miércoles, 27 de mayo de 2009

Agujeros mentales

Me pasó ya cuando nacieron los otros dos niños: empecé a tener agujeros en el cerebro, que progresivamente se fueron convirtiendo en socavones. Todo empieza un día cuando no recuerdas una palabra, la tienes en la punta de la lengua pero no logras decirla, se te ha ido, y cada vez van siendo más las que se te escapan de la cabeza. Y no hablo de términos complicadísimos, porque tampoco se puede decir que entable yo ahora conversaciones de gran calado intelectual, sino palabras cotidianas que desaparecen como por arte de magia. Y así vas viendo como tu conversación se empobrece y se reduce, y supongo que eso es sólo un síntoma, el más obvio, de tu deterioro mental y de la reducción progresiva e inexorable de tu coeficiente intelectual. Ese empobrecimiento del vocabulario va unido naturalmente al de los temas de conversación, que nadie me pregunte mi opinión sobre el nuevo gobierno vasco, o las medidas necesarias para atajar la crisis, o sobre el uso de energías renovables porque corro el riesgo de sufrir un cortocircuito neuronal.
A esto se unen unos lapsos de memoria descomunales, hasta el punto de que se me llega a olvidar si acabo de darle el pecho o no a la niña.
Aprovecho ya mismo para pedir disculpas y pedir comprensión y paciencia si alguien se ha dado ya cuenta leyendo este blog de que me patinan las neuronas (la neurona, en el mejor de los casos) al ver que confundo unas palabras con otras o que repito incongruencias. Con mi segundo hijo llegué incluso a preocuparme por nivel de “entontamiento”, porque llegué incluso a tener problemas para expresarme, que se agudizaban sospechosamente al final del día, cuando ya me costaba hasta expresarme con claridad. Y es que el pequeño –ahora mediano- nos tuvo más de dos años sin dormir una noche de un tirón, en realidad empezó a dormir la noche entera un mes antes de que naciera su hermana, con lo cual casi ni hemos notado el cambio con la llegada de un bebé. Estábamos ya programados para dormir en tandas de dos o tres horas. Pero claro, ¿a qué precio?
He contado muchas veces, no me canso de repetirlo, es más me aferro a sus palabras como a un clavo ardiendo porque no hay mucho más escrito sobre el tema, que Margaret Atwood ha contado que cuando nació su hija temió haberse quedado sin cerebro, pero que lo recuperó al cabo de tres años. Eso quiere decir que yo no lo había recuperado todavía después del nacimiento de mi segundo hijo, y ahora ese deterioro se va a agudizar aún más. Oh Dios Mio, quién sabe si no me quedarán secuelas de esto….

miércoles, 20 de mayo de 2009

El pacificador

Al final no ha hecho falta que le metiera yo el chupete de su hermana pequeña (y confieso que tentada he estado de hacerlo más de una vez durante las noches que ha estado llorando desesperando extrañando este artefacto que no por nada en inglés se llama "pacificador"). Se lo ha puesto él solito. El otro día me sorprendió que estuviera tan callado, fui a ver qué estaba tramando y ahí estaba sentando muy satisfecho con el chupete de su hermana bien encajado. "Quiero ormir con tete", me dijo. "Muy bien", le respondí yo, casi aliviada de que hubiera tomado él la iniciativa porque así no me siento yo culpable de haber instigado esta regresión. Y es que de verdad no me siento capaz de tener tantos frentes abiertos. Además, ya dejará el chupete cuando se eche novia.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Chupeteadicción

Lo bueno de tener varios hijos es que puedes empezar a establecer patrones de comportamiento: los flacos y morenos, como el mayor, me salen llorones, mientras que los gorditos y rubios, como el segundo, son más tranquilos. En mi caso se repite esta secuencia: flaco y moreno llorón-rubiogordotranquilo-flacamorenallorona. Una pena que justo el repetido sea el llorón… Y es que mucho me temo que la niña, con su mes y una semana, ya no es la que era en las primeras semanas; su verdadera personalidad se ha descubierto, clavadita a la de su hermano mayor, y llora como si estuviera entrenando para un campeonato. Las primeras semanas, cuando aún me tenía engañada pensando que era buena y tranquila me resistí a ponerle chupete porque ese artefacto es un arma de doble filo: les calma momentáneamente pero luego se enrrabietan cuando en medio de la noche se les sale de la boca. Así que pensaba que iba a poder prescindir de él, hasta ayer, cuando, después de dos horas llorando, en la que ni comer, ni salir a la calle, ni bailar en brazos, logró calmarla, entré en una farmacia a comprarlo. Y de verdad que me sentí como si estuviera capitulando.
Para aliviar mi sentimiento de culpa por la dependencia del chupete convencí a su hermano mediano, aún chupeteadicto, para que tirara su chupete a la basura en un acto de renuncia voluntario, eso sí, a cambio de dejarle una raqueta de tenis de niño supermayor. Así que la noche ha sido movida, por un lado la niña lloraba porque se le caía su chupete nuevo, y por otro, el gordo lloraba porque echaba de menos el suyo viejo… no sé si no he cometido una doble equivocación. A punto he estado de meterle al enano el chupete de su hermana…

miércoles, 6 de mayo de 2009

Control de la natalidad

“Ahora ya os cortareis la coleta, ¿no?” “Os plantareis aquí, ¿verdad?”. “Ahora ya a frenarse”. “Os quedareis con tres”. “No se os ocurrirá ir a por más”, “Con la niña cerrareis el grifo”. “El cuarto ni soñarlo, verdad’”. “Ahora a poner medios”. Todos estos comentarios he tenido que escuchar en las últimas semanas. La gente te lo suelta a bocajarro, prácticamente después de darte la enhorabuena, con esa sutileza tan pero tan nuestra. Y no sólo personas con la que tienes confianza, sino también muchas con las que has hablado dos veces en tu vida, como la vecina de tus padres.
Y digo yo, ¿a qué viene toda esta preocupación por el control de mi fertilidad? ¿Por qué esta presión anticonceptiva? Yo tengo bien claro, clarísimo, que no voy a tener más hijos, pero si quisiera y hubiera decidido continuar trayendo criaturas al mundo, ¿¿a quién le importa???
Esta intromisión en mi vida reproductiva me desconcierta enormemente: parece como si la gente creyera que, ahora que me he sacado la criatura de la panza, la primera cosa que voy a hacer es correr a asaltar a mi marido. Entre toma y toma, a las tres de la mañana, por ejemplo. De verdad, que no sé si soy la única en pensar así, puede que yo tenga un problema y el resto del mundo experimente un aumento de la líbido en el posparto, pero a mí humilde y personalmente el sexo tras el parto –sobre todo tras un parto, no sé si me explico, quizás con la cesárea, que no afecta a esa zona, la situación es diferente- me parece algo de ciencia ficción. Es más, cuando oigo casos de mujeres que se quedan embarazadas poco después de dar a luz, es de las únicas veces en que pienso en la posibilidad de que exista verdaderamente el Espíritu Santo.

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