jueves, 28 de enero de 2010

Unos locos suicidas y homicidas

Mi primer recuerdo de infancia es muy nítido: estaba gateando
cuando vi unos agujeritos muy curiosos en los que metí los
dedos sin saber que se trataba de un enchufe. Se ve que, con
la corriente eléctrica que me sacudió de pies a cabeza, para
horror de mis padres que no lograron evitar el incidente,
aquel episodio quedó grabado a fuego en mi memoria a
pesar de mi corta edad. Mis padres dicen que es imposible
que me acuerde porque tenía poco más de un año. Este
hecho y la posterior experiencia con mis hijos me han demostrado
que los niños, en sus primeros años de vida, son
unos locos suicidas —y bajitos, como diría Serrat— que se
abalanzan continua e inconscientemente hacia el peligro. La
alta tasa de supervivencia infantil en nuestra sociedad es una
muestra de la exitosa vigilancia de los padres y demás personas
involucradas en su cuidado. Y vaya si tiene mérito,
porque nuestros enanos desafían la fatalidad varias veces al
día, si no cada hora.
Es cierto que a partir de los dos años, cuando la mayoría
se ha pegado ya unos buenos porrazos, se mitigan los instintos
suicidas. Sí, ya se puede respirar tranquilo y quitarles
el ojo de encima durante un par de segundos. Pero eso sólo
si no se tienen hijos menores, porque de ser así, el suicida
se convierte directamente en homicida. Todo aquél que
tiene más de un hijo sabe que, al menos durante los primeros
meses de vida del bebé, debe dedicar gran parte del
tiempo a protegerlo de sus hermanos mayores. Día y noche.
El bebé tiene que estar siempre bajo vigilancia. No se le
puede dejar solo con sus hermanos mayores bajo ningún
concepto; a no ser, naturalmente, que los hermanos tengan
ya una edad en la que hayan aprendido a ser sensatos. No
digo que quieran hacerle daño conscientemente (que también,
la inocencia infantil es un tópico o una idealización
de nuestra sociedad que habría que revisar), sino que muchas
veces pueden acabar lastimando al bebé llevados por
su mejor voluntad. Como cuando le quieren ajustar el babero,
o limpiarle la boca, o colocarle la cabecita. O cuando
tratan de darle comida. O cuando le tapan la boca para
que deje de llorar. O le meten la mano hasta el gaznate "para ver si le salen ya los dientes".
O le tiran de la silla de un empujón "porque ya quiere empezar a andar".
Las efusiones de cariño también pueden
ser muy peligrosas. Pero, eso sí, no se puede negar que
todos son valiosos estímulos para el bebé. Qué despierta
está la niña, me dice la gente a menudo. ¡Cómo no va a estarlo,
la pobre!

lunes, 25 de enero de 2010

'El mío más'

Quedar con gente que no tiene hijos supone un esfuerzo desmedido
para los sufridos padres entregados a la crianza. Por
eso tienden a agruparse con sus semejantes, es decir, con
aquellas personas machacadas por las noches en vela, el acarreo
de kilos en movimiento, que no han pisado un cine como
poco en meses, cuyos problemas de concentración son tan
severos como escasos sus temas de conversación y que están
por debajo de la media nacional y mundial en la frecuencia
de las relaciones sexuales. Desde que uno tiene hijos, se intensifican
las actividades con los amigos que se han estrenado
también en la progenitura. De esta manera, uno se siente
comprendido y acompañado en su cansancio, no necesita
hacer tantos esfuerzos para mantener una conversación
como con los amigos solteros o sin hijos y las criaturas se entretienen
entre ellas, aunque sea dándose porrazos. Huelga
decir que la mayoría de las veces los adultos no logran cruzar
más de dos frases seguidas. Si quedas con una amiga y sus
hijos en el parque para hacer más llevadera esa cita diaria
tan soporífera como insoslayable, al cabo de tres horas juntos
no habrás logrado enterarte de qué nueva oferta de trabajo
le han hecho, de qué han operado a su padre y menos aún
de por qué se ha enfadado con su marido.
—Y entonces ¿qué le pasó a…?
—Pues resulta que… ¡Uy!, espera un segundo. ¡Que sueltes
esa colilla! ¡Pero no te quites los zapatos! Perdona, ¿qué
me decías?
—No, nada, te preguntaba por tu padre.
—Pues fíjate, el pobre, al mes de la operación de cadera,
le encontraron…
—¡Ay!, que se te va a tirar del columpio. ¡Espera! ¡Ya voy!
Al poco rato, las amigas desistirán de tratar de mantener
una conversación normal y se centrarán en los niños.
—Mira, ya juegan juntos sin pegarse.
—Bueno, a ver cuánto duran. ¡Que le dejes la pala a tu
amigo!
—¡No le tires arena a los ojos!
Y aunque no logren hilar dos frases coherentes seguidas
ni contarse nada la una a la otra, al menos se sentirán acompañadas,
que ya es mucho. No obstante, este tipo de encuentros,
ya sea con amigos de toda la vida o con meros
co nocidos, tienen un riesgo tremendo al que no hay que ser
ajeno: las comparaciones del desarrollo y de las habilidades
y destrezas de las criaturas. «Qué crecido está el tuyo para
tres meses, aunque está flaquito». «Qué gordito, ¿cuánto
pesa? Fíjate, pues el mío con cuatro meses ya pasaba de siete
kilos, y me decía el pediatra que porque estaba muy grande,
que si no sería obeso». En estas conversaciones dan mucho
juego los percentiles, que más que una referencia pediátrica
se diría que son un concepto creado para los padres, que de
esta manera tienen una base científica para dar rienda suelta
a su orgullo. ¡Ay del padre o madre que no los domine!, porque
lo mirarán como un perro verde o un padre desalmado.
También están las comparaciones alimentarias (del tipo: «El
mío no soporta las verduras, pero come muy bien la fruta»)
y aquéllas que rayan o ahondan directamente en la escatología.
A todos nos ha pasado que hemos quedado con alguna
amistad en el parque y hemos vuelto a casa con todos los detalles
de cómo y cuándo su hijo usó papel higiénico por primera
vez, pero sin saber nada de cómo le va a ella y sin
fijarnos siquiera en que se ha cortado el pelo.

martes, 19 de enero de 2010

¿Cómo hace el hurón?

Consejo para padres primerizos o, mejor aún, para aquellos
que ahora estén pensando o planeando estrenarse como padres:
repasad vuestros conocimientos de zoología. No cometáis
el error de tener hijos sin haberos familiarizado con el
mundo animal. Y me refiero a todos los animales, empezando
por los domésticos y todos aquellos que viven en granjas.
Necesitaréis conocer sus hábitos, su entorno natural, sus
alimentos favoritos, su carácter, si son traviesos o tranquilos,
si agreden por naturaleza o sólo cuando se sienten amenazados,
su utilidad, el nombre de su pareja o el de sus hijos,
en el caso de que fuera diferente. Y lo más importante de
todo: el ruido que emiten. Debéis saber cuál es ese sonido, y
ser capaces de reproducirlo con fidelidad. En una escena
tronchante de la película italiana Caro diario aparecía la llamada
«isla de los hijos únicos», donde los niños, convertidos
en verdaderos tiranos, exigían al pobre incauto que llamaba
por teléfono que imitara uno tras otro el sonido de diferentes
animales antes de dignarse a pasarlo con sus padres. Esto,
visto en el cine, parece muy gracioso, pero es real como la
vida misma. Todo padre o madre lo sabe.
Pero no creáis que os bastará con vacas, caballos, gallinas
y patos (¡ay, los patos!, nunca un adulto se imagina antes de
tener hijos el tiempo que va a dedicar a imitar, dibujar o cantar
canciones sobre patos). No, ni muchísimo menos. Conocer
los bichos domésticos es imprescindible pero insuficiente,
porque existe una variedad enorme de animales salvajes y
fieras con los que también hay que familiarizarse. Lo ideal
sería un safari, una visita al zoo o un documental, ya que es
fundamental verlos en acción para ser capaz luego de imitar,
por ejemplo, a un gorila o a una serpiente pitón. Y, naturalmente,
también tendréis que saber dibujarlos con un mínimo
de destreza para que la jirafa no se os convierta en un perro
narigudo con el cuello un poco largo, como me ocurrió a mí
hace poco.

jueves, 14 de enero de 2010

¿Donde presento mi dimisión?

Hagamos un ejercicio de honestidad, dejemos a un lado por
un segundo hipocresías y apariencias y, con la mano en el
corazón, reconozcamos una verdad como un templo: no
hay padre o madre que no haya/hayamos deseado en alguna
ocasión perder de vista a los hijos. Y si me apuras, incluso
salir corriendo en momentos de especial
desesperación. Sin duda se trata de un impulso irracional,
cuyo origen está ligado, probablemente, al instinto de supervivencia
en determinados momentos de crisis y que no
te llevará a ninguna parte ni te hará abandonar a tus hijos;
al fin y al cabo, como mamíferos que somos, el instinto de
protección a la cría es casi más poderoso que el propio instinto
de supervivencia, y esto es algo que los científicos han
demostrado. Pero te quedas con las ganas. Aunque fuera
por un rato. este sentimiento (acompañado en ocasiones,
no siempre, de una ligera sensación de culpa) aparece, por
ejemplo, momentos después de que te haya llamado una de
tus mejores amigas en tu vida anterior, que sigue soltera y
acaba de ligarse a un tío estupendo que la tiene en palmitas
y con el que acaba de hacer un viaje de ensueño a estambul.
Te lo ha contado con todo detalle por teléfono (hace
más de dos meses que no os veis), y tú, que no has pisado
suelo turco y llevas varios años sin hacer un viaje en condi-
ciones, cuelgas el teléfono pensando: «Total, Estambul siempre
estará ahí». Pero dentro se te queda cierto resquemor,
y sigues discutiendo con tu hijo mayor para que termine de
hacer los deberes de una vez, sin llorar y sin rechistar, momento
de distracción que el mediano aprovecha ladinamente
para encaramarse a un taburete, abrir el frigorífico
y hacerse con un yogur de fresa que casualmente estaba detrás
de una docena de huevos; ni un huevo entero ha quedado,
todos hechos añicos en el suelo. Y encima sonríe
triunfante con su yogur en la mano, que parece que hasta
esté orgulloso de la que ha organizado. Justo en ese momento
se despierta la niña y, por los gritos que da, se diría
que la están matando. «¡Que ha vomitado y se ha manchado
entera, y además me parece que se ha hecho caca
mientras dormía la siesta!», te avisa con todo lujo de detalles
tu hijo mayor, que es capaz de cualquier cosa con tal de no
terminar los deberes. dejas la fregona y la bayeta que acabas
de agarrar y corres a ver a la niña, y por el pasillo te da
tiempo de pensar: «con lo bien que estaría yo en estambul.
¡Quién me mandaría a mí meterme en este lío!».
Y si en ese momento apareciera una abuela benefactora
o el padre de las criaturas, que encima hoy avisó que llegaba
más tarde del trabajo —y que mañana se va de viaje de negocios
y está más contento que si se fuera de vacaciones al
caribe—, o incluso una trabajadora social enviada por el
ayuntamiento, te marcharías encantada sin los niños. Aunque
sólo fuera una noche. Hay momentos en que necesitas
poner tierra de por medio. Presentar la dimisión, siquiera
por unos días. Perderlos de vista un momento para luego seguir
queriéndolos más y mejor.

domingo, 10 de enero de 2010

Misterios y paradojas materno-filiales

- Indudablemente, cuando más ricos están los niños es cuando duermen. ¿Para eso tenías tantas ganas de ser madre? ¿Para verlos dormidos?
- Cuando duermen, los ves tan ricos y tan tranquilitos que te dan ganas de despertarlos para jugar con ellos.
- Cuando estás con ellos —y están despiertos y bien despiertos—, piensas en todo lo que tendrías que hacer y no puedes, y cuando logras librarte de ellos un rato, los echas de menos y desearías estar a su lado.
- Siempre te dan ganas de tener otro. No importa cuántos tengas ya, ni el cansancio que acumules. Siempre habrá un momento de debilidad en el que se te pasará por la cabeza la idea de uno más.
- Al tener el segundo hijo ocurre un curioso fenómeno físico que todo el mundo experimenta y que sería interesante estudiar, y que, en caso de que alguien le encontrara una explicación lógica, bastaría para hacerse merecedor de un Nobel o un Premio Príncipe de Asturias, como poco. ¿Por qué el caos y el jaleo en el hogar no se multiplica por dos, ni siquiera por tres ni por cuatro sino al menos por cinco?
- ¿Por qué el desarrollo físico (andar, saltar, lanzar objetos…) se produce antes que el intelectual? De esta manera, un niño con año y medio es un loco suicida que sólo sabe ponerse en peligro.
- ¿Por qué con los hijos pequeños se habla en tercera persona? «Mamá no va a querer más a Pablito si se sigue portando así.» «No se le grita a papá.» «Mamá está muy enfadada.» ¿Es para reforzar la autoridad? ¿Para recordarnos a nosotros mismos que somos padres de esas personitas? ¿Para distanciarnos de nuestro otro yo?

Si alguien tiene respuesta a estas incógnitas, por favor que se ponga en contacto con el administrador de este blog y procederemos a presentar su candidatura a algún premio de renombre.

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