lunes, 27 de abril de 2009

Los hermanos de 'la tita'

Contra todo pronóstico, los dos muchachotes de la casa, que hasta el mismo día del parto no querían ni oír hablar de la inminente ampliación de la familia, han acogido con verdadero entusiasmo a su hermanita. Casi diría yo que hasta con demasiado, sobre todo el pequeño, al que para evitar que se sintiera destronado y sufriera celos durante los días que estuvimos en el hospital le convencieron tías y abuelos de que la hermanita era sólo suya, exclusivamente suya.
La estrategia funcionó: el tío está como loco con su 'tita' (como la llama con su lengua de trapo, la palabra hermanita es todo un trabalenguas para él) pero el método –advierto por si alguien tiene la tentación de copiárnoslo- tiene efectos colaterales: a su hermano mayor no le deja que se acerque a la niña, es más, le empuja y, en su exceso de celo, hasta le da patadas para evitar que se ponga cerca de ella.
Su grito de guerra es: 'la tita e mia!', y la defiende cual guardia pretoriana. Y por el momento, por más que hemos tratado de razonar, explicarle y hasta tratar de comprarle con chocolate, no hemos podido convencerle de lo contrario. Y como también le hemos explicado muy bien que con la niña hay que ser muy cuidadosos y que sólo se le pueden dar besitos y caricias, ahora cada vez que quiere conseguir algo alardea de sus nuevos méritos: 'No pego a la tita, sólo beso'. Y cualquiera se lo rebate...
Así que, para evitar que el mayor se sienta marginado, me encierro con él y la niña, sin guardaespaldas, en otra habitación para que me ayude a cambiarla, porque él también está entusiasmado con la hermanita, a pesar de que antes no le hacía ninguna ilusión su llegada ("mejor que no fuera niña, mamá, porque va a tocar comprarle todo nuevo, la ropa y los juguetes, y va a costar mucho", me soltó cuando le dije que iba a ser una nena, este discurso de la crisis está calando hasta en los peques, bien está frenar el consumismo, pero esta preocupación por el gasto me parece ya excesiva).
Así que, por el momento, hemos superado la primera prueba con los hermanos. Eso sí, habrá que ver qué pasa el primer día que nos montemos todos en el coche, porque la niña va a tener que ir encajonada en el asiento del medio (único lugar en el que cabe en nuestro coche, que no está pensado para una familia numerosa), a merced de sus dos hermanos. Nos vendría bien una mampara protectora, algo así como una capota de lluvia blindada, ¿alguien sabe si se comercializa algo parecido?

miércoles, 22 de abril de 2009

La ubre móvil

Es curioso cómo cambian las tendencias/creencias/teorías y prácticas en torno al cuidado de los hijos. Con cada una de mis criaturas he tenido que actualizarme sobre si tocaba ponerlo a dormir panza arriba o panza abajo, porque cada cierto tiempo se piensa que es mejor lo contrario. Y lo mismo me ha pasado con el tema de darle el pecho (opción que me parece la mejor para alimentar a la criatura pero durante un periodo muy concreto: desde el nacimiento hasta que el primer diente asoma la punta. En esos meses, verse convertida en una ubre móvil es muy práctico para todos: el niño se evita infecciones, la madre adelgaza y tiene la comida lista y calentita en cualquier lugar y a cualquier hora).
Cuando nació mi primer hijo se imponía la lactancia materna cronometrada, exactamente cada tres horas, de tal manera que el niño no debía hacer más de siete u ocho tomas al día, y eso ya era mucho. Así que ahí estuve yo madre primeriza, reloj en mano, viéndomelas y deseándomelas para que el enano, que era tragonísimo, aguantara tres horas sin ingerir alimento. Me pasé sus primeros meses echada a la calle, de día y casi de noche, hiciera bueno, lloviera o tronara, para tratar de retrasar las tomas. Y aún así no lograba bajar de diez al día, lo cual para los pediatras era toda una barbaridad y me miraban como si fuera una madre irresponsable que empachaba a su hijo. Con el segundo traté de continuar con ese mismo ritmo y no sé si fue porque el niño era más tranquilo o porque yo tenía ya más experiencia, pero se hizo más llevadero y se acomodó muy bien a las ocho tomas. Pero ahora la niña ha nacido en una época donde lo que se estila es, de nuevo, la lactancia a demanda. Y como una en el fondo es conformista y se pliega a las tendencias de su época, pues ahí que la pongo a comer cada vez que tiene hambre. Tan pronto come cada hora como aguanta cinco, con lo cual ni os cuento lo que varía mi contorno de pecho a lo largo de un día… Más de una vez no me ha quedado más remedio para no reventar que sacarme la leche con uno de esos artilugios que deberían incluirse, sino lo están ya, en la Convención de Ginebra contra la Tortura. Desde luego, pocas situaciones hay tan humillantes como ordeñarse con uno de esos chismes (y ya ni os cuento si te da por hacerlo sentada en un baño público). Ahora me han prestado uno eléctrico que sí, es muy rápido y eficaz (con los artefactos manuales llegué a hacerme un callo en un dedo con mi primer hijo) pero yo no puedo evitar sentirme como una vaca de granja lechera cada vez que me lo enchufo y se pone en marchaf con ese ruidito tan irritante…

miércoles, 15 de abril de 2009

El parto fue mío

Esta entrada tenía que haberse llamado Oda a la epidural y haberse publicado la semana pasada para rendir homenaje a ese gran descubrimiento que yo confiaba, pobre ingenua, volvería a regalarme un tercer parto indoloro y feliz. Pero no me dio tiempo porque me puse de parto doce días antes de lo previsto, y una hora después de tomar un fármaco que es incompatible con la epidural durante medio día. Así que acudí al hospital con el mismo ánimo que un condenado a muerte, plenamente consciente de que mi plan de parto (parir sin sufrir) no iba a poder cumplirse en esta ocasión. Estaba yo muy mal acostumbrada: en mis dos partos anteriores me pusieron la epidural (o en el segundo concretamente una raquis de más corta duración) en cuanto empecé a sentir las contracciones fuertes y prácticamente ni me enteré de la dilatación, es más, estaba tan relajada y tan ricamente, como flotando entre nubes de algodón, que ni siquiera quería que me llevaran al paritorio. Y en el parto estuve plenamente consciente de todo, y, al no estar sufriendo, pude disfrutar la experiencia de ver nacer a mis hijos (e incluso pude cogerlos y verlos tras el parto, no como ahora que no me quedaron fuerzas ni para respirar, y casi hasta me costaba enfocar la vista del esfuerzo).
Esta vez me tocó enterarme de lo que es parir de verdad. Y vaya que sí me enteré, me sentí digna heredera de Eva y de su maldición bíblica de parir con dolor, además en plena Semana Santa, una época muy adecuada para atravesar este calvario. Al no poderme poner epidural, tampoco me dejé meter oxitocina, así que fue todo al ritmo que la naturaleza dispuso. Y en el parto, al ser el tercero y estar ya “el camino abierto” (gráfica descripción de una matrona) no hizo falta utilizar instrumental, así que me lo hice yo todo solita (pero muy monitorizada, eso sí, para controlar que la niña estaba bien). El parto fue mío, completamente mío. Pero de verdad, hubiera preferido que no lo hubiera sido tanto. Confieso que hasta una cesárea hubiera preferido para que me la sacaran sin enterarme. Y de verdad que si en medio de ese trance hubiera caído en mis manos el periodista, o mejor aún el investigador (hombres, sin duda, ambos dos porque una mujer nunca diría absurdo parecido), que hace pocos días difundió la teoría de que en ciertos partos la mujer experimenta un placer parecido al orgasmo, juro que le haría cocer a fuego lento para ver si él también experimentaba algo similar. Qué queréis que os diga, podéis llamarme cobarde, pero la diferencia entre un parto con epidural y otro a pelo es como la que habría entre una sesión de gimnasia un poco dura y una tanda de tortura medieval. No entro en detalles para no espeluznar a aquellas que estén pensando estrenarse en este negocio, pero desde aquí os digo: ¡exigid la epidural, no os dejéis engañar! No puedo entender que todavía haya gente que dice que no merece la pena o que prefieren un parto sin intervenciones. De verdad, que el inventor de esta anestesia se merece un homenaje mundial, un premio Nobel, una plaza en su pueblo o un día fijo en el calendario. Y una cosa tengo clara, y podeis volverme a llamar cobarde o floja, si llega a ser este mi primer parto, se queda de hija única.

P.S. Y la niña, pues está divina, qué os voy a decir yo que soy su madre y además estoy completamente trastornada por las hormonas.

jueves, 2 de abril de 2009

Familias numerosas

Ante mi inminente transformación en madre de familia numerosa (repetirme esto forma parte de mi peculiar terapia para asumirlo), me he puesto a investigar las ventajas (ja, qué risa me da) que tienen esos núcleos familiares en este país nuestro tan apegado a la familia. Después de una concienzuda labor de periodismo de investigación he recopilado esto:
- Rebaja del 7 al 4% el impuesto de trasmisiones patrimoniales si por fin decidiéramos comprarnos una casa mayor (lo cual no estaría mal porque con la nueva criatura vamos a entrar en un nivel de hacinamiento tercermundista).
- Pequeño descuento en el Impuesto de bienes Inmuebles. En mi caso, sería un 20%. Tampoco es para hacer una fiesta.
- Descuento en la factura del agua, no creo sea mucho.
- Ahorro del 45% de la cotización a la Seguridad Social de EVP (la chica que nos ayuda en casa, Enviada por la Providencia).
- Descuento, de un 50% en los polideportivos municipales. Vamos a hacer deporte compulsivamente para aprovecharlo.
- Gracias a la batalla dada por la infatigable Federación de Familias Numerosas (http://www.familiasnumerosas.org/ Renfe ha aceptado que al comprar un billete de tren se pueda acumular el descuento de familia numerosa (un 20%) al de ida y vuelta (otro 20%). Hasta hace muy poco, había que elegir entre uno u otro, como si las familias numerosas no regresaran nunca de sus destinos.
- El permiso de paternidad se amplía de 15 a 20 días, para que el padre se pueda dedicar un día y medio más a cada churumbel.
- Además, hay otras ayudas y desgravaciones, pero son para rentas tan bajas que hay que estar al borde de la indigencia para poder optar a ellas. De verdad que no sé qué pensar, si a los que se ponen a tener hijos con esos ingresos habría que penalizarlos, por inconscientes, o darles un galardón y una renta de por vida.

Y pare usted de contar, a lo mejor se me escapa algo, pero esto es básicamente lo que hay. Al año debe suponer un ahorro de algunos cientos de euros, como mucho. Un poco más, quizás, si te apuntas con toda la familia a todos los cursillos de natación, tenis y aerobic del polideportivo más cercano, o si viajas en AVE cada fin de semana. Nada de ayudas universales por hijo, ni ampliaciones del permiso de maternidad, ni excedencias remuneradas como en otros países europeos que piensan la excentricidad esa de que fomentar la natalidad es garantizarse su futuro. Aquí, quien quiera tener tantos hijos, que se los financie, y si no, que se lo hubiera pensado antes. O que se hubiera dedicado a criar periquitos, que gastan menos.
Ayer se me ocurrió, pobre ilusa, preguntar en el metro si hacían descuento en los abonos de transportes a las familias numerosas y tuve que repetir tres veces la pregunta porque el empleado no la entendía. Cuando comprendió por fin de qué le hablaba, puso la misma cara que si le hubiera pedido un billete para Marte y me dio la misma respuesta, que no, que naturalmente que no.

P.S. Por cierto, mi enhorabuena a Arantza Quiroga, madre de familia numerosa y próxima presidenta del Parlamento Vasco. ¡Con nombramientos así se le van haciendo boquetes al famoso techo de cristal! Y desde luego, dominar a los parlamentarios le va a resultar pan comido con la que debe de tener en casa (cuatro hijos varones).

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