Hay personas que no soportan a los niños y que llevan muy mal lo de encontrarse en un espacio cerrado con alguno, y aunque nunca lo confiesen abiertamente basta con ver sus caras para darse cuenta de que están a favor del exterminio (o, por lo menos, de la desaparición del espacio público) de todo aquel ser humano que no supere el metro de altura. Son los descendientes de Herodes, y por eso me he decidido a hablar de ellos en este 28 de diciembre, y no hace falta rebuscar mucho para toparse con alguno. Sobre todo en nuestro país, que por desgracia no es precisamente el más apto del mundo ni el más amistoso para con los niños, más bien al contrario. Todos los padres nos hemos encontrado más de una vez en una situación de mayor o menor hostilidad hacia la infancia, encarnada coyunturalmente por uno de nuestros encantadores churumbeles. Como cuando llamas para hacer una reserva en un restaurante, y explicas que, además de los adultos, va un niño pequeño que se sentará a la mesa, pero no comerá, y que además también lleváis una silla de niño, en la que va un bebé que no es el otro niño, que sí se sentará a la mesa. Y notas cómo que la voz del que te toma la reserva se va volviendo gélida, y al llegar al restaurante ves que os han puesto al fondo del todo, junto a los lavabos, prácticamente en la zona de almacén y debajo del aparato de aire acondicionado.
O en el avión, cuando llevas a tu hijo de año y medio atado a ti (porque hasta los dos años no tiene derecho a un asiento propio y tiene que ir amarrado a ti con su propio cinturón de seguridad) y tratas de reducirlo, a ser posible sin que te rompa una costilla ni te desvíe el tabique nasal, porque a ver quién logra inmovilizar a una fierecilla similar así durante la media hora larga que dura el descenso y el aterrizaje, que nunca deseaste tanto que se apagara la lucecita que indica que hay mantener de «mantener abrochado el cinturón de seguridad». Y en medio de este combate cuerpo a cuerpo, se da la vuelta la señora de delante y te dice que por favor no le de patadas el niño en el respaldo. Tú le pides perdón, aún sabiendo que tu fierecilla no sólo no parará hasta que no la liberes, sino que su furia va a ir in crescendo, y con ganas te quedas de decirle a la señora que la próxima vez se pague un billete en primera clase para que nadie le moleste por detrás. O en otra ocasión, al final de un vuelo trasatlántico, que, si para un adulto se hace eterno, imagínate para un niño, se te acerca un señor y te dice que a ver si la próxima vez le das un tranquilizante a tu hijo «para que no sufra tanto, el pobre».
O un día que decides viajar en tren con los niños, que al fin y al cabo es el medio de transporte más adecuado para ellos, porque se pueden levantar, ir al baño, ver el paisaje y los animalitos por la ventanilla y además los asientos tienen una mesita. Para hacerlo más llevadero, te vas pertrechada con todo los entretenimientos posibles (libros, pinturas, pegatinas, coches…) para que vayan ocupados y tranquilos el mayor tiempo posible. También te llevas recompensas para poder sobornarlos y comprar su silencio cuando se hayan hartado de los diferentes entretenimientos (caramelos, piruletas, zumos con pajita y otras delicias que están vetadas en casa). Y así vas capeando el viaje, con tanto éxito que en las primeras dos horas no han levantado la voz, ni se han pegado, ni han llorado. Estás encantada, y orgullosa de ir manejando tan bien la situación. Pero claro, son niños, y tampoco se puede pretender que vayan callados como tumbas, y algo hablan, y también te preguntan, para que no hicieran preguntas tendrías que drogarlos y amordazarlos, y ni siquiera aun así lograrían estar callados. Y en la última hora pues ya se empiezan a poner un poco pesados, pero tampoco nada del otro mundo. En definitiva el viaje no está yendo mal, y tú estás bastante satisfecha. Pero, poco antes de llegar, una señora se levanta de su asiento, resoplando, y suelta al aire, como hablando para sí misma, pero con la intención de que la oiga todo el vagón: «Vaya viajecito nos están dando!» Y tú te quedas mirándola, perpleja, sin saber bien qué decirle, si: «¿A usted de verdad le parece que se han portado mal?, porque han hecho un viaje de premio», o pasar directamente a la confrontación con un: «Seguro que usted nunca fue niña, y nació ya tan gorda, tan malhumorada y con tanto bigote como ahora, ¿verdad?». Pero decides callarte y mirar para otro lado, como si no hubieras oído nada.
Quizá lo sería mejor para evitar estas situaciones sería que hubiera vagones, o salas, o zonas de vuelo especiales para los niños, como las zonas de fumadores de antaño. Aunque, igual que pasaba con el humo entonces, que hasta los fumadores más empedernidos acababan hastiados, también la excesiva concentración de niños podría llegar a ser también insoportable.
Hay agencias de viajes que han comenzado a programar viajes sólo para familias con hijos. Aún es pronto para ver si se han dado casos de abandono infantil en alguno de ellos. Por otra parte, también hay hoteles que no aceptan menores. Y me parece adecuado, porque si pagas un pastón por irte de relax a una playa perdida, lo último que quieres es que te arruinen la paz una panda de enanos tirándose en bomba en la piscina o gritando en la arena. Aunque con frecuencia ocurre suele ocurrir que en esos hoteles, donde suele funcionar el todo incluido, hay adultos que, en su intento de amortizar en la barra libre el coste de sus vacaciones, montan más escándalo que una clase entera de primero de infantil primaria en su visita al zoo. Pero es otra cuestión que aquí no viene aquí a cuento.
lunes 28 de diciembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)






7 comentarios: