lunes, 30 de noviembre de 2009

¿Mamá no tiene pito?'

Una amiga que tiene un hijo de dos años y medio me contó hace poco que había ido a comprarse un libro en el que se explicaba cómo hablarle a los niños pequeños de las partes sexuales, los diferentes nombres que había que darles. Y me preguntaba cómo se lo habíamos nosotros explicado a los n uestros. Yo me quedé perpleja y no supe qué responderle. La verdad que me sorprendió que existiera un libro tan específico y más aún que insistiera en la necesidad de llamar a las cosas por su nombre: al pene, pene, a la vulva, vulva. Me pareció un poco exagerado, pero me guardé muy mucho de decírselo a mi amiga. Haciendo memoria creo que nunca surgió el tema con el mayor, al menos no para necesitar un libro donde me explicaran los nombres. Sí recuerdo que atravesó una etapa de mucho interés por los órganos sexuales masculinos, aprovechando esa facilidad de los niños para meterse en cualquier parte, observaba a los mayores hacer pis, y llegó incluso a coger el hábito de hacer comparaciones del tipo “el pito tuyo es más pequeño que el de…”, costumbre que cortamos de raíz por las situaciones tan embarazosas en las que iba a meternos. Pero lo que es preguntar por los nombres de los órganos sexuales, pues nunca surgió. ¿Tendrá mi hijo primogénito una laguna irreparable en su educación sexual? ¿Debería sacar yo el tema y contárselo?
El caso es que a los pocos días, cuando ya casi se me había olvidado el tema, el otro enano -tres tiernos añitos- al que había puesto a jugar con construcciones en el baño para que estuviera entretenido mientras yo me duchaba, se me quedó mirando con cara de sorpresa cuando me secaba y me preguntó: “¿Mamá no tiene pito? “¿Y qué tiene?” “¿No tiene nada? ¿Puedo ver?”. Me quedé perpleja y en cuanto tenga un segundo libre voy a llamar a mi amiga, que seguro que se ha estudiado ya todo el libro y lo ha puesto en práctica con su hijo, para que me diga qué tengo que responderle.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Prototipo de noche

Resumen de una noche cualquiera (de diario o de fin de semana, no hay distinción):
21.30 Momento de gloria: los tres cachorrillos se han quedado por fin dormidos: los niños después de varios cuentos primero contados -hoy, por su padre- y luego, ante su insaciable voracidad por las historias, leidos por ellos mismos - bien es cierto que leer leer sólo lee el mayor, pero el otro lo imita estupendamente- y la niña tras un biberón bien relleno de cereales -con la esperanza de que los hidratos de carbono le produzcan un sopor prolongado-. El padre y la madre de las criaturas -servidora- se disponen a ver un capítulo de su serie favorita. Hace tanto que vieron el anterior que ni se acuerdan qué era lo último que había ocurrido.
21.50. El mediano, que en realidad no estaba dormido todavía, irrumpe en el salón golpeando la pared con su chupete y preguntando si sale Pocoyo en la tele. El padre interrumpe la serie, le explica que Pocoyo se ha ido a dormir hace mucho rato y le lleva a su cama a la fuerza. Para lograr que se duerma tiene que volverle a contar la historia del mapache que se fue a recorre mundo.
22.10. La niña se pone a gritar como si de repente su cuna (cómoda, acogedora, con un edredón ligero y amoroso de nubes y estrellitas rosas, que no da mucho calor pero tampoco deja que se enfríe) se hubiera convertido en la cama de pinchos de un fakir. La madre se levanta presurosa, mientras el padre, que aún no ha logrado meterse en la serie, vuelve a oprimir el botón de pausa. Como ve que la cosa va para rato, agarra el periódico.
22. 45 Los agotados padres de las adorables criaturas dormidas logran terminar de ver el capítulo pero no se han enterado muy bien de lo sucedido -las tramas de las series son sin duda cada vez más complejas y enrevesadas- y deciden el próximo día ver de nuevo el anterior, o quizá sería mejor empezar desde el inicio de la temporada. Se lavan los dientes a toda prisa, la madre se desmaquilla mal y sin ganas, pasa de nuevo de embadurnarse con crema antiarrugas y se va a la cama corriendo para dormirse aprovechando la calma chicha.
23. 57. El sueño profundo y pesado de los padres se ve roto -justamente en esa fase crucial en la que el cuerpo se repone del desgaste del día y el cerebro acumula el conocimiento y organiza la memoria- por el alarido de la niña. Sin saber quién es, ni qué ocurre ni dónde está la madre enciende la luz, tirando la lámpara al suelo de un manotazo, y se abalanza hacia la cuna. No logra que se calme, así que la coge en brazos, aunque como está tan dormida a punto está de darle un golpe contra los barrotes de la cuna. Se la pasa al padre, que tampoco recuerda quién es y casi ni reconoce a esa criatura desconsolada, para que pruebe suerte. Sin éxito. La madre realiza las comprobaciones de rutina: no tiene fiebre, no le está saliendo -al menos visiblemente- todavía ningun diente, no le ha picado ningún bicho, no se ha dado ningún golpe. Ante la imposibilidad de calmarla, como no usa chupete, la madre se la enchufa a la teta y al cabo de pocos minutos la niña se queda dormida.
02.41. El mayor llama ansioso a su mamá (¿por qué será que por lo general la primera palabra que les viene a la boca siempre es 'mamá' y no 'papá'?). Tiene miedo de caerse por un precipicio. La madre, que se siente como si verdaderamente se hubiera caido de un precipicio, se levanta sigilosamente para no despertar a la niña que seguía empotrada contra su teta y le convence de que no hay ningún precipicio cercano, menos aún a estas horas.
02.45. Como no se le pasa el miedo la madre le deja encendida la luz del baño para ver si se calma. Al regresar a la cama y tratar de agazaparse en el espacio minúsculo que le han dejado el padre y la criaturilla lactante casi se cae de espaldas al suelo. Ese era el precipicio.
04.23. El mediano llora porque ha perdido el chupete. El padre se levanta maldiciendo y jurando que va a atar de una vez por todas el dichoso artefacto a la pata de la cama con un candado para no pasarse medio día y media noche buscándolo. Por fin lo encuentra encajado en el radiador.
04.28. Los gritos de su hermano han despertado a la niña, que tiene el sueño muy ligero. El despertarse a estas horas se ve que le da hambre y la madre -convertida en un chupete de carne- sin dudarlo se la enchufa de nuevo al pecho.
06.03 El mayor pregunta a voz en grito si falta mucho para que se haga de día. La madre, pensando que quizá sería mejor que los niños durmieran al otro lado de la casa en vez de al lado de su dormitorio, le responde que mucho.
06.07. El mediano, que desde que empezó el cole tiene terrores nocturnos, chilla en sueños que no quiere aprender a nadar.
06.15 El mayor aprovecha el barullo para decir que quiere ir a hacer pis, que por favor le acompañe alguien porque el pasillo esta muy oscuro, y que quiere desayunar porque tiene muchíiiiisima hambre.
06.20 Ante la imposibilidad de volver a dormirse, el padre se levanta y comienza a afeitarse, con el riesgo de rebanarse la yugular. La madre, con la niña enchufada de nuevo a la teta, se pone a hacer mentalmente la lista de la compra y de las comidas y cenas de los próximos días.
07.00 Afeitados y con la lista de la compra hecha, los padres de las adorables criaturas se disponen a afrontar un nuevo día con el mejor humor posible, con el cuerpo sin haberse repuesto del desgaste del día anterior y sin que el cerebro haya asimilado nuevos conocimientos ni fijado la memoria. Pero ya están acostumbrados. ¿O no?

lunes, 16 de noviembre de 2009

El poder adictivo de los bebés

Por mucho que lloren o poco que duerman hay que reconocer que los bebés tienen algo que los hace completamente adictivos, algo que te hace perder la cabeza de tal manera que en cuanto tu bebé deja de serlo (algo que va ocurriendo gradualmente) te hace desear otro y otro… Y hasta incluso en algún momento se te pasa por la cabeza, y así se lo comentas incluso a tu pareja, que sería maravilloso tener siempre un bebé en casa. Aunque no te deje dormir, ni comer, ni vivir... (y tu pareja te mirará probablemente como si te hubieras demenciado).
Y mientras miras a esa bolita que por fin ha dejado de llorar y que por una vez duerme enroscada en su cuna respirando plácidamente ajena al mundo, te pones a pensar ¿Qué tienen los bebés para que los adoremos tanto? Puede que sean esos deditos de los pies, diminutos como bolitas de carnes pero completamente perfectos, con todas y cada una de sus falanges, con sus uñitas tan minúsculas que casi es imposible cortárselas. O esa pelusilla que les recubre las orejitas, los hombros y hasta la frente. O la manera en que se restriegan los ojos con el puño, o en que se enroscan como si estuvieran todavía en el útero, o en que se meten las dos manos en la boca. O su respiración entrecortada. O ese olor dulzón a leche, qué decir que no se haya dicho ya del olor de los bebés. O la piel aterciopelada. O la mueca que hacen dormidos, que parece una sonrisa pero no lo es, y que más da que no lo sea si es tan lindo que sonrían cuando sueñan, que tú siempre piensas que quizá esté soñando contigo. O el cuello doblado al dormirse en la sillita. O el instinto puramente animal con el que buscan el pezón de la madre, y la forma en que se aplastan la cara contra el pecho, que parece que se fueran a asfixiar. O la sonrisa desdentada. O los pliegues en las piernas. O ese sentarse como un tentetieso, cayéndose hacia los lados. O la indefensión absoluta con la que se enfrentan al mundo. O su vulnerabilidad. No sé bien qué. Pero algo tienen que tener para que se deseen tanto.
P.S. (Y sí, luego piensas también que sin duda ha llegado el momento de recordarle al padre de las criaturas que pida cita con su urólogo para que le explique las ventajas de la vasectomía).

martes, 10 de noviembre de 2009

Qué viajecito

Llevábamos varias semanas, incluso meses, sin salir de casa. Pero este fin de semana, como era un poco más largo, decidimos vencer la pereza que nos produce el movilizarnos con la prole y marcharnos de puente. Para descansar un poco. Relajarnos y olvidarnos por un par de días del trajín diario. Ja. Para resumir diré que de las dos horas y media que duró el viaje en coche, la niña, que estaba recién comida, recién cambiada, con ropa cómoda, y sin frio ni calor, lloró dos. No, mejor dicho, no fueron lloros exactamente, no, ojalá, sino unos gritos recién estrenados que me hicieron concebir vanas ilusiones de haber traido al mundo una cantante de ópera. O de heavy metal.
Y no hubo ni chupete, ni juguete, ni cántico, ni gracia que le hiciera calmarse. Y para colmo este concierto se produjo cuando estábamos atravesando un páramo en el que no hay ningún sólo lugar donde pararse en 80 kilómetros de autopista (aprovecho desde aquí para lanzar un llamamiento a Iberpistas, la empresa concesionaria, para que estudie la posibilidad de hacer algo al respecto, se trata concretamente de un tramo entre Villacastín hasta unos 40 kilómetros antes de Salamanca. Si alguno de sus responsables tiene dudas sobre la necesidad de habilitar un lugar donde pararse, les invito a acompañarnos en uno de nuestros 'entretenidos' desplazamientos familiares). En varias ocasiones traté de convencer al padre de la criatura para que parara en el arcen, pero era noche cerrada y no parecía una idea muy sensata. Cuando por fin encontramos un lugar señalizado para parar, con la niña ya congestionada y la respiración entrecortada, el padre de las criaturas salió del coche y se echó a andar entre los camiones con una furia tal que por un momento pensé que era la última vez que íbamos a verle y ya imaginé y todo cómo les iba a explicar a sus hijos el día de mañana el momento aquel en que vimos a su padre por última vez en un área de servicio de Ávila en una noche oscura con mucho viento.
De tan agitada que estaba la niña, no había manera humana de calmarla, ni siquiera enchufándola a la teta. Si hubiera habido un motel de carretera de verdad que me habría quedado allí a dormir con toda la proles. Pero no lo había, como tampoco una cafetería donde ir a tomar algo a esperar que la niña se calmara. Nada. Sólo un banco en medio de la estepa. Con el viento gélido que soplaba huracanado no me atreví a salir del coche. Y dentro del coche la niña no lograba calmarse. Así que cuando, contra todo pronóstico, regresó el padre de las criaturas de tomar un poco el aire, continuamos camino jurándonos cada uno que Nunca más. No os digo más que lo primero que hice al llegar a nuestro destino fue ir a la estación de tren a comprar un billete para regresar con la niña. Y ayer nos volvimos ella y yo en tren, estupendamente. Ni se la oyó en todo el trayecto, se dedicó a repartir sonrisas. Sobre todo a los chicos.

martes, 3 de noviembre de 2009

Las cuentas de la maternidad

Durante el permiso de maternidad se hacen muchas cuentas. Muchísimas. Las primeras, para calcular el tiempo que podrás estar con tu criatura recién estrenada. Así empiezas a calcular hasta cuándo puedes estirar esas 16 semanas que nos pagan en este país a las trabajadoras por cuenta ajena para que estemos con nuestros churumbeles. 16, que aunque suene mucho, no corresponde ni a cuatro meses. Si trabajas en una empresa generosa, quizá te den alguna más a partir del tercer hijo. Luego puedes acumular los días de lactancia, que suelen ser unos veintipico, dependiendo de si luego sumas vacaciones o excedencia (en cuyo caso te restarán días de los veintipico de lactancia). Calendario en mano sumas esos días de lactancia, primero sin vacaciones, luego con vacaciones. Decides añadirle todas las vacaciones, pero aún te sigue pareciendo poco y aquí es donde aparece la angustia ante la eventual separación de tu bebé. Y empiezas a darle vueltas a la idea de pedirte algún tiempo de excedencia. Tiemblas por tu trabajo –“con lo mal que está todo, la de gente que están echando, ¿estás segura de que es buena idea?”; te pregunta una amiga- pero más terror te produce la separación de tu bebé. Y no sabes qué te está pasando porque con tu anterior hijo no te produjo tanta angustia el volver a trabajar, que casi lo viviste como una liberación el salir de casa y dejar de escuchar llantos. Pero ahora no. No soportas la idea de dejarlo. Y sigues haciendo cuentas. De estudiarte el calendario, que te sabes de memoria en qué cae cada semana del año, pasas a memorizar el estado de tu cuenta bancaria para saber con exactitud cuáles son tus gastos y el dinero exacto que necesitas para sobrevivir y alimentar a la prole. En función de esto te pedirás algún mes de excedencia. Y fantaseas incluso con la reducción de jornada. Hasta con dejar el trabajo. No te lo puedes permitir, pero aún así echas cuentas. Calculas por cuanto te va a salir el cuidado de la criatura (no tienes familia cerca así que necesitas un presupuesto importante para cuidadora en casa o escuela infantil, en cualquier caso, una pasta). Y no acabas de encontrar la solución. Vuelves a hacer cuentas. Desde el principio. Y no te acaban de cuadrar. Piensas que debería haber otras formas para solucionar este trago, pero no sabes bien cuáles.

P.S. Servidora, después de hacer todas estas cuentas una y otra vez y de acumular todos los días acumulables, se reincorporó ayer al trabajo. Con una pena muy grande, para qué negarlo.

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