viernes, 30 de enero de 2009

Trona de última generación

Cuando nació mi hijo pequeño, mis compañeros de trabajo me regalaron una trona de diseño de una prestigiosa y modernísima marca noruega. En realidad es una silla –en teoría involcable, pero sólo en teoría- sin esa especie de bandeja delantera, porque la idea es que el niño desde temprana edad se siente a la mesa de los mayores, para favorecer su integración y su interacción con el resto de la familia. Eso es lo que dice el folleto, en el que se ve a unos niños rubios monísimos y sonrientes. No sé si los noruegos, tan avanzados y progresistas ellos, por interacción entienden tirarse encima el mantel con la sopa y la ensalada de toda la familia, o meter la mano en la fuente de pasta. En ese caso, es un éxito. Voy a escribir a la casa fabricante a comentárselo y de paso a decirles que tienen que perfeccionar el modelo porque mi hijo ha logrado volcarla él solito, sin ayuda de nadie.

martes, 27 de enero de 2009

Sola en casa

Los niños salen al parque. Con la chica, de ahora en adelante, EVP (Enviada Por la Providencia) o EME (En sus Manos Estamos). El dinero mejor pagado del mundo, repetía siempre mi madre cuando yo era pequeña y éramos tres hermanos muy seguidos y mis padres trabajaban los dos y teníamos chica interna en casa. El dinero mejor pagado del mundo, repito yo ahora que soy mayor y tengo dos hijos no tan seguidos y trabajamos los dos todo el día y si no tenemos interna es porque no nos cabe. Si le sigues subiendo el sueldo, avísame que me quedo yo en casa, me dice mi marido, medio en broma medio en serio. Si le sigo subiendo el sueldo, voy a tener que cambiar la cuenta en la que me pagan mi nómina y dar la suya para que se la paguen a ella directamente. Pero se lo pagaría, aunque tuviera que comer arroz blanco todos los días. Para esto. Para quedarme media hora sola en casa. Vuelve en media hora le he dicho a EVP, que parece que va a llover. Lo que significa que tengo media hora por delante en una casa recogida, con todos los juguetes en su sitio, sin una sola pelota ni un solo coche por el pasillo. Sin restos de comida bajo la mesa. Puedo ir al baño sin mirar al suelo y sin jugarme la vida. Y me puedo sentar yo sola en el sofá. Podría escuchar música (¡¡¡¡¡escuchar música!!!!!), ver en la tele algo que no sea el Disney Channel, llamar a una amiga y charlar con calma, sin que nadie me cuelgue a mitad de la conversación, sin tener que pasarle el teléfono a ninguna personita para que diga uauau, o chille. O podría pintarme las uñas, para dejarlas secar sin tener que agarrar a nadie que practique el doble salto mortal o la caída libre desde la mesa envuelto en el mantel. O comenzar una novela de esa pila de libros sin empezar que tengo esperando en mi mesilla y que no para de crecer, que el día menos pensado se me caen encima y me aplastan. O darme un baño relajante sin tener que dar conversación a dos cabecitas que se inclinan sobre mí y se empeñan en lavarme el pelo con la pasta de dientes. Pero no lo hago. No hago nada. Me quedo tumbada, echada a lo largo, ¡¡todo el sofá para mí!!!, y escucho el silencio. Silencio. No se oye nada. Sólo el zumbido lejano del tráfico y la radio de una vecina. Y hasta el motor del frigorífico se oye. Y, de repente, también una voz aguda que, tras un portazo, chilla “Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, que nos hemos vuelto ya porque está empezando a llover”. Y otra, por detrás, que repite mientras golpea la pared con algo que suena como un martillo,“bober, bober, bober”.

jueves, 22 de enero de 2009

Las secuelas de la maternidad, y la paternidad

Estoy seriamente preocupada por las secuelas que va a dejar en mí esta mala vida insomne. Dos años (y tres meses y diez días) sin dormir bien no pueden pasar indiferentes. Ayer me decía asustado el padre de las criaturas que tenía serias lagunas de memoria. A mí también me ha pasado que he hecho algo y luego lo he olvidado por completo y vuelvo a hacerlo. Quiero creer que, como decía Margaret Atwood, el cerebro se recupera de esta y vuelve a ser el mismo al cabo del tiempo, pero cada día que pasa estoy más convencida de lo contrario. Acabo de ver en Internet el anuncio de un test para averiguar tu edad cerebral, y por un momento me ha tentado la idea, pero luego he decidido que mejor paso de hacerlo porque probablemente me saldrá que es de 93 –con todos mis respetos para los muchísimos nonagenarios que seguro que están mucho más lúcidos y frescos que una-.
Y lo que tengo clarísimo es que las ojeras y las patas de gallo que me han salido en estos últimos dos años no se me van a quitar ya nunca, por mucho que siga dejándome mis dineros en costosas cremas de contorno de ojos –que luego día sí, día no, se me olvida aplicar, todo sea dicho de paso-.

martes, 20 de enero de 2009

Oficinas libres de niños, por favor

En Estados Unidos, donde por cierto no está reconocido un permiso de maternidad como tal, algunas empresas han empezado a animar a las madres para que vayan con sus hijos a la oficina. Si no sabes qué hacer con la fiera, te la llevas contigo. Más de 120 empresas se han apuntado ya a esta moda y sus empleadas van al trabajo con el churumbel bajo el brazo. Sólo espero que esta tendencia, que no sabría decir si es progresista o retrógrada, no llegue nunca a España. Nunca olvidaré la paz y la serenidad que sentí el primer día que regresé a trabajar después de tener a mi primer hijo (habrá quién me llamará madre desalmada por haber estado dichosa en vez de desgarrada por la separación, lo admito y no siento ningún remordimiento por ello). Me parecía estar de vacaciones, o en algún lugar cercano al cielo, con ese silencio y esa paz, que me permitía leer y hablar por teléfono sin interrupciones, un lujo que había olvidado. Así que no puedo imaginarme estar en el trabajo, intentando en vano hacer algo productivo, mientras el enano de turno aporrea el teclado del ordenador, me cuelga el teléfono o rompe los periódicos.
Otra cosa diferente son las guarderías en los lugares de trabajo (convenientemente situadas en otra planta, y con los niños bajo el control de personal cualificado) o el teletrabajo, porque, al fin y al cabo, ahí estás en tu casa. Pero las oficinas, por favor, mantengámoslas como reductos sagrados libres de niños.

viernes, 16 de enero de 2009

¿Infinito es un número?

La otra noche estábamos cenando tranquilamente un plato de pasta cuando mi hijo mayor (seis tiernos añitos) nos soltó a bocajarro: “Mamá, ¿verdad que infinito no es un número?”. A mí casi se me atragantaron los spaghettis al oírlo, y su padre y yo respondimos al unísono. “No”, dije yo. “Sí”, afirmó él. Y nos miramos, como pillados en falta, ante la mirada escrutadora del inquisidor, que insistió sin piedad “entonces, ¿es o no es?”. “No es un número en el sentido de que no se escribe con cifras, así tipo 1, 2, 3”, dije yo tratando, con poco éxito, de sonar muy convincente. “Sí lo es porque expresa cantidad, aunque sea infinita, que quiere decir que es tanta que no se puede contar”, rebatió su padre. Y para tratar de zanjar la espinosa cuestión, le pregunté rápidamente por su clase de kárate (uno de sus temas favoritos, sobre el que puede hablar durante horas).
Mucho me temo que esto de pillarnos así no ha hecho más que empezar... ¿Alguien conoce algún curso acelerado e intensivo de cultura general muy pero que muy general?

martes, 13 de enero de 2009

Problemas de pareja

Los niños crean fricciones en el seno de la pareja. Esto es un hecho innegable, empíricamente comprobado, que debería incluirse en el temario de las clases de preparación al parto (desde aquí hago un llamamiento a las instituciones). Lástima me da a mí cuando veo a todas esas parejas emocionadas por la llegada de su primer hijo, convencidas de que esa pequeña criatura llenará sus vidas de armonía y felicidad. Ja!. Que se preparen. Es lo único que voy a decirles, que tampoco quiero yo que me acusen de agorera.
Las noches en vela y el ritmo demencial de biberones y cuidados varios hacen mella hasta en la pareja más enamorada y compenetrada, que nadie lo niegue. Día tras día la tensión va in crescendo como en una olla a presión. Y, como avisan todos los expertos en catástrofes, hay que saber leer los síntomas. Uno muy alarmante es cuando empiezas a discutir sobre las veces que te has levantado por la noche, o los pañales que llevas cambiados en las últimas horas. Cuando empiezas a echar cuentas, y a decir pues yo ya he cambiado siete hoy, y yo me levanté cinco veces, mientras que tú sólo cuatro, es momento de parar y tomar distancias. El otro día, en medio de una escalada de este estilo, propuse al padre de las criaturas que colocaramos una hoja a la puerta de la habitación del enano para que apuntáramos cada vez que nos levantábamos y así no hubiera dudas al día siguiente. Y de verdad que en ese momento me parecía una idea genial.
Para que no digan que soy una pesimista, voy a dar una razón para el optimismo: lo bueno del agotamiento que te produce un hijo pequeño es que estás demasiado cansado como para ir al abogado a solicitar el divorcio.

lunes, 12 de enero de 2009

Toca comprar zapatos

Aprovechando las rebajas, hoy vamos a comprar zapatos. Para el mayor, que destroza un par de zapatos al mes ( y dos de pantalones). Así que nos echaremos a las calles, de zapatería en zapatería, en busca de La Bota Más Resistente. Hemos probado todas las marcas (que no voy a mencionar aquí porque no estoy dispuesta a hacerles publicidad gratuita) desde las clásicas de toda la vida, incluida una con nombre de animal peludo, hasta otras con nombres de reminiscencias eslavas que suenan a prueba de todo. Y sin éxito. Ninguna bota ha sobrevivido a un invierno en sus pies. Ninguna ha llegado a la primavera, ni siquiera a febrero, ni a las rebajas de enero. En menos de cuatro meses a todas les ha hecho un agujero adelante. No un agujerito cualquiera, sino un verdadero boquete por el que asoman los dedos. Las dependientas me miran como si estuviera loca cuando les pido una bota más resistente, me aseguran que ese modelo concreto que tienen en la mano es “imposible que lo rompa”. No saben ellas que con mi hijo no existe la palabra imposible. Lanzo desde aquí un llamamiento a los fabricantes de zapatos infantiles, sector rentable donde los haya: ¿no podrían fabricar algún modelo con puntera metálica, al estilo de las botas militares?

miércoles, 7 de enero de 2009

Cumpledécadas

Ayer fui mi cumpleaños y de verdad, más que cumplir un año me sentía como si estuviera cumpliendo dos décadas más. Hubiera preferido cumplir años con mayor gracilidad y ligereza, en vez de estar postrada en el sofá, agotada, con los pies en alto para que se me deshincharan los pies, mientras dos fierecillas hiperexcitadas se empeñaban en probar a mi lado una peonza con luces galácticas. Ya sé que debería estar feliz por el regalo que recibiré en este año: una hija. Pero una, cuando está al borde de la muerte por agotamiento, no atina a consolarse con el futuro.

lunes, 5 de enero de 2009

Objetivos para el 2009

Para empezar bien el año voy a dejar constancia por escrito -ahora mismo le mando copia a mi notario- de mi listado de buenas intenciones y metas a cumplir en este 2009. Que serán muy modestas y a corto plazo, porque teniendo en cuenta mi volumen creciente no tiene mucho sentido que me proponga mantenerme en forma, o subir al Klimanjaro, aunque hay determinadas cosas que puede ser incluso más cuesta arriba, muchísimo más, como por ejemplo, y aquí va mi primer propósito, lograr que el enano duerma toda la noche sin tomar biberón.
Ese sería mi principal objetivo, no sé cómo lograrlo y sin duda, voy a requerir apoyo psicológico y moral.
Mis otras intenciones son:
- Hablar con el padre de las criaturas al menos media hora a la semana sobre temas no relacionados ni con los niños, ni con la logística del hogar, ni con el avituallamiento. Y no vale hacerlo en el coche, en pleno atasco, mientras los niños duermen en el asiento de atrás. Tiene que ser media hora cara a cara, y sin fieras gritando en las cercanías.
- Teminar de ver las películas que empiece, aunque sea una al mes. Prohibido devolverlas al videoclub sin terminar.
- Darme crema hidratante en todo el cuerpo después de cada ducha, que con este frío tengo la piel sequísima, y encima hay que embadurnar bien la panza para que no salgan estrías, o eso dicen. Mucha gente pensará que esto no tiene mucho mérito y que debería ponerme objetivos más altos. Eso es porque nunca han tratado de darse crema mientras alguien trata de tirar abajo la puerta del baño.
- Descartar de mi mente la idea de que embarazarme por tercera vez ha sido una locura. Aunque lo sea.
- Asumir la nueva maternidad con entusiasmo e ilusión. La situación no puede empeorar mucho más, total estoy ya sin dormir.
- Dedicar al menos una tarde a la semana a despejar las principales dudas existenciales de mi hijo mayor (si Spiderman es más fuerte que Batman, aunque para esto tendré que hacerme un curso acelerado de superhéroes, si hubo dinosaurios buenos, si los mares pueden secarse, o si los números se acaban).

A los Reyes les he pedido paciencia, mucha paciencia. Y buen humor.

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