jueves, 24 de septiembre de 2009

Hoy toca fruta

Llegó la hora de la fruta. A los cinco meses y medio, casi seis. Había dejado pasar dos semanas después de los recomendados cinco meses por pereza
(supongo que inconscientemente también había algo de resistencia a aceptar que mi bebé crece, se hace mayor, deja de depender exclusivamente de mí para su alimentación, comienza ya a emanciparse y todas esas tonterías que tenemos las madres en la cabeza). La verdad que he estado bastante liada ya con la vuelta al cole como para encima afrontar cambios alimenticios y emocionales (siempre me pasa igual: me horroriza empezar a dar el pecho cuando nace el bebé, y luego no soy capaz de dejarlo…¿Quién nos entiende a las madres?) Como soy consciente de mis limitaciones, me he hecho firme promesa de encarar los retos de uno en uno, en la medida de lo posible, naturalmente. Así que fui dejando la fruta hasta que la pediatra en la revisión de los cinco meses (a la que también he ido con retraso) me dijo con tono recriminatorio: “Mami, hoy empiezas a darle fruta en la merienda” y me puso delante un folio con la receta de la papilla. La mami soy yo y como tengo inculcadísimo el sentido de respeto a la autoridad, nada más llegar a casa me puse a preparar la componenda frutal. La niña estaba ya muerta de hambre, y cuando la cogí en brazos se me lanzó desesperadamente a la teta. Esquivé su embestida y logré meterle la cucharita en la boca con un poco de papilla. Se quedó perpleja. Saboreó incrédula, y me miró con cara de “Mami, ¿pero qué haces? Te has equivocado. ¿Qué me estás dando?”, y siguió relamiéndose. Imaginaos lo que debe de ser probar por primera vez el gusto de la naranja, del plátano, de la pera… Después de toda una vida (aunque sea una vida de cinco meses y medio) alimentándose exclusivamente de leche, es el equivalente a una explosión de protones. Un estallido gustativo en la boca. Un descubrimiento similar al de la pólvora, como poco. Con calma pero sin pausa, en total silencio como si se tratara de un momento solemne, se comió medio plato de papilla, sin escupir nada. A todo esto, yo casi con la lágrima en el ojo de la emoción de pensar que mi hija va a dejar ya de ser un bebé, que ya no depende sólo de mí para comer, que ahora hay que vigilarla mucho para que no se atragante… Hasta que al cabo de un rato apretó los labios y puso cara de que ya había sido suficiente. Debía de estar cansada de relamerse y de hacer el esfuerzo de tragar alimento sólido, creo yo, porque con los bebés todo son especulaciones.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El stress de la vuelta al cole

Yo había pensado siempre que el agobio por la vuelta al cole era un invento de unos grandes almacenes para fomentar el consumo postvacacional. Y estaba convencida de que yo, con mi capacidad de organización y mi soltura , lograría superarlo sin mayores problemas. Sin estress y sin complicaciones, y sin desestabilizar el presupuesto familiar. Pues bien, ahora que acabo de afrontar mi segunda vuelta al cole doble (es decir, con dos escolares) me trago todas mis palabra y casi clamo Socorro!.
Mi hijo mayor lleva varios días persiguiéndome para que le compre material escolar suficiente como para cursar toda la carrera de arquitectura. Cometí el error de ir la primera vez a comprarlo sin él y me ha tocado devolver la mitad y comprarlo de nuevo. Llevo varias tardes también preparando la mochila del otro con todo lo que nos han pedido, que parece más bien que se fuera a la mili.
A esto se añade el cambio de rutina diaria, harían falta domadores para hacer coger el ritmo a dos fieras que llevan todo el verano en estado semisalvaje al aire libre. Ya sé que la teoría dice que los días antes al Día D hay que irlos acostando antes, hacerlos madrugar y comer en un tiempo razonable. Pues por más severos que nos hemos puesto, no lo hemos logrado. Eso sí el primer día de cole, a pesar de que se habían ido a la cama tardísimo, a las siete menos cuarto los tenía en mi habitación, sin vestir, el mediano con el culo al aire, pero con la mochila puesta cada uno. Ese madrugón no ha ayudado tampoco a coger el ritmo porque por la tarde se caían del sueño.
Yo este año tengo suerte porque sigo de permiso de maternidad, y me puedo dedicar a estas labores a tiempo completo. Pero desde luego en el trabajo deberían dar días libres, o sino que alguien me explique cómo se hace para llevar a un niño al cole de 9 a 11, o de 10 a 12, según el caso durante una o dos semanas.
Y no quiero generalizar, nada más lejos de mis intenciones, pero mucho me temo que gran parte del peso de la vuelta al cole recae sobre las madres, que lo vivimos como si volviéramos nosotras mismas a llevar mochilas y babis. Esta es una conversación real mantenida en una casa con dos niños en edad escolar la noche antes del día D:
- "¿Qué haces?", pregunta el padre distraído, periódico en mano, a la madre, que se afana con la aguja.
- "Marcando la ropa con una cinta con su nombre, porque no le cabe el nombre con rotulador", responde la madre, con voz de agobio, pensando en cómo va a ponerle el nombre a los calcetines, porque en el mensaje del cole especifican que TODAS las prendas de recambio han de ir marcadas.
- "Ah, ¿tiene que llevar ya toda la ropa marcada el primer día?"

Y la madre no se molesta siquiera en responder, levanta la mirada sólo un segundo y sigue a toda prisa para terminar antes de que sea muy tarde.

P.S. Prometo tragarme mis palabras y enviar un diploma si algún padre me ofrece pruebas de que ha marcado él mismo con sus propias manitas (aunque sea a rotulador) la ropa de sus hijos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

El drama del primer día

Reconozco que no estaba preparada para esto. El año pasado al entrar en la guardería (perdón, escuela infantil) lloró muchísimo, desconsolada y desesperadamente durante más de un mes. Nos dejamos todos el corazón en aquellas despedidas desgarradoras. Y yo, pobre ingenua, pensaba que con eso ya estaba inmunizado para esta vuelta al cole. Que es además, con sus tres años recién cumplidos, la primera vez en “el cole de los mayores”, es decir, el de su hermano. Y por eso llevaba todo el verano emocionado hablando de que iba a ir al de mayores a jugar al “macesto” (su propia versión del baloncesto, no me preguntéis por qué lo llama así). Así que no tuvimos que hacer mucho para que se entusiasmara con la idea. Más difícil ha sido la preparación física, para que no se haga pis en el calzoncillo, porque este verano ha vuelto a hacérselo encima (algo que no ocurría desde hace meses). Y ya nos lo advirtieron bien a los padres en la reunión: si no controla esfínteres perfectamente, lo mandan a casa. Esa es la obsesión de todos los padres con niños de tres años: el control de los esfínteres. Y ya sé que tienen ya tres años, y que no se les debería escapar, pero por Dios, ¡¡¡tres años!!!, si hace nada que eran bebés… Pero bueno, a ver qué remedio, es el precio de la bendita escolarización. También nos ha tocado insistir en el entrenamiento alimenticio, porque ha empezado a tardar una eternidad en acabarse la comida (sí, él, que devoraba en pocos instantes todo lo que se le ponía delante)y como no espabile nos va a tocar levantarnos a las seis de la mañana para que vaya desayunado. Seguro que todo esto tiene una explicación psicológica, que si siente celos de la hermana, del hermano, que si está sufriendo una regresión, que si echa de menos el espacio perdido, que si experimenta un rechazo a hacerse mayor…. Su razón tendrá, que no lo niego, pero yo sólo sé que hoy me he encontrado el primer día de cole con una fiera que se hace el pis de nuevo encima y que tarda una media de 45 minutos en terminar la comida y que casi se deshidrata llorando a la entrada del cole. Me lo ha tenido que quitar de encima la profesora porque se aferraba a mí como un koala desesperado. Y entonces entendí que sí, él tenía muchas ganas de ir al cole de mayores, pero eso suponía ir a la clase de su hermano, no a una con enanos llorones como él.
Y cuando le fui a buscar a las dos horas (porque durante toda esta semana sólo irá dos horitas) me recibió con el castigo de su indeferencia. Yo pensaba que se echaría a mis brazos llorando, pero se limitó a contemplarme sin pestañear, como si no me reconociera. Dos veces tuvo que preguntar la maestra "¿De quién es esta mamá?" para ver si reaccionaba.
La que necesitaría ahora apoyo psicológico soy yo. Aunque la verdad que este año me ha afectado menos que el pasado. Me estoy volviendo una tipa dura.

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