martes, 18 de agosto de 2009

Colicos del lactante

En los primeros meses de vida del recién nacido pocas cosas tememos más los padres que los cólicos del lactante. Nadie tiene una explicación científica sobre su origen ni sobre su remedio. Que si el sistema digestivo no se ha terminado de formar, que si toman aire al mamar… No se sabe a ciencia cierta cuál es la causa. Pero existir, existen. Y cómo sufren los pequeñines, que da una angustia horrible verles cómo chillan encogiendo las piernecitas. Con los dos niños nos libramos, pero esta vez nos ha tocado enterarnos con la niña. Empezó como a la tercera o cuarta semana y la pobre lloraba varias horas desesperada, sin que pudiéramos hacer nada por calmarla. En un par de ocasiones estuvimos incluso a punto de llevarla a urgencias por miedo a que fuera algo más serio y estuviéramos ahí nosotros tan panchos convencidos de que eran cólicos. Pero la pediatra nos tranquilizó, nada importante, hay que esperar a que se pasen.
Todo el mundo tiene su propio remedio, y no pierde la oportunidad de compartirlo. Yo he probado a hacer todo lo que me han dicho. Que si agarrar a la niña en vertical y moverla hacia arriba y abajo, colocarla en horizontal con una mano en la tripa y balancearla, moverla hacia los lados, tumbarla boca arriba y hacerle un masaje en la tripita en el sentido contrario a las agujas del reloj, y también en el mismo sentido, por si acaso. He probado incluso a darle infusiones de manzanilla, de hinojo, de anís estrellado, de anís sin estrellar…. Sin ningún éxito.
Una amiga me dijo que la leche que bebe la madre es lo que produce los cólicos, que en cuanto ella dejó de beberla a su hija se le pasaron. Así que en mi desesperación dejé de beber leche –creo que habría hecho cualquier cosa que me hubieran dicho, en casos desesperados como estos mi credulidad no tiene límites, si me hubieran asegurado que caminar hacia atrás a la pata coja entonando cantos mormones con la niña en brazos vestida de morado era la solución, no habría dudado- . Se acabó el tomar mi cafetito con leche matutino –mi único vicio-, o la leche con galletas, o con cereales. En una segunda fase, al ver que la niña seguía igual, abandoné incluso los quesos y hasta los yogures, que son el alimento básico de mi dieta. Mi vida diaria empeoró notablemente, sin que la niña experimentara ninguna mejoría; seguía llorando desesperadamente una media de nueve horas diarias, con episodios agudos vespertinos. Hasta que un día a las tres de la mañana, cuando llevaba casi cuatro horas sin parar de llorar y yo estaba muerta no sólo de sueño sino también de hambre, decidí claudicar y fui a la cocina y me tomé un paquete entero de galletas untado en un litro de leche. Y por lo menos yo me sentí mucho mejor, que para eso dicen también todos los libros que el estado psicológico de la madre influye mucho sobre el lactante.
Y así seguimos hasta que cuando cumplió tres meses desaparecieron los cólicos. Así como habían venido, se fueron, siguiendo al pie de la letra una de las pocas instrucciones con las que vienen los bebés (que los cólicos duran hasta el tercer mes. Por lo general).

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