jueves, 26 de febrero de 2009

Un bunker propio

Algunas tardes trabajo desde casa. Justo a la hora en que mis retoños regresan de su cole y guardería, respectivamente. Cansados pero felices de estar en libertad. Como potros. Y muy contentos de no seguir sometidos a la disciplina escolar. Y cuando llegan yo estoy atrincherada en un minidespacho que tengo instalado en la habitación donde además duerme uno de los niños. Despacho de día, dormitorio de noche. Así optimizamos los 70 metros cuadrados. La chica, EVP (Enviada Por la Providencia) tiene instrucciones de prohibir la entrada a ese cuarto mientras estoy trabajando, pero mis hijos hacen caso omiso y entran continuamente a pedir que les imprima algún dibujo, que les busque un superhéroe en el ordenador o a contarme, el mayor, su último disgusto, normalmente mientras estoy haciendo alguna entrevista por teléfono, y el pequeño a llorar porque el otro le ha pegado.
Parafraseando a Virginia Wolf, a veces pienso que más que una habitación propia, necesitaría un bunker propio.

lunes, 23 de febrero de 2009

¿Cómo y cuándo se quita el chupete?

Mi hijo pequeño sigue siendo un chupeteadicto empedernido a sus 17 kilos y casi dos años y medio. Y, como además aparenta mucho más porque está enorme, en los últimos días han sido varias las personas que me han insinuado que es demasiado grande para seguir usándolo, de esa manera tan sútil que tiene la gente en este país de sugerirte qué es lo que deberías hacer con tu hijo ("ya va siendo hora de que le quites el chupete, no?").
La única vez que lo hemos intentado fue en verano pasado, cuando se nos perdió el único que habíamos llevado de vacaciones y pensamos que quizás, oh, cosas de la providencia, era el momento adecuado de quitarle el hábito. Ja. Por la mañana no fue tan duro porque al fin y al cabo estábamos en la playa. En el coche se puso un poco nervioso, pero claro, estaba un poco cansado y además tenía hambre, y con un poco de pan (media barra, en realidad se acabó comiendo) pues se fue entreteniendo. Comer, comió bien, ahí no pintaba nada el chupete. El problema empezó en realidad después de comer, a la hora de la siesta, que normalmente duerme como un bendito, extenuado, y eso nos permite a nosotros (aleluya) comer tranquilos e incluso si nos damos prisa a echarnos una siesta también, breve pero intensamente reparadora. Aquel día, fatalidades del destino, habíamos decidido no comer en casa, sino en un chiringuito para así aprovechar más el día de playa. Yo confiaba, y así se lo aseguré a mi marido cuando le convencí de que nos quedáramos a comer ahí, que él se dormiría nada más terminar su puré y nos dejaría comer a nosotros tranquilos. Pero cuando vio que nos traían nuestra comida comenzó a chillar para que lo soltáramos (lo que hay que hacer de inmediato porque sino vuelca la silla, lo que me llevaría a iniciar un debate sobre la seguridad de los cochecitos pero ese es otro tema para otra ocasión). La comida fue una pesadilla, con el niño chillando y saltando por las mesas. El café lo tomamos ya de pie en la puerta, para mover la silla frenéticamente. Ahí fue cuando mi marido dijo por primera vez lo de vaya idea genial que has tenido. Volvimos a la playa por la tarde y el enano estaba ya tan cansado que no quería casi ni bañarse. Cuando por fin lo montamos en el coche para volver al apartamento, ahí cayó rendido nada más arrancar el motor y por fin respiramos aliviados. Mi marido sugirió que paráramos en una farmacia para comprar un chupete, pero yo, segundo gran error del día, le respondí, que no hacía falta, mira lo bien que se ha quedado dormido sin nada, además, yo creo que ya hemos pasado lo más difícil, le dije sin sospechar lo que se avecinaba. La cosa empezó a complicarse de nuevo tras la cena. Durante tres horas tratamos de que se durmiera paseando con él dentro de la casa, fuera de la casa, en torno al complejo de apartamentos, por la carretera de piedras, sin lograr que cerrara los ojos ni una fracción de segundo. Sería ya casi medianoche cuando con un hilo de voz le pregunté a mi marido que si habría abierta alguna farmacia en el pueblo. No entendí bien si me respondió que ya no, que no iba a ir o que no hacía falta, porque en ese momento justamente la fiera empezaba a dormirse. Lo acostamos rápidamente y nos fuimos a dormir convencidos de que ya había pasado lo peor. Acababa de cerrar los ojos cuando se puso a llorar de nuevo. Con frecuencia por la noche llora en sueños, pero se calma enseguida poniéndole el chupete. ¿Y ahora qué?, me pregunté yo esa vez, y las otras 12 o 14 que lloró esa noche me tocó calmarlo tumbándome con él en la cama, agarrándole la mano y acariciándole una oreja. Huelga decir que a la mañana siguiente, en cuanto abrió la farmacia ahí estaba yo. Compré dos chupetes -para tener uno de recambio- y sendas cadenas para agarrarlos a la ropa y que no se volvieran a perder. Y me temo que hoy el recuerdo de esas difíciles horas, en las que estuvo en juego mi matrimonio, aún está demasiado fresco como para pensar de nuevo en afrontar la vida sin chupete. La verdad que no tengo valor; soy una cobarde, lo reconozco.

jueves, 19 de febrero de 2009

Miedos nocturnos

Mi hijo mayor es igual a mí, exacto. Más que un hijo parece un clon, tanto que me cuesta reñirle porque es como echarme la bronca a mí, y porque le entiendo tan pero tan bien que me cuesta decirle que no haga algo. Como cuando tiene miedo, mejor dicho, pánico por la noche, y no logra dormirse de la angustia que le entra ante la perspectiva de varias horas sin luz ni sonido. Cada noche, después del consabido cuento, cuando ya le dejamos solo en su habitación, necesita para tranquilizarse hacernos toda una serie de preguntas para tratar de recuperar la calma. Suelen ser dos o tres, que respondemos con paciencia noche tras noche, pero ayer, se ve que estaba más nervioso que de costumbre, batió récords.
- ¿Está la puerta cerrada? ¿Es una puerta blindada con hierro, verdad?
- El hierro no se rompe con nada, ¿verdad?
- ¿Ni con fuego? ¿y si los ladrones encienden un fuego enorme delante de la puerta?
- ¿La policía está ya en la calle?
- ¿Por la noche hay más policías que por el día?
- ¿Cuánto dura la noche? ¿Falta mucho para que se haga de día? ¿Por qué la noche es muchísimo pero muchísimo más larga que el dia?
- ¿Qué roban los ladrones?
- Mamá, ¿y tú tienes muchas joyas valiosas?
- ¿y el collar ese de colores que llevabas ayer no es valioso? A mí me parecía muy valioso
- ¿Por Madrid pasan alguna vez huracanes?
- ¿Y cuando llueve mucho y hace viento eso no quiere decir que esta llegando un huracán?
- ¿Aquí nunca nunca llegará un huracán ni aunque llueva mucho? ¿cómo se puede saber que nunca llegará un huracán? ¿y si se equivoca uno y se tuerce?
- ¿En España hay bichos que pican?
Pero digo que piquen y te pongas muy malito, no solo que te salga un grano
- ¿Y por qué no llegan desde Africa si el abuelo dice que Africa esta muy cerca de España?
- ¿No pueden atravesar el mar volando los mosquitos? ¿Ni los que tienen alas muy largas?

Tras esta sarta de preocupaciones, se hizo un silencio, y cuando ya pensé que se había quedado por fin dormido, me hizo, con voz temblorosa su última pregunta: Mamá, ¿tú conoces a mucha gente que haya crecido sana y salva?

martes, 17 de febrero de 2009

Palabrotas

Supongo que lo de las palabrotas es una etapa que atraviesan todos los niños. Decirlas todas una tras otra, sin que vengan a cuento, o sí, en el momento adecuado, cuando se les cae un juguete o se pillan un dedo con el cajón de la mesa. Mi hijo mayor pasó una etapa muy intensa cuando tenía tres años, nos desafiaba haciendo alarde de su dominio del tema, y más de una vez nos hizo sacar los colores en público, como cuando llamó gilipollas a su padre de un extremo a otro del supermercado. Nosotros hemos hecho siempre un esfuerzo enorme para no decir ningún taco delante suyo, pero aún así alguna vez se nos escapa alguno. Y de todas maneras, los enanos son esponjas especializadas en absorber de su entorno todo lo que no deben.
Desde que empezó con el tema instauramos una norma en casa: el que diga una palabrota, sea quien sea, se gana un buen bofetón. Y nada le gusta más que propinar su castigo al infractor: se remanga el brazo, coge carrerilla y pone la cara del revés a su padre y a mí. Y nosotros, a aguantar, a ver qué remedio. Y desde luego el método ha funcionado, él por lo menos no ha vuelto a decir una palabrota. Y nosotros, casi tampoco. Pero ahora ha descubierto otro campo sin explorar: su hermano pequeño. Como el gordo aún no sabe hablar -le está costando lo suyo- le hace repetir cosas para que se equivoque. Le dice, por ejemplo, "Di fruta". El pobre gordo con su media lengua se esmera en decir algo similar, pero claro, el resultado es el esperado. Y su hermano todo orgulloso viene corriendo a contármelo "mamá, que ha dicho una palabrotaaaaaaaaaa".

viernes, 13 de febrero de 2009

Un par de aclaraciones sobre el rol de madre

Es cierto que cuando una tiene hijos, al asumir ese nuevo papel, se desdibuja la personalidad, como si pasaras a formar una nueva entidad junto con tu bebé. Pero por mucho que el embarazo, esa peculiar situación fisiológica, obligue durante nueve meses a la madre a estar fusionada a su bebé, situación que luego se prolonga con la lactancia, ambos siguen siendo, y así serán de nuevo tras el parto, o tras el destete, dos seres humanos completamente independientes, dotados cada uno de su propia entidad. Por eso hay dos cosas que yo siempre he tratado de dejar bien claras a mi pareja y a mi entorno para evitar equívocos y malentendidos:
1- Regalarle algo a mi hijo no es hacerme un regalo a mí. Y me enfureceré si por mi cumpleaños, o por Reyes, o por algún aniversario de algo, me ‘sorprenden’ con algo para la criatura.
2- A mí sólo me llaman mamá mis hijos, es decir las criaturas paridas por mí. Nadie más. En algunas familias, supongo que por eso de la economía lingüística o para simplificar los roles, los padres llaman mamá a sus parejas y éstas, papá a sus hombres. Lo respeto, pero me horroriza. Ya bastante se resiente la relación de pareja con esto de la procreación como para encima irte a la cama con alguien que te llama mamá.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Bochorno en el metro

Entras en el vagón abarrotado, abriéndote paso entre la gente, tratando de que por lo menos no te den un codazo en la panza, y te aferras, resoplando como morsa fuera del agua, a una columna. Para no perder el equilibrio. Con la esperanza de que alguien vea tu tripa, ya ostentosamente prominente, y te ceda gentil y discretamente su sitio. En realidad te da una vergüenza horrible que te dejen sentar, e incluso muchas veces te has tapado la panza con el abrigo para que no se viera, pero a estas alturas del embarazo estás ya que no te tienes, más hoy que la ciática te está matando, que hasta te sentarías en las rodillas de un señor.
Pero hoy está todo el mundo concentradísimo en su lectura, no levantan la vista un instante, como si les fuera la vida en ello (o quizás la levantaron un segundo, te vieron y entonces sí que les va el sitio en ello). Y te aferras con más fuerza a la columna. Y resoplas, resignada, total, son sólo dos estaciones.
Y si no haces ningún movimiento, y no piensas en ello, la ciática casi ni te duele así quietecita. Y entonces ahí aparece un alma caritativa, deseosa de hacer la buena acción del día, que grita: "¿Pero es que nadie le va a dejar el sitio a esta señora embarazada?". Toda la gente levanta la mirada y busca a la señora embarazada. Y tú te quieres morir, porque eres tú, la señora embarazada.
Podía haber dicho la embarazada, sin más, pero no, te has convertido en una señora embarazada. Y quieres decir que no, que no estás embarazada, que tienes problemas de digestión. O que eres una experta en levitación y estás practicando un método de evasión del cuerpo. Que no hace falta que te dejen el sitio, que no sientes la gravedad, que en realidad, casi flotas. Que estás haciendo penitencia, que es una promesa que has hecho, recorrerte la red de metro de Madrid de pie, sin sentarte.
Pero todo el vagón te mira, como un tribunal de la inquisición, hasta que un señor con cara de 'maldita sea la gracia' se levanta y tú, en el fondo, estás deseando sentarte porque no te tienes de pie y la ciática te está matando y además el metro se acaba de parar entre dos estaciones. Y vas y te sientas con cara de 'tierra trágame'. Y le das las gracias a la señora caritativa, que sonríe ufana, y al señor que se levanta, aunque ganas te dan de pedirle perdón por haberte embarazado, vaya ocurrencia.

viernes, 6 de febrero de 2009

¿Para qué se tienen hijos?

El otro día una lectora se indignó conmigo porque cometí el pecado capital de confesar, en público y por escrito nada menos, que de vez en cuando anhelo, sueño con quedarme media hora sola en casa, aunque sea para escuchar el silencio - voy a tener que empezar a cuidarme no sea que alguien abra un frente para quitarme la custodia de mis hijos-. Y dicha lectora indignada se preguntaba para qué tenemos hijos las desalmadas que luego deseamos librarnos de ellos un rato. Y que incluso osamos pagar a alguien para que nos eche una mano. Y le agradezco que me haya puesto en esta tesitura. Llevo un rato pensándolo, ¿que para que tengo hijos, uno tras otro, y estoy ya camino del tercero? Pues creo que por varias razones, probablemente ninguna muy sensata, pero a mí son las únicas que me sirven:
- para dormirme abrazada a ellos, sobre todo cuando hace calor y huelen a animalito sudado.
- para hacer galletas y llenar la cocina de harina.
- para que me reciban con una carrera y un grito absolutamente cada vez que abro la puerta de casa.
- para poder disputar batallas de espuma en la bañera.
- para hacerles cosquillas en mi cama y partirnos todos de la risa.
- para que me miren, sobre todo cuando tienen entre uno y tres años, con cara de absoluto enamoramiento como nadie me ha mirado, ni me mirará nunca.
-para que me hagan cuestionarme el mundo desde sus orígenes, incluida las glaciaciones y la desaparición de los dinosaurios.
- para que alguien esté convencido, aunque sea sólo durante uno o dos años, que lo sé todo y no tengo miedo de nada.
- para que me regalen dibujos de coches, muchos dibujos de coches.
- para poderme inventar un mundo ideal que contarles.
- y también, para qué negarlo, para disfrutar, mucho más, de los escasísimos momentos de soledad e introspección que este lío en el que me he metido me deja.

Probablemente alguien crea que es irresponsable tener hijos sólo por esto. Pero a mí con esto me basta. Y vosotros, ¿para qué teneis hijos?

El barrio está sucio

Mi hijo mayor me ha salido un defensor a ultranza de la moral y el orden. Y nada le indigna más que pasear por las calles de nuestro barrio, que, la verdad, según el momento de la semana parecen un escenario de una batalla urbana. "Mira, mira qué sucio esta esto". "¿Verdad, mamá, que no está bonito tirar un papel por la calle?", "¿A qué está muy mal pintar en las paredes?" "¿Y con qué han pintado esas letras tan grandes?" ¿Y quién ha roto ese árbol, o será que ha pasado un huracán? ¿Por Madrid pasan huracanes?" "¿Mamá, a que por la calle sólo podemos hacer pis los niños porque a veces no aguantamos a llegar a casa y es mejor hacer pipi en la calle que mearse? "¿Mamá, y por qué entonces hay un señor haciendo pis ahí entre los coches, vive muy lejos y el pobre no llega a su casa?" "Mira, mira, mamá, ¿verdad que no se puede dejar un vaso ahí tirado en la acera, porque puede venir un niño pequeño y cortarse si se rompe, verdad mamá?" "¿Verdad mamá, que si la policía se encuentra al que tiró ahí ese vaso se lo lleva a la cárcel, verdad mamá?" "Mamá, ¿verdad que si el alcalde se entera se va a enfadar mucho?"
Y yo, la verdad que la mayoría de las veces no sé qué responderle.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Trabajar, también, fuera de casa

Voy a decir algo que me llevará al patíbulo del feminismo: para una madre trabajar –fuera de casa, se entiende, dentro trabajamos todas, aunque algunas, eso sí, a jornada completa- es algo así como nadar contracorriente. Cuando no tienes hijos, todo va estupendamente, te parece lo más normal salir de casa a ganarte el pan, que para eso te has preparado, y cuando oyes hablar de las dificultades de ser madre trabajadora te parece que eso es problema de otras con menos agallas que tú. Ja! Hasta que llega el día que te encuentras con uno o dos churumbeles y sientes, de repente, como que el mundo entero se ha confabulado en contra tuya, de tu carrera y de tu ilusa pretensión de desarrollar una carrera profesional. Y ya no te digo nada si las criaturas, arteras como pocas, se ponen a hacerte chantaje emocional, porque los niños, por muy igualitario que sea todo en su hogar, como es en el mío donde el padre y yo siempre hemos trabajado por igual dentro y fuera, parece como si tuvieran grabada en el ADN la división de roles (esto habría que investigarlo). Mi hijo mayor en cuanto aprendió a hablar me soltó esta perla: "Mamita, ¿por qué en vez de ir a trabajar te quedas en casita y me preparas la comidita?" y a mi cada –ita de esos se me clavaba en el alma. Obviamente eso nunca se lo dijo a su padre. Ni se le ocurrió. Y ahora el pequeño, que prácticamente aún no habla, ha cogido la manía de irrumpir a diario en el rincón donde tengo mi minúsculo estudio y trato de trabajar, para chillarle al ordenador: "Malo, malo", y me agarra de la mano, y dice "papa, ahí, mamá, no", y me arrastra al sofá del comedor. Sólo le falta traerme la caja de la costura

lunes, 2 de febrero de 2009

Madre de 14

He tenido que leer la noticia varias veces porque al principio pensaba que no lo estaba entendiendo bien: la mujer que dio a luz a octillizos el otro día en Estados Unidos, una tal Nadya Suleman, de 33 años de edad, tiene ya otros seis hijos de entre dos y siete años. Cinco fieras de entre dos y siete años, y no contenta con eso se hizo implantar ocho embriones, porque se los hizo implantar, no es que la sometieran a tratamiento para que ovulara más y se les fue de la mano la ovulación, como se había pensado en un principio. No, ella pidió que le implantaran los ocho, uno tras otro. Mientras las seis fieras, repito para que se comprenda bien, seis de entre dos y siete años, la esperaban en casa. Con la abuela, o vete a saber con quién, porque Nadya no tiene pareja, o al menos no un padre que ejerza como tal, porque está divorciada y sus 14 hijos (las cifras me están empezando a marear) provienen del esperma de un donante anónimo, o de varios, digo yo. Y la abuela, comprensiva y paciente, justifica todo este delirio procreativo asegurando que a su hija le encantan los niños, que está obsesionada con ellos. Obsesionada. Y tiene 14. Yo diría que a partir de cierto número ya es algo más que una obsesión, es una demencia. Esto confirma mi teoría, en fase de demostración, de que las mujeres nos trastornamos con esto de la maternidad, puede que sea un problema de riego cerebral durante el parto, un exceso de hormonas, pero que nos trastornamos, nos trastornamos, eso es un hecho. Y eso nos lleva a tener un segundo, un tercero, y hasta ocho de golpe. Naturalmente, no quiero decir que yo esté en camino de emular a esta Nadya. Pero sí explica que esté sometiendo a mi pobre cuerpo a este suplicio por tercera vez.

Seguro anti-hijos

Lo último en romperse ha sido el ordenador portátil. Dejó de funcionar la semana pasada y se reinicia una y otra vez. Antes había muerto la impresora, y sobre esto sí que no hay dudas de lo que ocurrió: el enano le dio un puñetazo a los botones y los metió para dentro. Algo parecido debió de hacerle en un despiste nuestro a la cadena de música porque lleva varios meses que no se abre sola y hay que extraer los CDs con un cuchillo. Tampoco funciona el vídeo, creemos que lo rompió al tratar de meter un plátano, quién sabe si aún hay restos dentro. El teléfono inalámbrico funciona a días alternos, y hace muchos meses que no se ven los números en la pantallita. Y la puerta del microondas empieza a cerrar mal desde que al glotóndemenosde unmetrodealto entendió que ese era el lugar mágico donde le preparamos el biberón y de dónde salen todo tipo de manjares calentitos. En general no ha dejado nada intacto, y eso que lo hemos puesto todo en alto, pero da igual. En cuanto nos descuidamos, en una fracción de segundo, arrastra una silla o un taburete, se encarama y aporrea. Son los daños colaterales del negocio este poco rentable de tener hijos.
Así que el sábado nos tocó consagrar el día a comprar un ordenador nuevo, sin todo lo demás podemos sobrevivir, pero el portátil es esencial. Decidir el modelo fue un proceso largo y complicado, como es comprensible en mi actual estado de indecisión aguda (voy a decir algo que me convertirá en objeto de las críticas más furibundas, pero yo creo que a una mujer embarazada habría que inhabilitarla legalmente para que efectue cualquier operación financiera superior a diez euros, por lo menos a mí, habría que prohibirmelo, pero esa es otra historia) y cambiamos de modelo varias veces.
Cuando ya estábamos por fin pagándolo -después de que el sufrido padre de las criaturas neutralizara mi enésimo intento de cambiar de idea-, el dependiente nos ofreció contratar un seguro contra "averías, roturas accidentales, problemas en la mudanza, fractura de la pantalla y derrame de líquidos". Y según lo estaba enumerando, yo sólo lograba ver al otro aporreando, golpeando, tirando, derramando y fracturando. No hace falta que diga que lo hemos contratado, casi ni pregunté el precio: por fin, un seguro antihijos!. Tengo que preguntar cuánto me costaría que algo similar me cubriera toda la casa.

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