miércoles, 16 de junio de 2010

Tarde de juegos

Como no hay mal que cien años dure (aunque esto no parece aplicarse al mal tiempo que sigue castigándonos...) se me ha pasado ya la migraña y ha regresado el padre de las criaturas (claro, que con el mundial de futbol de por medio.... ejem, mejor callo que me busco la ruina dentro y fuera de casa). Y además ahora ya tenemos jornada continua de verano, así que tendré muchísimo más tiempo para dedicarme a cosas propias y ajenas. A ver alguna película. Y volveré a leer libros. Y a pasear. Y a ver a mis amigas. Y a ir de compras. Y a hacer deporte, que falta me hace darle a las abdominales para mitigar los estragos de los embarazos. Con un poco de suerte hasta lograré pintarme las uñas para cuando termine esta tercera glaciación y pueda ponerme sandalias. Lo de recuperar la vida de pareja va a tener que esperar hasta después del Mundial. Y también, sí, también podré dedicarle mucho más tiempo a los cachorros. Y tiempo de ese que llaman de calidad, porque qué mal me caigo a mi misma cuando estoy de mal humor y no hago más que reñirles. Así que ayer, que era la primera tarde que tenía por delante decidí consagrarla enterita a jugar con los dos pequeños -el mayor estaba con un amigo- . Sin responsabilidades. Sin recoger. Sin deberes. Sin riñas. Casi como si yo no fuera la mamá. Como si no hubiera adultos presentes, que cuidado que somos aburridos e insoportables los adultos cuando ejercemos de tales. Decidí ponerme a su altura. En sentido literal y figurado. Me eché al suelo, para ver las cosas como ellos. A 40 cm. del suelo. Vacié la caja de los juguetes de la niña y les dejé que eligieran. La niña se tiró a por las piezas de encajar y se puso muy aplicadita a colocarlas, con un empeño y una determinación que nunca pensé podría tener una personita de poco más de un año. Y el otro, liberado de la presión de pretender ser muy mayor y muy grande que siente cuando está delante su hermano y sólo juegan a superhéroes y con chismes de esos tan feos y de nombres incomprensibles (pokemon, vakugan, gogos...), se lanzó emocionado a por dos peluches regordetes.
"Yo soy la mariquita y tú la abejita", me dijo. "Y vamos a volar".

Y ahí estuvimos nos é cuanto tiempo volando, nadando, montando en coche, barco y tren, la mariquita y la abejita, mientras la niña trataba de organizarse un mundo a su medida con las piezas de madera, hasta que llegó el padre de las criaturas y nos sacó de nuestro mundo mágico y paralelo. A los tres.

6 comentarios:

  1. que agradable es ponerse a cuarenta centimetros del suelo a jugar con y como ellos!

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  2. Me encanta poder tener tiempo, de vez en cuando, para transportarme junto a ellos a la infancia, pero.....¡ocurre en tan pocas ocasiones! Se echa de menos...

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  3. ¡Qué actitud tan buena! Si nos propusiésemos de vez en cuando hacer algo parecido y tirarnos a suelo a jugar con ellos dejando a un lado el chip de adultos sería fantástico. Habrá que buscar tiempo para conseguirlo porque seguro que supone muchos beneficios.

    Un saludo,
    Mainada

    http://www.miexperienciaenmainada.com

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  4. qué suerte mimetizarte con ellos así, no es fácil ponerse a la altura de un niño tan pequeño!!!

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  5. Yo tambien me caigo mal cuando tengo que reñirle, y a veces tambien intento dejar de lado el orden, la limpieza, y jugar por toda la casa a pasear los triangulos verdes y los cubos rojos!!!
    Y la ilusion que les hace!
    No tiene precio!

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  6. Este me ha gustado mucho, me ha parecido muy entrañable....

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