades. Sin recoger. Sin deberes. Sin riñas. Casi como si yo no fuera la mamá. Como si no hubiera adultos presentes, que cuidado que somos aburridos e insoportables los adultos cuando ejercemos de tales. Decidí ponerme a su altura. En sentido literal y figurado. Me eché al suelo, para ver las cosas como ellos. A 40 cm. del suelo. Vacié la caja de los juguetes de la niña y les dejé que eligieran. La niña se tiró a por las piezas de encajar y se puso muy aplicadita a colocarlas, con un empeño y una determinación que nunca pensé podría tener una personita de poco más de un año. Y el otro, liberado de la presión de pretender ser muy mayor y muy grande que siente cuando está delante su hermano y sólo juegan a superhéroes y con chismes de esos tan feos y de nombres incomprensibles (pokemon, vakugan, gogos...), se lanzó emocionado a por dos peluches regordetes.
"Yo soy la mariquita y tú la abejita", me dijo. "Y vamos a volar".

Y ahí estuvimos nos é cuanto tiempo volando, nadando, montando en coche, barco y tren, la mariquita y la abejita, mientras la niña trataba de organizarse un mundo a su medida con las piezas de madera, hasta que llegó el padre de las criaturas y nos sacó de nuestro mundo mágico y paralelo. A los tres.

lunes, 14 de junio de 2010

Sábado negro

De entre todas las combinaciones fatales, todas las coyunturas trágicas que pueden ocurrir hay una que temo especialmente: migraña y mal tiempo. Es decir, que me de a mí migraña -cosa por desgracia nada infrecuente- y que las condiciones metereólogicas impidan que las fieras salgan a la calle y tengan que quedarse en casa. Eso ocurrió el pasado sábado. Un día de esos en que lo único que querrías es desaparecer del mapa, meterte en la cama, desenchufar el botón de 'on' y permanecer en modo hibernar, como un portatil escacharrado. Pero no puedes. No puedes desconectar. No puedes apagarte. Porque para colmo de males el padre de las criaturas está de viaje. Y tienes tres cachorros que alimentar. Que cambiar. Que pasear. Que vigilar. Que volver a alimentar. Que seguir vigilando. Que sacar a la calle entre chaparrón y chaparrón. Que volver a cambiar porque se han embarrado. Que dar de cenar. Y meter a dormir -por fin-, pero sin cuento, que hoy os lo leeis vosotros porque mamá está que no puede ni hablar. Y cuando finalmente llega ese esperado momento en que están los tres cenados, cambiados, acostados y ya casi dormidos, te metes tú en la cama, con un dolor como si te hubieran golpeado con un bate de beisbol en la frente. Y te dan ganas de llorar, pero el dolor es tan fuerte que ni te salen las lágrimas.
Aún sigo preguntándome si habré estado expiando pecados de una vida pasada -o futura, porque yo ya no sé en qué creer- o si habrá caido sobre mí una maldición.
Hoy por lo menos el padre ya ha regresado, me duele menos la cabeza. Pero aún no acaba de salir el sol en nuestras vidas... ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

sábado, 12 de junio de 2010

Fin de feria

Para rematar la Feria mañana volveré a firmar en la caseta 332 (al inicio, al lado de Alcalá). Os espero.

viernes, 11 de junio de 2010

El síndrome del mediano

"Ala, qué boca tan grande tienes", le dije el otro día al segundo -tres-años-casicuatro- para animarle a que se terminara la cena. "No", me replicó muy serio. "No es grande. Tengo una boca mediana". ¿Mediana?, pregunté yo extrañada por esa calificación. "Sí, mediana", añadió todavía más serio. "Yo soy mediano, y entonces tengo una boca mediana". Me quedé lívida. Es cierto que a veces hablo de él como el mediano, - el mayor es el mayor, y la niña es la niña, y es cierto que en la jerarquía él es el mediano- pero nunca delante suyo. Pero él lo tiene bien claro: es el mediano. Y supongo que quizá eso explique las rabietas que le dan casi a diario, los gritos cuando se enfada, los problemas para vestirse, el apego a su chupete, las broncas con su hermano mayor, y hasta los porrazos a su hermanita. Porque de alguna manera tendrá que hacerse notar. Por eso me pide que le lleve en brazos cuando cojo a su hermana, o le tira del pie cuando la tengo cogida para que la suelte y le agarre a él. O grita para que lo vista. Y es que, después de haber sido el pequeñín de la casa, el muñeco de su mamá, no debe ser fácil pasar a ser "el mediano", atrapado entre un hermano mayor muy pero muy extrovertido, y una hermanita que roba toda la atención, con unos padres agobiados que no pueden dedicarle ni la mitad del tiempo que él querría y necesitaría. Porque cada cachorro necesita su tiempo, y los tres nos necesitan mucho. Mucho más de lo que podemos darles. Y llevo varias dias torturada, y cada noche trato de contarle un cuento solito al segundo. Aunque me caiga de sueño. A mi lindo mediano. En exclusiva.

miércoles, 9 de junio de 2010

Otra tarde de firmas

Si el tiempo lo permite, el viernes 11 de 19 a 21,30 firmaré otra vez Diario de una madre imperfecta en la caseta 332 del Retiro. Madres embarazadas, recién paridas, hartas o felices, gestoras de familias pequeñas o numerosas, padres pacientes y entregados, os espero!

lunes, 7 de junio de 2010

No me da la vida

Estamos ya en la recta final del curso y, al igual que ocurre en Navidades, se intensifican notablemente las actividades escolares y similares. Que si las notas, que si reunión con los profesores de uno, con los de otro, que si la fiesta de la clase de uno, que si la de la clase de otro, que si la despedida de una profesora, que si partido final de futbol... Y esto con sólo dos niños escolarizados, y el pequeño de ellos todavía a medio gas porque no le he apuntado a nada extra. El día que la niña vaya también al cole no sé cómo lo haremos. Vamos a tener que contratar a un padre/madre de reemplazo, una especie de figurante al que pagaremos para que hable con los profesores, se emocione en la fiesta, o aplauda en las competiciones deportivas (dejo la idea en el aire, y ahora en época de tanto paro quizá sea una buena opción laboral si alguien se anima a desarrollarla. Yo sólo exigiría puntualidad como único requisito).
Tengo ya la agenda para estas semanas que no me caben ya más cosas cada día (para centralizar y evitar solapes y plantones uso una única agenda en la que apunto desde el aviso al fontanero, hasta las entrevistas y citas de trabajo pasando naturalmente por compromisos escolares, y visitas al pediatra). Aún así, a pesar de tenerlo todo apuntado, se me olvidan las cosas. Como hoy mismo que un padre me recordó que teniamos la reunión con la profesora de infantil. Y es que a mi no da ya la cabeza para tanta cosa. Y no sólo eso. No me da la vida. Os contaré -y de paso me sirve de desahogo- unos pocos ejemplos y os animo a todos/as a que hagais una reflexión similar:
- Llevo dos años sin ir al cine. Dos años.
- En todo el 2010 no sólo no he visto una sola película entera. Tampoco una sola serie. Ni un solo programa completo. Casi ni siquiera el telediario.
- Hace dos meses que estoy intentando reservar un apartamento para ir una semana a la playa en verano.
- Llevo mes y medio queriéndome despintar las uñas de las manos y volverlas a pintar (lo bueno de esta tardanza es que ya se han despintado solas, asi que me he evitado la mitad del trabajo)
- Cuatro meses he tardado en comprar algodón desmaquillante, y al final ya he optado por dejar de maquillarme, asi me libro de dos trabajos.
- La niña ha estado con zapato cerrado y bien cerrado hasta que el otro día en Madrid se alcanzaron los 35 grados y corrí a comprarle unas sandalias. Idem con el cambio de armario de los niños, que un día los mandé al cole con pantalón de pana y a mediodía, con los 30 grados, pensé que me iban a llamar del cole para denunciarme por maltrato infantil.


En fin, no voy a seguir, que no tengo más tiempo que perder con tonterías. Lo dicho, que no me da la vida.

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