viernes, 19 de febrero de 2010

¿Año de nieves, año de bienes?

Antes de nada quiero aclarar que estoy muy contenta por los niveles record -en algunos casos sin precedentes en las últimas décadas- alcanzados por los embalses de nuestro país, lo que imagino será preludio de una próspera y fértil primavera. También me congratulo por la cantidad de nieve acumulada en las estaciones de esquí, lo que sin duda contribuirá a reportar sabrosas ganancias a sus gestores, y muchos descensos para los practicantes del noble deporte del esquí. Quiero creer que es cierto el refrán que dice "año de nieves, año de bienes" (ya se sabe que la sabiduría popular sobre los temas relacionados con la metereología suelen ser muy acertados) y que las cuatro nevadas que llevamos este invierno en Madrid serán el preludio de un año próspero para todos nosotros. También me alegro porque las frías temperaturas de los últimos meses vengan quizás a demostrar que el tan anunciado cambio climático quizá no sea tan grave o por lo menos no tan inminente (pido disculpas si esto es una barbaridad científica, me limito sólo a expresar un deseo personal nacido de mi ignorancia). Pero dicho tooooooodo esto, tengo que decir que no soporto un día más con este tiempo y los niños encerrados en casa!!!!!!!!! Después de tres meses metidos en casa, con las salidas al exterior limitadas en tiempo y en movilidad -por la cantidad que ropa con la que tengo que cubrirles para hacer frente a las hostiles condiciones metereológicas-, los dos niños están que se suben por las paredes. Si es que no debe ni ser sano tenerles tanto tiempo a cubierto. Vete tú a saber si esto no perjudicará a su desarrollo motor. Y encima, muchos días ni siquiera salen al recreo en el cole porque como llueve, pues se quedan en clase, así que ni siquiera llegan cansados del cole, al revés, salen como potros en cautividad. Como el mal tiempo siga mucho más me van a tirar la casa abajo. Y eso que una trata de ser creativa y desarrollar todo tipo de actividades de interior, desde campeonatos de Memory (que de paso me viene muy bien para ejercitar mi deteriorada neurona, y una cosa tengo que reconocer sin pudor: me ganan mis hijos) hasta elaboracion de galletas, pizzas y todo tipo de masas. Incluso me esfuerzo en limitar el tan socorrido recurso de encenderles la televisión y ponerles un DVD. Pero mi imaginación, mi paciencia y mi aguante están llegando a su fin. Y anoche en el tiempo anunciaron, con un despliegue de mapas, y una profusión de datos absolutamente innecesaria, que el fin de semana vuelve a hacer malo!
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miércoles, 17 de febrero de 2010

Las 8,25 de la mañana

Leo en un informe publicado no sé dónde (en mi manera de leer dispersa y a toda velocidad me cuesta retener más de un concepto) que el momento de más stress en la jornada de una madre trabajadora son las 8,25 de la mañana. Imagino que en cada familia, según su diversa dinámica matutina, se producirá a una hora diferente, antes o después, según si hay que llevar a los niños en coche al cole, si hay que llevarlos a coles diferentes.... Pero en mi caso concreto coincide exactamente: el momento de más agobio del día son las 8,25. Exactamente. Ni un minuto antes ni uno después. A las 8,25. Si existiera un medidor de stress a esa hora marcaría un pico importante. O más incluso, se dispararía y reventaría. A las 8,29 tenemos que salir de casa si queremos llegar a tiempo al cole (tardamos siete minutos a pie, hemos optado por vivir cerca del cole porque si tuviera que ponerme a atar niños en las sillas del coche por la mañana a toda prisa y enfrentarme al tráfico con los niños gritando atrás creo que me daría algo, cada uno/una tiene que saber dónde está su límite tolerable de stress y qué situaciones la ponen en el disparador). Eso significa que a las 8,25 los niños deben ya haber terminado de desayunar, y estar casi terminados de lavar y vestir, con sus meriendas preparadas, listas para que las metan en las mochilas. Esa sería la situación ideal, para evitar justamente el agobio de las 8,25. Pero la vida diaria supera al mejor de los organizadores, y, por muy pronto que les haya levantado, por lo general a las 8,25 aún les queda la mitad del desayuno por terminar, con mucha frecuencia siguen en pijama, y uno de cada dos días ni siquiera tienen preparada la ropa que han de llevar (¿cuantas pero cuantas veces me prometo a mí misma que todas las noches les prepararé la ropa o se la haré preparar a su padre?). Y entonces me toca preparar las meriendas a toda velocidad (bocadillos que unto acelerada y amorosamente cada mañana, porque eso sí, mis niños no llevan nunca meriendas industriales), al mismo tiempo que le voy metiendo cucharadas de desayuno al pequeño, y le grito al mayor para que se ponga las deportivas él solito. Visto al pequeño que sigue con la boca llena, le lavo los morretes de chocolate con una mano y lo peino con la otra, mientras el padre de las criaturas le ata las zapatillas al mayor, porque con prisa no logra, que necesita casi diez minutos para hacer la lazada. Poniéndome el abrigo meto las meriendas en sus respectivas mochilas, y al pasar delante del baño me peino con la mano, metiéndoles prisa a gritos a los dos -sintiéndome un sargento durante unos ejercicios militares, hasta tono castrense se me está poniendo, qué manía me tengo en estos momentos, por dios- para que se pongan ya los abrigos. Y llamo al ascensor cuando son las 8,29 pasadas. Cuando se cierra la puerta del ascensor, con los dos niños desayunados, vestidos, casi peinados, a veces hasta perfumados y con la merienda en la mochila -salvo contadas ocasiones de stress agudo-, respiro aliviada con una satisfactoria sensación de 'misión cumplida un día más'. Y casi ni me importa darme cuenta de que una vez más salgo sin maquillar, sin pendientes, sin revisar lo que llevo en el bolso, y sin bufanda. Me conformo con salir vestida, y hasta desayunada. Y con mis chicos preparados.

lunes, 8 de febrero de 2010

Cronograma del fin de la lactancia

Empezar la lactancia tiene fecha fija: una da a luz y al poco rato le colocan a la criatura a la teta. ¿Pero cuando y cómo se termina la lactancia? Sobre eso hay menos escrito. Y no es tampoco un camino de rosas.


Cuarto mes. La madre lactante, a punto ya de incorporarse
al trabajo, confiesa a quien quiera escucharla que, a pesar
del sueño fragmentado, el agotamiento y las manchas de
leche, sufre de pensar que dentro de poco tendrá que dejar
de dar el pecho a su retoño. Ahora resulta que le duele romper
ese vínculo único con el bebé, porque nada la enternece
más que contemplar a la criaturita dormida en su pecho, borracha
de satisfacción con la panza llena.

Quinto mes. Para tratar de prolongar la lactancia y proporcionar
a la criatura toda la leche materna posible empieza a sacarse
leche de forma casi industrial con un artefacto eléctrico que
le han prestado y a congelarla en un juego de bolsitas que
venden ad hoc (y que deberían venir —desde aquí lanzo una
sugerencia a los fabricantes—, con etiquetas personalizables
para identificar y certificar la leche materna: Central Lechera
Claudia, por ejemplo). Aprovechará cualquier retraso en la
toma de la criatura para ordeñarse. En alguna ocasión incluso
lo hará de madrugada, cuando el bebé haya empezado
a saltarse alguna toma nocturna y ella tenga el pecho que le
revienta. Llegará incluso a ponerse el despertador a las cuatro
de la mañana para levantarse y hacerlo. También se llevará
el sacaleches al trabajo; pero pronto se dará cuenta de que
no hay nada más humillante que sentarse en la taza del
váter con ese artefacto —que debería estar, si es que no lo
está ya, prohibido por la Convención de Ginebra contra la
Tortura—, que además hace un ruidito irritante difícil de camuflar.
A los pocos días abandonará, extenuada, la producción
de leche en serie y limitará la lactancia al desayuno y la cena.

Séptimo mes. Ante la salida del primer diente y el ansia carnívora
de la criatura, que la ha llevado a estrenar su minúscula
dentadura en la teta materna, la madre lactante decide dar
por terminada la lactancia con sentimientos encontrados.
Pena por una parte, pero también un enorme alivio.

Octavo mes. La madre ex lactante descubre con desolación
que no sólo no ha quedado nada del esplendor mamario de la lactancia, sino que sus antiguas ubres han quedado
reducidas a pingajos asimétricos, pues una de ellas es incluso
más pequeña que la otra. Y piensa consternada que, con
todo lo que ha ahorrado a la Seguridad Social amamantando
a su hijo y protegiéndolo de virus e infecciones, bien
podrían ahora financiarle una reconstrucción del pecho.

martes, 2 de febrero de 2010

Diario de una madre imperfecta


Si este blog os sabe a poco y aún quereis más y más, ya se pueden encontrar mis desvaríos materno-filiales también en formato libro : Diario de una madre imperfecta (Editorial Viceversa).

Por un precio razonable, dos por el precio de uno: Terapia contra la depresión posparto (que, según los casos, puede llegar a durar varios años) Y lectura perfecta para el metro, las noches en vela y las esperas varias (en el pediatra, en el cole, en el abogado del divorcio....)
Abstenerse, no obstante, aquellos que aún no se hayan estrenado en el negocio de la procreación (no quiero que pese sobre mi conciencia el descenso de la natalidad. O el aumento, que cada persona reacciona de una manera...).
Ah, y naturalmente este blog seguirá funcionando. Que siempre hay cosas que contar. ¿ O no?

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