Hagamos un ejercicio de honestidad, dejemos a un lado por
un segundo hipocresías y apariencias y, con la mano en el
corazón, reconozcamos una verdad como un templo: no
hay padre o madre que no haya/hayamos deseado en alguna
ocasión perder de vista a los hijos. Y si me apuras, incluso
salir corriendo en momentos de especial
desesperación. Sin duda se trata de un impulso irracional,
cuyo origen está ligado, probablemente, al instinto de supervivencia
en determinados momentos de crisis y que no
te llevará a ninguna parte ni te hará abandonar a tus hijos;
al fin y al cabo, como mamíferos que somos, el instinto de
protección a la cría es casi más poderoso que el propio instinto
de supervivencia, y esto es algo que los científicos han
demostrado. Pero te quedas con las ganas. Aunque fuera
por un rato. este sentimiento (acompañado en ocasiones,
no siempre, de una ligera sensación de culpa) aparece, por
ejemplo, momentos después de que te haya llamado una de
tus mejores amigas en tu vida anterior, que sigue soltera y
acaba de ligarse a un tío estupendo que la tiene en palmitas
y con el que acaba de hacer un viaje de ensueño a estambul.
Te lo ha contado con todo detalle por teléfono (hace
más de dos meses que no os veis), y tú, que no has pisado
suelo turco y llevas varios años sin hacer un viaje en condi-
ciones, cuelgas el teléfono pensando: «Total, Estambul siempre
estará ahí». Pero dentro se te queda cierto resquemor,
y sigues discutiendo con tu hijo mayor para que termine de
hacer los deberes de una vez, sin llorar y sin rechistar, momento
de distracción que el mediano aprovecha ladinamente
para encaramarse a un taburete, abrir el frigorífico
y hacerse con un yogur de fresa que casualmente estaba detrás
de una docena de huevos; ni un huevo entero ha quedado,
todos hechos añicos en el suelo. Y encima sonríe
triunfante con su yogur en la mano, que parece que hasta
esté orgulloso de la que ha organizado. Justo en ese momento
se despierta la niña y, por los gritos que da, se diría
que la están matando. «¡Que ha vomitado y se ha manchado
entera, y además me parece que se ha hecho caca
mientras dormía la siesta!», te avisa con todo lujo de detalles
tu hijo mayor, que es capaz de cualquier cosa con tal de no
terminar los deberes. dejas la fregona y la bayeta que acabas
de agarrar y corres a ver a la niña, y por el pasillo te da
tiempo de pensar: «con lo bien que estaría yo en estambul.
¡Quién me mandaría a mí meterme en este lío!».
Y si en ese momento apareciera una abuela benefactora
o el padre de las criaturas, que encima hoy avisó que llegaba
más tarde del trabajo —y que mañana se va de viaje de negocios
y está más contento que si se fuera de vacaciones al
caribe—, o incluso una trabajadora social enviada por el
ayuntamiento, te marcharías encantada sin los niños. Aunque
sólo fuera una noche. Hay momentos en que necesitas
poner tierra de por medio. Presentar la dimisión, siquiera
por unos días. Perderlos de vista un momento para luego seguir
queriéndolos más y mejor.
jueves 14 de enero de 2010
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