miércoles, 21 de octubre de 2009

Nos salió llorona

A los hijos hay que aceptarlos como son. Así que no me queda más remedio que asumir que nuestra deseadísima hija es una llorona. Llora a todas horas. Con un volumen desproporcionado para su cuerpecillo y su corta edad. Probablemente ha tenido cólicos –pero en teoría se pasan a los tres meses, ¿no? - , si no acaba de encontrarse bien en este mundo nuevo al que ha llegado, si hay algo que le molesta o si más bien tiene una imperiosa necesidad de llamar la atención o de comunicarse y entablar contacto humano. Pero llora mucho. Mucho más de lo que un ser humano puede soportar sin desesperarse. Ya la conocen todos los vecinos del edificio donde vivimos, y esto ha proporcionado un nuevo tema de conversación para el ascensor (“hoy parecía que lloraba con menos ganas que ayer”, o “esta madrugada se puso muy nerviosa la pobrecita”, e incluso “le está cambiando el tono al llorar, ahora lo hace como con más sentimiento”) y para el descansillo, porque más de una vez cuando salgo con ella se asoma alguna vecina a ver qué le pasa.
Confieso que a mí pocas cosas me desquician más que el lloro de un bebé. Me pongo nerviosísima. Para tratar de contrarrestarlo –y realizar un mínimo de actividades diarias imprescindibles como vestirme o lavarme los dientes- estoy tratando de desarrollar una técnica de concentración mental para que al menos no me afecten tanto sus berridos. Eso sí, una vez que he comprobado –porque una no es una madre insensible- que la niña está bien, recién comida, recién cambiada, recién echado el airecito, sin frio ni calor y que por lo tanto no tiene ninguna causa objetiva para llorar tanto. Entonces, grite lo que grite, respiro hondo y me repito a mí misma una y otra vez un mantra salvador: “No oigo nada. No oigo nada. No oigo nada..”. Si me concentro mucho a veces logro incluso ignorar su llanto durante unos segundos e ir al baño, e incluso si hago un esfuerzo enorme de concentración y abstracción de mi entorno hasta lavarme los dientes. Pero aún tengo que perfeccionar mucho la técnica, porque por lo general cuando se pone a llorar me ofusco de tal manera al oírla que no logro ni pensar ni hacer nada a derechas. Y es que ni siquiera se calma cuando la cojo en brazos, o si milagrosamente consigo que se me duerma –del agotamiento- se despierta en cuando trato de ponerla en el coche- para, por ejemplo, ir a hacer pis, porque el día menos pensando se me va a perforar la vejiga del tiempo que aguanto sin hacerlo-. Parece que tiene un sensor especial que detecta cuando se la pone en la coche, y segundos antes de que su cabecita apoye sobre el mullido colchón de la sillita ya estalla a llorar como si le estuviéramos cortando una pierna.Si estoy yo sola en casa, no me queda más remedio que vestirla a toda prisa (sin poder ni mirar por la ventana a ver qué tiempo hace y así luego me van diciendo de todo en la calle: “La lleva usted demasiado vestida”. “Se le están quedando los pies fríos”. “Va toda sudada la pobre”), dejarla llorando en su coche unos segundos, lo que se dice unos segundos, y vestirme yo más deprisa todavía. A toooooooda prisa porque a estas alturas la criatura berrea como si la mataran. Si no estás duchada –que por lo general, no lo estás porque aún no te ha dado tiempo-, olvídate de hacerlo, también de pintarte el ojo y de peinarte, como mucho atinas a recogerte el pelo con una goma- si la encuentras a la primera, sino sales con las greñas al natural- y ponerte lo primero que encuentras al abrir el armario, con lo cual lo mismo te calzas unas sandalias y está lloviendo. El otro día salí de casa tan atolondrada que al llegar a la esquina de la calle noté algo suelto que hacía ruido en la cintura: El cinturón y los pantalones que se iban cayendo, y cuando quise agarrarlos los tenía ya por debajo del culo. El día menos pensando salgo a la calle en pijama o con una teta fuera. Aún no me ha ocurrido, pero cuando tuve a a mi primer hijo por la noche me asaltaba una pesadilla recurrente: Que me echaba a las calles medio desnuda. Por algo sería.
Y lo peor es que, cosa insólita en un bebé, con frecuencia ni siquiera se calla en la calle. Sigue llorando, y entonces yo no sé cómo actuar, si como una madre preocupada y responsable que va tratando de calmarla, o hacer como que no pasa nada, que todo está bajo control y pararme incluso a ver escaparates, como si nada turbara mi paz interior. En ambos casos, la gente se me queda mirando, con lástima, o con extrañeza, según el caso. Así que por lo general me hago la esquizofrénica y voy alternando con naturalidad los dos comportamientos, un ratito angustiada y un rato como si nada. Y así voy por la calle, despertado la solidaridad de madres y abuelas, que se me acercan a ofrecerme consejo, porque todo el mundo tiene algo que decir y aconsejar cuando llora un bebé. “Tendrá hambre”. “Tiene calor, destápala un poco”. “Nota la corriente, cúbrela con la mantita”. “Se ve que tiene sueño”. “Tendrá sed, con este calor”… Y yo la cubro, la destapo, la vuelvo a cubrir. La cojo, la tumbo, le pongo el chupete, se lo quito, le ofrezco el biberón con un poquito de infusión, le doy el pecho, le saco el aire, la vuelvo a tumbar, a coger, a ponerle el chupete. Hasta que se duerme agotada. Y vuelvo a casa con la esperanza de que aguante al menos cinco minutos dormida para poder preparar algo de cena. Pero nada más entrar en el portal, cuando aún ni he pulsado el botón para llamar el ascensor, su sensor se activa y recomienza de nuevo con un Guaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa que hace temblar el edificio.

martes, 13 de octubre de 2009

El primer porrazo

No hay padre o madre al que no le haya ocurrido que el bebé se caiga de la cama y se dé un cosco en la cabeza contra el suelo. Suele ocurrir en el momento más tonto, cuando quizás has bajado la guardia para alcanzar un libro, o para terminar de ponerte el pijama, y el enano, al que has dejado en el centro de la cama a casi un metro del borde, aprovecha para catapultarse al vacío. No logras entender cómo lo ha hecho, porque no tiene ni seis meses, y no gatea, prácticamente ni siquiera repta. Pero ha subido las piernas hacia arriba y con el impulso se ha propulsado fuera del colchón. Y el golpe seco de su cabeza contra el suelo te congela la sangre en las venas. Le coges en una fracción de segundo y tratas de calmarlo, pero llora desesperadamente. Al rato aún sigue llorando, a ti te corroe el remordimiento por tu distracción, y te pasan por la cabeza todo tipo de pensamientos atroces sobre las posibles consecuencias de un golpe tan fuerte en la cabeza de un bebé, que aún debe de tener el cráneo blandito, que seguro que aún no se ha acabado de formarse bien, que lo mismo con el golpe hasta se le ha abierto el agujero ese que tienen en la cabeza los recién nacidos y que nunca te acuerdas de cómo se llama. Para tranquilizarte decides llevarlo a urgencias, aunque casi temes que te denuncien por malos tratos. El médico de guardia, con cara de ‘aquí tenemos a otra madre primeriza atacada de los nervios porque en un descuido se le ha caído el niño’, te dice, con una crueldad completamente innecesaria con la que sin duda quiere hacerte pagar el que le hayan levantado de la cama, que le observes con mucha atención y que si notas algún comportamiento extraño o convulsiones (a ti te entran sudores fríos de sólo oír la palabra) lo traigas de nuevo al hospital. Sales de allí torturada por la culpa. Cuando llegas a casa el niño se ha dormido ya, no sabes si de agotamiento o por las secuelas del golpe. No logras pegar ojo, cada cinco minutos te levantas y te acercas a la cuna a ver si respira, que para algo te ha dicho el médico que le observes con atención. Estás tentada de despertarlo para ver si reacciona, no sea que en vez de dormido esté inconsciente, pero te contienes. Le tocas, compruebas que todo está bien, que su respiración es normal, y ni aún así logras dormir. Cuando por fin, de madrugada, el sueño finalmente te vence tienes pesadillas. Por la mañana nada más despertarte corres a comprobar si sigue vivo. Tardarás casi una semana en quitarte el susto del cuerpo y no le volverás a dejar suelto un segundo.

lunes, 5 de octubre de 2009

Engañando al Ratoncito Pérez

La familia entera llevaba varios días vigilando la evolución del diente. Un incisivo central inferior. El primero que se le movía. A casi todos sus amigos se les había caído ya algún diente, incluso a algunos ya varios, mientras que los suyos seguían fijos como si les hubieran puesto cemento. Y no paraba de preguntar cuando se le iban a caer a él, temeroso de que no fuera a ocurrir nunca. Hasta que por fin uno de abajo empezó a moverse un buen día y así estuvo durante casi dos semanas hasta que estuvo ya pendiente de un hilo. Y de repente, su padre durante un paseo por el campo se fijó en que ya el diente no estaba en su lugar.
“Se te ha caído el diente”.
“Noooo”, chilló él, comprobando con la lengua y después con los dedos sucios de tierra que efectivamente el incisivo había desaparecido dejando un hermoso hueco en su lugar, ante lo cual se puso a llorar desconsolado. “Ahora ya no va a venir el Ratoncito Perez, ya no viene!!!!!!!!!!!!!!! “
“Te lo has debido de tragar al comer la manzana”, explicó prosaicamente su padre, logrando sólo que se agudizaran los llantos y los gritos de desesperación.
Ante tal situación, se hizo necesaria una reacción de urgencia. Ahí es cuando se pone a prueba a los padres. “Le podemos escribir una carta al Ratoncito Perez explicándole lo que ha pasado”, dijo la madre sin mucha convicción . “No, eso no va a funcionar, porque a lo mejor el Ratoncito no sabe leer, es mejor buscar una piedra que parezca un diente y ponerla bajo la almohada”, replicó el padre con inaudita rapidez. Al oírlo el desdentado paró de llorar por un segundo y miró a su padre con expectación. La madre pensó si sería acertado enseñar a su hijo a hacer trampas, pero decidió que era una situación especial que requería de medidas especiales, y se puso ella misma a buscar piedras. El desdentado, limpiándose las lágrimas y sorbiendo los mocos, enseguida se unió a la búsqueda, hasta que dieron con un par de ellas que podrían pasar por colmillos. “Como es de noche, el ratoncito no se va a dar cuenta de que es una piedra”, asegúró ya sin ningún remordimiento la madre, que con mucha previsión tenía preparado un flamante album de pegatinas desde que el diente empezó a moverse.
Al llegar a casa eligieron una de las dos y la limpiaron con un cepillo de uñas hasta que quedó reluciente, y procedieron a meterla con cuidado bajo la almohada. Al desdentado le costó aceptar que no hacía falta dejar abierta la ventana de la habitación, porque al fin y al cabo un ratón puede entrar por cualquier parte. Y finalmente logró dormirse, sin meter las manos debajo de la almohada como hace habitualmente, no se fuera a perder el falso diente.
No había salido el sol todavía cuando el desdentado se despertó y lo primero que hizo fue deslizar la mano bajo la almohada para encontrar el anhelado álbum de pegatinas, que enseño a su hermano después de despertarlo sin conmiseración, y luego a sus padres, que sin duda ardían en deseos de saber si el Ratoncito Pérez se había tragado lo de la piedra. “Mirad, el ratoncito se lo creyó!!! Me ha traído un álbum. Mirad que bonito”. A los padres medio dormidos les costó un poco al principio mostrar sorpresa y entusiasmo, pero enseguida concordaron que el album era francamente bonito y que era un suerte que el Ratoncito no se hubiera dado cuenta del eñgaño.
A medida que pasaba el día, la sombra de la duda fue sin embargo apareciendo en la cabeza del desdentado. ¿Y por donde habrá entrado el ratón? ¿Y cómo sabía que se me había caído un diente?¿Y si al hacerse de día se da cuenta de que era una piedra y no un diente? ¿Qué hace con los dientes de los niños el Ratoncito Pérez? ¿Mama, no me habras comprado tú el álbum?
Pero todas las dudas desaparecieron por la noche al comprobar que ya se estaba moviendo otro diente! Y que dentro de poco volvería a venir el Ratoncito Perez, o quien fuera.

Compártelo