martes 15 de diciembre de 2009
Cara a cara
Voy a decir algo que nunca debería decir una madre de familia numerosa: Me encanta estar con un solo hijo, dedicarle toda mi atención a uno y ser la única merecedora de sus gracias y/o trastadas. Se supone que debería disfrutar sobre todo con la tropa al completo, que también –una cosa no quita la otra- y seguro que los padres de hijos únicos me dirán, pues habértelo pensado antes. Pero imagino que es normal anhelar lo que raras veces se tiene. Me pasa con cualquiera de los tres, que me encanta tener a uno para mí sola, cara a cara, sin testigos ni interrupciones. Todo un lujo poder quedarme a solas con uno, para atesorar con egoísmo cada una de sus palabras y de sus gestos, y ser yo la única receptora de sus monólogos y sus achuchones. Con la bebé me encanta retozar como una osa con su cachorro, comérmela a besos, repasar todos y cada uno de sus pliegues, y provocar con tonterías sus carcajadas cristalinas hasta que le acaba entrando hipo de tanto reírse. Mientras que con los otros churumbeles, ya más reacios a los besos, lo que más me gusta de todo es dejarles parlotear para ver hasta dónde llega su verborrea surrealista. Sobre todo cuando vamos por la calle para que me comenten la vida en directo y descubran el mundo de mi mano. “Mira, mamá, como es otoño viene un mostuo mu´ rrrande y se lleva las hojas de los árboles. Pero no lleva capa, porque la capa la tiene Spiderman, que es muy bueno y trae chololates a los niños”, me va contando el mediano una mañana que lo llevo a él solo a clase porque ese día entra más tarde que su hermano. Y habla tanto y tan seguido, y desde tan bajito, que a veces me cuesta entenderle bien y tengo que caminar ligeramente inclinada hacia él para oírle todo, porque si me pierdo algo se enfada. “Mamá, ¿Y por que Spiderman viene sólo en otoño?”, pregunta con esa curiosidad irrefrenable de los tres años. Y yo le respondo entonces, tratando de sonar convincente y sin importarme lo más mínimo que me escuche alguien, lo primero que me viene a la cabeza, que porque en verano Superman se va de vacaciones como todo el mundo y regresa en otoño para ayudar a recoger las hojas caídas al suelo. Y que sí, naturalmente que tengo el teléfono de Superman, cómo no voy a tenerlo, y que esta misma noche le llamo después de la cena. Y le aprieto aún más fuerte su mano regordeta y generalmente sudada, como si así pudiera retener para siempre este momento. Y le coloco en los hombros la mochilita, que se le va cayendo pero que no deja nunca que se la lleve porque él ya es mu´ rrande.
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