miércoles 17 de febrero de 2010
Las 8,25 de la mañana
Leo en un informe publicado no sé dónde (en mi manera de leer dispersa y a toda velocidad me cuesta retener más de un concepto) que el momento de más stress en la jornada de una madre trabajadora son las 8,25 de la mañana. Imagino que en cada familia, según su diversa dinámica matutina, se producirá a una hora diferente, antes o después, según si hay que llevar a los niños en coche al cole, si hay que llevarlos a coles diferentes.... Pero en mi caso concreto coincide exactamente: el momento de más agobio del día son las 8,25. Exactamente. Ni un minuto antes ni uno después. A las 8,25. Si existiera un medidor de stress a esa hora marcaría un pico importante. O más incluso, se dispararía y reventaría. A las 8,29 tenemos que salir de casa si queremos llegar a tiempo al cole (tardamos siete minutos a pie, hemos optado por vivir cerca del cole porque si tuviera que ponerme a atar niños en las sillas del coche por la mañana a toda prisa y enfrentarme al tráfico con los niños gritando atrás creo que me daría algo, cada uno/una tiene que saber dónde está su límite tolerable de stress y qué situaciones la ponen en el disparador). Eso significa que a las 8,25 los niños deben ya haber terminado de desayunar, y estar casi terminados de lavar y vestir, con sus meriendas preparadas, listas para que las metan en las mochilas. Esa sería la situación ideal, para evitar justamente el agobio de las 8,25. Pero la vida diaria supera al mejor de los organizadores, y, por muy pronto que les haya levantado, por lo general a las 8,25 aún les queda la mitad del desayuno por terminar, con mucha frecuencia siguen en pijama, y uno de cada dos días ni siquiera tienen preparada la ropa que han de llevar (¿cuantas pero cuantas veces me prometo a mí misma que todas las noches les prepararé la ropa o se la haré preparar a su padre?). Y entonces me toca preparar las meriendas a toda velocidad (bocadillos que unto acelerada y amorosamente cada mañana, porque eso sí, mis niños no llevan nunca meriendas industriales), al mismo tiempo que le voy metiendo cucharadas de desayuno al pequeño, y le grito al mayor para que se ponga las deportivas él solito. Visto al pequeño que sigue con la boca llena, le lavo los morretes de chocolate con una mano y lo peino con la otra, mientras el padre de las criaturas le ata las zapatillas al mayor, porque con prisa no logra, que necesita casi diez minutos para hacer la lazada. Poniéndome el abrigo meto las meriendas en sus respectivas mochilas, y al pasar delante del baño me peino con la mano, metiéndoles prisa a gritos a los dos -sintiéndome un sargento durante unos ejercicios militares, hasta tono castrense se me está poniendo, qué manía me tengo en estos momentos, por dios- para que se pongan ya los abrigos. Y llamo al ascensor cuando son las 8,29 pasadas. Cuando se cierra la puerta del ascensor, con los dos niños desayunados, vestidos, casi peinados, a veces hasta perfumados y con la merienda en la mochila -salvo contadas ocasiones de stress agudo-, respiro aliviada con una satisfactoria sensación de 'misión cumplida un día más'. Y casi ni me importa darme cuenta de que una vez más salgo sin maquillar, sin pendientes, sin revisar lo que llevo en el bolso, y sin bufanda. Me conformo con salir vestida, y hasta desayunada. Y con mis chicos preparados.
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