lunes, 30 de marzo de 2009

Control de esfínteres

Hemos decidido quitarle el pañal a mi hijo pequeño (2 años y medio, 17 kilos). Ante la inminente llegada de un recién nacido a nuestro nucleo familiar, necesito ir reduciendo el consumo de pañales, por cuestiones logísticas (dónde encontrarles acomodo en nuestros concurridos 70 metros cuadrados), prácticas (acarreo desde el super) y, económicas (importante desembolso mensual. Esto me hace recordar una vieja reivindicación: ¿cuándo se va a reducir el IVA del 16% con que están gravados los pañales? Puede que en otra época fueran un objeto de lujo, pero por Dios, ahora son un bien imprescindible, ¿o alguien pretende que nos pongamos a lavar gasas?). No me siento capaz de comprar pañales de tres tallas diferentes, algo así como toda la gama de pañales infantiles (que quede entre nosotros, el mayor se sigue meando por las noches).
Así que hemos decidido acelerar por nuestra cuenta y riesgo el proceso de control de esfínteres, como lo llaman en su guarde (perdón, escuela infantil, no me acostumbraré nunca, lo siento). A cambio me ha tocado invertir en calzoncillos y pantalones para afrontar todos los despistes y percances. Y nuestras vidas están ahora vidas pendientes del reloj. “¿Quieres hacer pis?”. ¿Pis, mi amor?”. Cada hora, como mucho, lo llevamos al wáter para que por lo menos se contemple el pito. Cada vez que va, aunque no haga nada, tira de la cadena, con lo cual este proceso también es una inversión en agua, pero me consuelo pensando que compenso el daño ecológico con la celulosa de los pañales que hemos dejado de usar. Por el momento no va mal, pero el proceso promete ser lento, y no voy a entrar en detalles escatológicos.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Toca comprar cochecito

A pesar de mi condición de multípara (odio las palabras con los que los ginecólogos nos califican a las embarazadas-parturientas. Primero fui una primípara añosa y ahora soy una multípara, ambos nombres me suenan a ave rapaz en extinción), no tengo coche para la niña. Con mis dos hijos anteriores usé el mismo, que acabó completamente destrozado. Luego compré una silla de paseo, de esas ultraligeras, pero claro, necesito un coche para el primer año de la nena (que sigue sin nombre, voy notando cómo la tensión y la impaciencia aumenta en mi entorno. Se multiplican las insinuaciones del tipo: “No recuerdo cómo me habías dicho que se iba a llamar”.). Ya me puedo dar prisa en comprarlo porque como se me adelante, me pilla sin él (y sin canastilla ni nada preparado). Así que llevo unos días concentrada en realizar un estudio de mercado sobre las diferentes opciones. Hay dos puntos que me parecen determinantes: no quiero un coche con un capazo de esos rígidos, como el que usé con los otros dos niños, porque siempre me dio la impresión de estar paseando un ataúd o una balsa. Y también me gustaría que la silla de paseo tuviera la posibilidad de ir de cara a la madre, para así irle haciendo tonterías por la calle. Un estudio hecho en Inglaterra que cayó una vez en mis manos aseguraba que ir mirando a la madre, aunque vayan poniéndoles caras de payasa, cuando van de paseo estimula el desarrollo psicológico y que los niños que crecen de esta manera tienen un coeficiente intelectual superior. Naturalmente no quiero privar a mi niña de tantas ventajas, aunque ahora que lo pienso, esto supondría un agravio comparativo para sus hermanos, que fueron siempre mirando hacia adelante, privados de los enormes beneficios que les habría reportado irme viendo la cara de payasa.
Así que las opciones se me reducen mucho, de manera inversamente proporcional al aumento del presupuesto para comprar uno de esos cochecitos ultramodernos de los que no que no diré el nombre porque no quiero hacerles publicidad (al menos no gratuita, se entiende).

domingo, 22 de marzo de 2009

Harta del bombo

La niña – que aún no tiene nombre - está ya en la pole position con la cabeza completamente encajada en la pelvis. Mi pelvis. Como pesa ya tres kilos y doscientos gramos, no tiene mucho espacio para moverse, así que empuja con las piernas contra mis costillas. Mis costillas. Y mi esternón. No voy a entrar en detalles sobre las molestias que esta situación me origina (ni sobre las noches insomnes ni los problemas digestivos, ni otras dolencias varias ocasionadas por esta peculiar situación fisiológica) porque no quiero convertirme en una plañidera y porque habrá quien me diga –siempre hay alguien que lo dice- que “sarna con gusto no pica” o que me lo hubiera pensado antes, o que ya sabía dónde me metía. Sí lo sabía. Efectivamente lo sabía, pero eso no quita para que ahora, en este preciso momento en que un talón acaba de doblarme una costilla, esté hartísima del bombo. Sólo diré que prácticamente no puedo caminar por el dolor– estoy ya de baja en casa- y que el otro día que se me ocurrió acercarme a la farmacia, a 50 metros de mi portal, me quedé paralizada por el dolor en medio de la calle y en serio que pensé que la niña iba a nacer ahí mismo. Así que estoy en casa. Inmovilizada. Esperando. Y aún estoy de 36 semanas, así que me podrían faltar todavía tres o cuatro hasta mediados de abril cuando en teoría salgo de cuentas. De verdad que quien diga que el embarazo es una situación maravillosa tendría que ser ingresada en un psiquiátrico y yo hasta sugeriría quitarle la custodia del recién nacido.
Tener a una criatura de más de tres kilos de peso encajada entre la pelvis y las costillas es antinatural. Entiendo que el útero materno es el mejor lugar para que la criatura termine de formarse y blablabla, pero sinceramente, con tres kilos y doscientos gramos ya estaría estupendamente fuera. Esto es un anacronismo. Por Dios, que inventen algo. Aunque eso sí, a mí ya no me pillan otra vez en estas.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Homenaje a los padres

El otro día un amigo me dijo que cuando leía mi blog se sentía como “el enemigo”. Nada más lejos de la realidad ni de mis intenciones que meterme con los sufridos padres de nuestras criaturas, con los que compartimos desvelos, insomnios, fiebres, discusiones e incluso planes de divorcio a altas horas de la madrugada. Papás y mamás estamos en la misma trinchera. Frente a las fieras. Así que aprovechando el 19 de marzo, quiero rendir mi particular homenaje a los padres, sobre todo a los que:
- Se levantan como autómatas una y otra vez –como si carecieran de memoria reciente- en medio de la noche al oír el lloro de uno de sus retoños.
- Ceden su sitio en la cama a una criatura llorosa y se van a dormir al sofá. E incluso ceden el sofá, y se preparan un café a las seis de la mañana, si criatura tras criatura se han ido meando en sus camas y ya no hay dónde acostarse.
- Preparan biberones de madrugada, aunque muchos días no sepan ni qué le están echando.
- Sacan a los niños de paseo el domingo por la mañana para que la madre de las criaturas pueda quedarse un rato tranquila en casa.
- Han hecho un máster en aprovechamiento del espacio físico para que en el maletero del coche quepan todas las bolsas, todas las neveras de comida y bebida, las sombrillas de playa, todos los juguetes, los balones de futbol, los patinetes y hasta los triciclos y los cubos y las palas.
- Cambian pañales con tal destreza que ganarían cualquier contrarreloj de limpieza de culitos.
- Llevan a los niños al cole por la mañana y van repasando la lección, la poesía o los deberes que corrigieron juntos la noche anterior.
- Cuentan cuentos noche tras noche, tras noche tras noche, tras noche tras noche.
- Nos aguantan con paciencia, e incluso algunos días hasta con buen humor, a las madres embarazadas.

¡Feliz día del padre!

lunes, 16 de marzo de 2009

Un despertar cualquiera

En otra vida anterior que recuerdo vagamente haber vivido me gustaba levantarme con calma y en silencio, poner el despertador diez minutos antes de la hora para desperezarme sin prisa, irme despertando poco a poco y luego poner la cafetera para prepararme ese café negro que necesito desesperadamente tomar nada más levantarme, y beberlo lentamente en silencio, siempre en silencio. De hecho prácticamente ni hablaba con nadie, y ni siquiera ponía la radio para disfrutar de la calma de esos primeros minutos del día, todavía inmersa en las brumas del sueño. Y de esa paz matutina sacaba yo las fuerzas para enfrentarme al nuevo día con serenidad. Casi igual que ahora, que el día menos pensando me va a dar un infarto al minuto de haber abierto un ojo. Este es uno de mis despertares prototípicos a dos bandas:
- Mamá, que me dibujes a Bob esponja. (chilla mi hijo mayor levantándome la persiana, arráncandome el edredón y tirándome encima una libreta y dos pinturas).
- Biberón tate (apunta el pequeño en su media lengua troglodita para pedir un biberón con colacao).
- Pero amarillo, tienes que pintarlo amarillo, que Bob esponja es amarillo.
- Biberón taaaaaaaaaaaaaate.
- Las manos, te faltan las manos.
- Biberoooooooooooooooon TAAAAAAAAAAAAAAATE.
- Los ojos están torcidos, parece que está enfadado y no lo está.
- TAAAAAAAAAAAAATE.
- Pero en la mano tiene el dedo hacia arriba, no así, que parece que está saludando.

A todo esto ya me he levantado con el bloc en la mano y corro a poner el biberón en el microondas para calmar por lo menos a uno.
- No así, no está haciendo el gesto de la victoria, sigue pareciendo que va a saludar.

Le cambio la mano, mientras echo el colacao el biberón del otro.
-
- Ay. TEEEEEEEEMA (palabra en troglodita para indicar que quema, es decir, que la leche está medio grado por encima de lo que a él le gusta).

Pongo el biberón bajo el grifo y se me salpica el bloc de dibujos del otro.
- Que me has mojado a Bob!!!!!!!!!!!!!!. Ahora lo tienes que repetir. Mejor, porque te había quedado muy feo. No se parecía en nada.
- Maaaaaaaaaaaaaaaa TAAAAAAAAAAAAATE (que tiene poco colacao el biberón, este hijo me ha salido un gourmet).

Echo más colacao al biberón, me siento para dibujar de nuevo a Bob Esponja y pienso que aún no he puesto la cafetera y que necesitaría desesperadamente tomarme un café. En silencio. Pero eso era en otra vida.

jueves, 12 de marzo de 2009

De mala educación

Hace mucho que nos impusimos la norma de no ver el Telediario de las nueve para evitar que el mayor viera noticias violentas (o sea, la mayoría), pero aún así, hay días que no puedo evitar encenderlo unos minutos para echarle un vistazo mientras él se pone el pijama y se lava los dientes antes de irse a la cama. Y más de una vez le he pillado acechando a la entrada del salón para ver la tele furtivamente. Y esto le hace sacar las conclusiones más sorprendentes, como esta última: "Mamá, ¿verdad que llevar una escopeta es de muy mala educación?'".

lunes, 9 de marzo de 2009

El techo de cristal

Como todos los años en el Día de la Mujer Trabajadora, medios y políticos nos recuerdan el trecho que aún falta por recorrer para alcanzar la plena igualdad. Yo soy plenamente consciente de que tener un tercer hijo va a complicar mi desarrollo profesional. Las estadísticas no son nada halagüeñas: el impacto del tercer hijo sobre el trabajo de la madre es demoledor. Tengo dos amigas embarazadas también de su tercer hijo, ambas excelentes y exitosas profesionales, y no sé cómo decirles que sus perspectivas de promoción profesional van a caer en picado. Siempre según las estadísticas, es muy probable que alguna piense en dejar de trabajar por un tiempo o reduzca jornada. Yo pretendo seguir trabajando a tiempo completo, entre otras razones, para seguir dando de comer a toda la prole. Mis amigas también. Pero con tanto hijo, me remito de nuevo a las estadísticas, se reducen las posibilidades de hacer algo importante.
Vamos, que ya es prácticamente imposible que una de nosotras llegue a ser presidenta del gobierno, o tener cualquier otro cargo vistoso, como mucho nos tendremos que conformar con el de presidenta de la comunidad de vecinos. A no ser que la ministra de Defensa, Carme Chacón, que ya rompió moldes y se hizo famosa en todo el mundo por pasar revista a las tropas embarazadas, siga teniendo hijos y llegue a La Moncloa. Desde aquí la emplazo, y le mando todo mi apoyo, a que se convierta en la primera madre de familia numerosa que llega a ser presidenta de gobierno. Pero mientras eso ocurre, creo que el techo de cristal va a descender unos centímetros, y eso que ya lo tengo bien encima de mi cabeza. En pleno permiso de maternidad de mi segundo hijo me llamaron para hacerme una buena oferta profesional. La rechacé sin dudarlo, porque hubiera supuesto muchas mas responsabilidades y me hubiera exigido mucho más tiempo, algo que no me apetecía con el pequeño de cuatro meses. Pero cuando estaba agradeciendo el ofrecimiento, notaba como yo misma me agarraba con las dos manos al techo de cristal y me golpeaba con él la cabeza. Clon, clon clon estuve escuchando durante varias semanas.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El café del Dr. Estivill

Alguien que firma como Tripadre, que deduzco que será padre por triplicado, me manda este comentario descacharrante sobre la entrada ¡Duermete, niño! (publicada en noviembre. Ver Archivo). Lo reproduzco íntegro porque es fantástico. Perdón de nuevo, Dr. Estivill.

El Dr. Estivill es un ser peligroso, enemigo público nº 1 lo llamaría yo, responsable que que nosécuántos cientos de padres torturen a sus hijos asomándose a su habitación diciendo "no te preocupes, ahí tienes tu almohada y tu entorno seguro, dice el Dr. Estivill que te duermas"; y eso cronómetro en mano. Si yo fuera camarero del bar donde el Dr. Estivill se toma el café por las mañanas pasaría esto: -
Buenos días
- Por la mañana
- ¿Me pone un café con leche?
- Miiiira, bonito, un café con leche no es lo que necesitas a estas horas. Anda, yo estoy aquí contigo al otro lado de la barra ¿no te basta?
- ¡Que si me pone un café con leche!
- Que siii, bonito, relájate, tienes aquí tu entorno conocido, el bar de todas las mañanas, y yo estoy aquí, donde siempre, al otro lado de la barra, tú relájate, pero un café con leche, no.
- ¡Que me ponga un café con leche, leches!
- Mira: voy a marcharme ahora a atender a esos señores, y voy a volver dentro de un ratito a ver si ya se te ha pasado lo del café con leche ¿vale, bonito?
- ¡QUIERO UN CAFÉ CON LECHE AHORA!
(Pasan 2 minutos)
- Ya estoy aquiiiii. A ver, que quieres un café con leche, pero ya te he dicho, bonito, que te puedes pasar la mañana sin café, que no pasa nada, que estamos todos aquí contigo, te queremos, te apoyamos.
- ¡UN CAFÉ CON LECHE! ¡UN CAFÉ CON LECHE! ¡UN CAFÉ CON LECHE!
(Pasan 3 minutos)
- Hala, vayan recogiendo que vamos a cerrar el bar.

martes, 3 de marzo de 2009

En el coche, radiomamá

Estamos ya llegando, un poquito más y llegamos. No falta nada, pero si te duermes se te hace más corto. No, no te vas a perder nada si te duermes. Toma galletas. No, chocolate, no, galletas, riquísimas. Mira, una vaca, cómo hace la vaca, Muuuuuuu!!!!!!!! Anda, un pajarito volando. Mira cómo vuela, ¡qué altooooo! ¿y cómo va cantando mientras vuelta? pirripipipi. No, los pajaritos no se chocan si cantan mientras vuelan. Mira un toro. Pues porque tiene pito, si fuera una vaca no tendría ese pito. ¿no lo has visto que grande? No, no damos la vuelta, vete mirando que seguro que ahora pronto vemos otro, por aquí hay muchos toros. Pero claro, tienes que ir mirando sin llorar, porque si vas chillando y llorando ahí es cuando no ves nada y se te pasa todo. Toma, otra galleta, no chocolate no tengo. No, no la escupas que no te voy a dar otra. Toma agua, bebe solito pero no te la tires encima. Sí, toma, te paso la botella, esta todavía fresquita, pero la han llenado de migas, no te importa, ¿no? Que ya llegamos, no falta nada, nada, ya casi veo la catedral. Vamos a cantar todos un poquito, el señor conductor no se ríe, no se ríe. También tú te podías reír un poco, que a los niños les disgusta verte tan serio. ¿Hace falta echar gasolina o tú crees que llegamos? Es que me he olvidado la tarjeta de crédito y sólo llevo 20 euros para todo el día, ¿has cogido tú tu tarjeta?. ¡Un conejo! Cómo corría con las orejitas hacia atrás. ¿Lo habéis visto? Claro, porque vas llorando, así no ves nada. Pero si se ha ido ya, no lo vamos a encontrar nunca. No, papá no va a dar la vuelta para buscar al conejo. A ver, vamos a mirar todos y quién vea un conejo tiene un premio sorpresa. No te puedo decir qué es, porque es sorpresa, sino no sería sorpresa. No, el conejo no hace guauau, eso es el perro. Pues no sé cómo hace el conejo. ¿Tú lo sabes? Será que no hablan ni hacen ruido, son animales silenciosos. Se comunican moviendo las orejas. A la derecha, no, a la derecha, que te he dicho tuerzas a la derechaaa. Ah, vale, era la izquierda, ya sabes que siempre me lío, debías haber entendido que si digo derecha en realidad es la izquierda. Bueno, no importa, seguro que dentro de poco podrás dar la vuelta y entonces ya coges bien a la izquierda. ¿Quieres otra galletita? No, chocolate no tengo, sólo galletitas, mira qué rica. ¿Dónde has tirado el chupete? mira tú a ver si encuentras el chupete de tu hermano. Claro que tienes que ayudarme, que yo no llego hasta ahí abajo, anda pónselo tú. !ala, que chupetazo me ha dado! que barbaridad. Y tú, ¿de dónde has sacado ese bastón? Vuelve a meterlo en el maletero ahora mismo que en el coche no se puede jugar con bastones que molestáis a papá que va conduciendo y podemos tener un accidente. Claro, si nos chocamos contra un camión nos aplasta. Mira, un camión lleno de cerditos. ¡Qué gordos! No, no los van a matar, los llevan de excursión. Que no, que no los van a matar, sólo los matan cuando ya son mayores. Sí, el jamón lo hace con cerditos, pero no de estos, estos van de paseo. Espera que no te oigo con este chillando, pero ¿quieres dejar de gritar un poco? No te sueltes, que no te sueltes, que no puedes ir levantado que nos pone una multa la policía. No, a la cárcel no nos llevarían, pero sí nos pondrían una multa. Pero ¿cómo has logrado saltarte? Para, para, que se ha puesto de pie.

Hora y media más tarde, llegamos por fin a nuestro destino. Mi marido dice que está machacado de conducir en esas condiciones, que le duele la cabeza, y que salga yo un poco de paseo con los niños, que para eso vengo más descansada sin conducir.

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