lunes, 28 de diciembre de 2009

Complejo de Herodes

Hay personas que no soportan a los niños y que llevan muy mal lo de encontrarse en un espacio cerrado con alguno, y aunque nunca lo confiesen abiertamente basta con ver sus caras para darse cuenta de que están a favor del exterminio (o, por lo menos, de la desaparición del espacio público) de todo aquel ser humano que no supere el metro de altura. Son los descendientes de Herodes, y por eso me he decidido a hablar de ellos en este 28 de diciembre, y no hace falta rebuscar mucho para toparse con alguno. Sobre todo en nuestro país, que por desgracia no es precisamente el más apto del mundo ni el más amistoso para con los niños, más bien al contrario. Todos los padres nos hemos encontrado más de una vez en una situación de mayor o menor hostilidad hacia la infancia, encarnada coyunturalmente por uno de nuestros encantadores churumbeles. Como cuando llamas para hacer una reserva en un restaurante, y explicas que, además de los adultos, va un niño pequeño que se sentará a la mesa, pero no comerá, y que además también lleváis una silla de niño, en la que va un bebé que no es el otro niño, que sí se sentará a la mesa. Y notas cómo que la voz del que te toma la reserva se va volviendo gélida, y al llegar al restaurante ves que os han puesto al fondo del todo, junto a los lavabos, prácticamente en la zona de almacén y debajo del aparato de aire acondicionado.
O en el avión, cuando llevas a tu hijo de año y medio atado a ti (porque hasta los dos años no tiene derecho a un asiento propio y tiene que ir amarrado a ti con su propio cinturón de seguridad) y tratas de reducirlo, a ser posible sin que te rompa una costilla ni te desvíe el tabique nasal, porque a ver quién logra inmovilizar a una fierecilla similar así durante la media hora larga que dura el descenso y el aterrizaje, que nunca deseaste tanto que se apagara la lucecita que indica que hay mantener de «mantener abrochado el cinturón de seguridad». Y en medio de este combate cuerpo a cuerpo, se da la vuelta la señora de delante y te dice que por favor no le de patadas el niño en el respaldo. Tú le pides perdón, aún sabiendo que tu fierecilla no sólo no parará hasta que no la liberes, sino que su furia va a ir in crescendo, y con ganas te quedas de decirle a la señora que la próxima vez se pague un billete en primera clase para que nadie le moleste por detrás. O en otra ocasión, al final de un vuelo trasatlántico, que, si para un adulto se hace eterno, imagínate para un niño, se te acerca un señor y te dice que a ver si la próxima vez le das un tranquilizante a tu hijo «para que no sufra tanto, el pobre».
O un día que decides viajar en tren con los niños, que al fin y al cabo es el medio de transporte más adecuado para ellos, porque se pueden levantar, ir al baño, ver el paisaje y los animalitos por la ventanilla y además los asientos tienen una mesita. Para hacerlo más llevadero, te vas pertrechada con todo los entretenimientos posibles (libros, pinturas, pegatinas, coches…) para que vayan ocupados y tranquilos el mayor tiempo posible. También te llevas recompensas para poder sobornarlos y comprar su silencio cuando se hayan hartado de los diferentes entretenimientos (caramelos, piruletas, zumos con pajita y otras delicias que están vetadas en casa). Y así vas capeando el viaje, con tanto éxito que en las primeras dos horas no han levantado la voz, ni se han pegado, ni han llorado. Estás encantada, y orgullosa de ir manejando tan bien la situación. Pero claro, son niños, y tampoco se puede pretender que vayan callados como tumbas, y algo hablan, y también te preguntan, para que no hicieran preguntas tendrías que drogarlos y amordazarlos, y ni siquiera aun así lograrían estar callados. Y en la última hora pues ya se empiezan a poner un poco pesados, pero tampoco nada del otro mundo. En definitiva el viaje no está yendo mal, y tú estás bastante satisfecha. Pero, poco antes de llegar, una señora se levanta de su asiento, resoplando, y suelta al aire, como hablando para sí misma, pero con la intención de que la oiga todo el vagón: «Vaya viajecito nos están dando!» Y tú te quedas mirándola, perpleja, sin saber bien qué decirle, si: «¿A usted de verdad le parece que se han portado mal?, porque han hecho un viaje de premio», o pasar directamente a la confrontación con un: «Seguro que usted nunca fue niña, y nació ya tan gorda, tan malhumorada y con tanto bigote como ahora, ¿verdad?». Pero decides callarte y mirar para otro lado, como si no hubieras oído nada.
Quizá lo sería mejor para evitar estas situaciones sería que hubiera vagones, o salas, o zonas de vuelo especiales para los niños, como las zonas de fumadores de antaño. Aunque, igual que pasaba con el humo entonces, que hasta los fumadores más empedernidos acababan hastiados, también la excesiva concentración de niños podría llegar a ser también insoportable.
Hay agencias de viajes que han comenzado a programar viajes sólo para familias con hijos. Aún es pronto para ver si se han dado casos de abandono infantil en alguno de ellos. Por otra parte, también hay hoteles que no aceptan menores. Y me parece adecuado, porque si pagas un pastón por irte de relax a una playa perdida, lo último que quieres es que te arruinen la paz una panda de enanos tirándose en bomba en la piscina o gritando en la arena. Aunque con frecuencia ocurre suele ocurrir que en esos hoteles, donde suele funcionar el todo incluido, hay adultos que, en su intento de amortizar en la barra libre el coste de sus vacaciones, montan más escándalo que una clase entera de primero de infantil primaria en su visita al zoo. Pero es otra cuestión que aquí no viene aquí a cuento.

7 comentarios:

  1. yo justo ayer volví en tren con mi hijo, y sí, habló y chilló todo el viaje, pero nosotros volvimos tan contentos porque, uno no se había dormido (era importante mantenerlo despierto para que luego cogiera la cama con sueño) y dos no le había pegado a nadie... lo que opinó el resto del pasaje me lo puedo imaginar... pero yo también he viajado muchos años sola y odiaba que me tocara cerca un niño pequeño, son un coñazo, qué le vamos a hacer... otras viejitas les sonríen y les dicen que ellas también tienen nietos, ésas son las que me gustan...

    ResponderEliminar
  2. Me considero una persona con muuuucha paciencia, pero he de reconocer que en ciertos viajecillos hubiera lanzado al crío de detrás por la ventanilla, mejor dicho, hubiera lanzado a sus padres ya que como tú considero que hay niños más tranquilos que otros, pero al fin y al cabo son niños.
    Por lo que veo, tu al menos intentas que estén "razonablemente" tranquilos, pero parece ser que hay muchos padres que no asistieron a esa clase (a lo mejor estaban en la barra libre de algún hotel, jajaja)

    Un saludo y Feliz 2010!

    ResponderEliminar
  3. Que razón madre mia, mas que un santo!!! y luego quieren que suba la tasa de natalidad, si te miran como si fueras un extraño y con cara de pena porqeu vas con tres niños. Ahora yo paso, mis hijos a veces se han portado mal sobretodo en misa, y muy amablemente le he dicho a la señora que me ha mirado que por eso me pongo detrás para que no molesten y que si le molestan que lo siento y que se ponga en primera fila. Es que me pone mala, porque seguro que también fueron niños con ganas de jugar, de chincharse uno a otros, de hacer gracietas pero al final se han convertido en personas amargadas.
    BS

    ResponderEliminar
  4. Tienes toda la razón, y yo no me dí cuenta de eso hasta que tuve a mi enano, porque yo era la primera que resoplaba cuando me tocaba cerca de una mesa con niños en un restaurante, y mucho más en un avión! Cuando tuve que viajar sola con mi peque de 15 meses sufrí el despegue más largo del mundo, creo que duró casi una hora, y maldecí al señor de delante, que se daba la vuelta con gesto iracundo cada vez que mi enano le daba una patada en las costillas... enhorabuena por este blog tan divertido

    ResponderEliminar
  5. las patadas en la silla del avion, las odio!! por esto estoy mirando todo el rato a mi niña para que ella no lo hace. Ademas tu bebe si tiene derecho a una silla en el avion, si pagas por una silla.

    ResponderEliminar
  6. Ya lo dicen, hay dos tipos de niños, los tuyos y los insoportables! Y que razón tienen. Por que no nos engañemos, la naturaleza es sabia y seguro que algún tipo de hormonas se nos segregan para que no nos los comamos, porque sino no se entiende.
    Estas fiestas lo pensaba en las comidas/cenas que hemos hecho com amigos y hijos incluidos. Me sentía culpable porque solo deseaba que aquello acabase. Yo reconozco que mis hijos son movidos y a veces insoportables, pero no se porqué con los de los demás mi paciencia se agota antes, y si no fuese porque te contienes y intentas pensar que son niños, más de una vez los hubiese empaquetado con padres incluidos.

    Si alguna vez vienes por Catalunya, te recomiendo unos hoteles que se llaman Village Rural y que hay en tres pueblos: Sant hilari Sacalm, Cardona y Arnes. Están pensados para familias con hijos en la naturaleza pero cerquita del pueblo, con monitores que montan actividades, con espacios amplios para que puedan correr y saltar y buffet bastante bueno. Nosotros hemos estado estas Navidades y se lo han pasado genial. Eso sí, has de estar dispuesta a aguantar a los hijos de los otros, porque las horas de las comidas aquello parecía una guardería (peor, porque ya sabemos que a los padres nos toman el número).

    Un abrazo, hace tiempo que te leo, me alegro mucho que hayan todavía valientes que se atreven con tres. Yo tengo dos de 4 y medio y 2 años y aunque me haría mucha ilusión el tercero mi marido dice que le ha pedido a los reyes una vasectomía. En fin, que el tiempo dirá. Isabel.

    ResponderEliminar
  7. Hombre, yo creo que la sabiduría está en algún punto intermedio. A mí no me cabrea que un niño se ponga pesado en el tren o en el avión, sino que sus padres pasen completamente de las molestias que pueda estar causando. Si veo a un bebé llorando y a una madre apurada por hacerle callar, no tendrá más que miradas de comprensión por mi parte, por mucho que me reviente los tímpanos el berrido del crío. Y lo mismo me pasa con niños inquietos, con berrinche o ganas de gritar. Si los adultos responsables están haciendo lo que pueden, pues qué le vamos a hacer, los niños son así. Lo que me saca de mis casillas es ver a niños descontrolados, gritando y trepando a los asientos mientras sus padres ven la peli o leen su libro sin hacer el menor esfuerzo por minimizar el coñazo que están dando.

    ResponderEliminar

Compártelo