Mi primer recuerdo de infancia es muy nítido: estaba gateando
cuando vi unos agujeritos muy curiosos en los que metí los
dedos sin saber que se trataba de un enchufe. Se ve que, con
la corriente eléctrica que me sacudió de pies a cabeza, para
horror de mis padres que no lograron evitar el incidente,
aquel episodio quedó grabado a fuego en mi memoria a
pesar de mi corta edad. Mis padres dicen que es imposible
que me acuerde porque tenía poco más de un año. Este
hecho y la posterior experiencia con mis hijos me han demostrado
que los niños, en sus primeros años de vida, son
unos locos suicidas —y bajitos, como diría Serrat— que se
abalanzan continua e inconscientemente hacia el peligro. La
alta tasa de supervivencia infantil en nuestra sociedad es una
muestra de la exitosa vigilancia de los padres y demás personas
involucradas en su cuidado. Y vaya si tiene mérito,
porque nuestros enanos desafían la fatalidad varias veces al
día, si no cada hora.
Es cierto que a partir de los dos años, cuando la mayoría
se ha pegado ya unos buenos porrazos, se mitigan los instintos
suicidas. Sí, ya se puede respirar tranquilo y quitarles
el ojo de encima durante un par de segundos. Pero eso sólo
si no se tienen hijos menores, porque de ser así, el suicida
se convierte directamente en homicida. Todo aquél que
tiene más de un hijo sabe que, al menos durante los primeros
meses de vida del bebé, debe dedicar gran parte del
tiempo a protegerlo de sus hermanos mayores. Día y noche.
El bebé tiene que estar siempre bajo vigilancia. No se le
puede dejar solo con sus hermanos mayores bajo ningún
concepto; a no ser, naturalmente, que los hermanos tengan
ya una edad en la que hayan aprendido a ser sensatos. No
digo que quieran hacerle daño conscientemente (que también,
la inocencia infantil es un tópico o una idealización
de nuestra sociedad que habría que revisar), sino que muchas
veces pueden acabar lastimando al bebé llevados por
su mejor voluntad. Como cuando le quieren ajustar el babero,
o limpiarle la boca, o colocarle la cabecita. O cuando
tratan de darle comida. O cuando le tapan la boca para
que deje de llorar. O le meten la mano hasta el gaznate "para ver si le salen ya los dientes".
O le tiran de la silla de un empujón "porque ya quiere empezar a andar".
Las efusiones de cariño también pueden
ser muy peligrosas. Pero, eso sí, no se puede negar que
todos son valiosos estímulos para el bebé. Qué despierta
está la niña, me dice la gente a menudo. ¡Cómo no va a estarlo,
la pobre!
jueves 28 de enero de 2010
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