Empezar la lactancia tiene fecha fija: una da a luz y al poco rato le colocan a la criatura a la teta. ¿Pero cuando y cómo se termina la lactancia? Sobre eso hay menos escrito. Y no es tampoco un camino de rosas.
Cuarto mes. La madre lactante, a punto ya de incorporarse
al trabajo, confiesa a quien quiera escucharla que, a pesar
del sueño fragmentado, el agotamiento y las manchas de
leche, sufre de pensar que dentro de poco tendrá que dejar
de dar el pecho a su retoño. Ahora resulta que le duele romper
ese vínculo único con el bebé, porque nada la enternece
más que contemplar a la criaturita dormida en su pecho, borracha
de satisfacción con la panza llena.
Quinto mes. Para tratar de prolongar la lactancia y proporcionar
a la criatura toda la leche materna posible empieza a sacarse
leche de forma casi industrial con un artefacto eléctrico que
le han prestado y a congelarla en un juego de bolsitas que
venden ad hoc (y que deberían venir —desde aquí lanzo una
sugerencia a los fabricantes—, con etiquetas personalizables
para identificar y certificar la leche materna: Central Lechera
Claudia, por ejemplo). Aprovechará cualquier retraso en la
toma de la criatura para ordeñarse. En alguna ocasión incluso
lo hará de madrugada, cuando el bebé haya empezado
a saltarse alguna toma nocturna y ella tenga el pecho que le
revienta. Llegará incluso a ponerse el despertador a las cuatro
de la mañana para levantarse y hacerlo. También se llevará
el sacaleches al trabajo; pero pronto se dará cuenta de que
no hay nada más humillante que sentarse en la taza del
váter con ese artefacto —que debería estar, si es que no lo
está ya, prohibido por la Convención de Ginebra contra la
Tortura—, que además hace un ruidito irritante difícil de camuflar.
A los pocos días abandonará, extenuada, la producción
de leche en serie y limitará la lactancia al desayuno y la cena.
Séptimo mes. Ante la salida del primer diente y el ansia carnívora
de la criatura, que la ha llevado a estrenar su minúscula
dentadura en la teta materna, la madre lactante decide dar
por terminada la lactancia con sentimientos encontrados.
Pena por una parte, pero también un enorme alivio.
Octavo mes. La madre ex lactante descubre con desolación
que no sólo no ha quedado nada del esplendor mamario de la lactancia, sino que sus antiguas ubres han quedado
reducidas a pingajos asimétricos, pues una de ellas es incluso
más pequeña que la otra. Y piensa consternada que, con
todo lo que ha ahorrado a la Seguridad Social amamantando
a su hijo y protegiéndolo de virus e infecciones, bien
podrían ahora financiarle una reconstrucción del pecho.
lunes 8 de febrero de 2010
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