En estas primeras semanas tras la reincorporación laboral la gente me pregunta con frecuencia qué tal me organizo con los niños y el trabajo y yo por lo general suelo responder que ‘bastante bien’. Pero siempre, según lo estoy diciendo, acude a mi mente una imagen: ¿Recordáis aquellos acróbatas del circo que iban montados en una bicicleta enana sobre la cuerda floja y además iban haciendo malabares con bolas sin dejar de pedalear? Pues así me siento yo desde que volví al trabajo. Pedaleando en una bicicleta enana sobre la cuerda floja y sin dejar de hacer malabares con varias pelotas. Y sin poder parar nunca, nunca. No se puede dejar de pedalear. Ni de hacer girar las bolas. Que a veces se transforman en antorchas encendidas. Que hay que hacer girar sin parar porque te quemas. Y todo esto al son de la música. Que a veces va más lenta. Y a veces más deprisa. Muchísimo más deprisa. Tiroriroriroriroriro. Y puede ocurrir que se pinche una rueda de la minibicicleta y hay que cambiarla sin caerse de la cuerda floja porque no tienes red. Y sin dejar de hacer malabares. Los malabares no pueden parar nunca. Nunca. Aunque te caigas de la bici, las bolas no pueden parar. Y sigues pedaleando, adelante y atrás. Adelante y atrás. Sin parar un segundo. Y cuando por fin crees que ya lo tienes dominado, que ya está todo controlado, llega el presentador del espectáculo y grita: ¡Y ahora, más difícil todavía! Y te toca ponerte cabeza abajo, pedalear con las manos y hacer malabares con los pies. Y al principio piensas que no vas a poder, que te vas a estrellar contra el suelo. Pero sí puedes. Y la música sigue. Sigue. Y no se te cae ninguna bola. O si se cae, la recoges con tanta velocidad que casi nadie se entera. Y continúas pedaleando. Sin parar.
Pues así me siento yo. Y como yo, todas las demás acróbatas de este Circo Diario.
sábado 5 de diciembre de 2009
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