Llevábamos varias semanas, incluso meses, sin salir de casa. Pero este fin de semana, como era un poco más largo, decidimos vencer la pereza que nos produce el movilizarnos con la prole y marcharnos de puente. Para descansar un poco. Relajarnos y olvidarnos por un par de días del trajín diario. Ja. Para resumir diré que de las dos horas y media que duró el viaje en coche, la niña, que estaba recién comida, recién cambiada, con ropa cómoda, y sin frio ni calor, lloró dos. No, mejor dicho, no fueron lloros exactamente, no, ojalá, sino unos gritos recién estrenados que me hicieron concebir vanas ilusiones de haber traido al mundo una cantante de ópera. O de heavy metal.
Y no hubo ni chupete, ni juguete, ni cántico, ni gracia que le hiciera calmarse. Y para colmo este concierto se produjo cuando estábamos atravesando un páramo en el que no hay ningún sólo lugar donde pararse en 80 kilómetros de autopista (aprovecho desde aquí para lanzar un llamamiento a Iberpistas, la empresa concesionaria, para que estudie la posibilidad de hacer algo al respecto, se trata concretamente de un tramo entre Villacastín hasta unos 40 kilómetros antes de Salamanca. Si alguno de sus responsables tiene dudas sobre la necesidad de habilitar un lugar donde pararse, les invito a acompañarnos en uno de nuestros 'entretenidos' desplazamientos familiares). En varias ocasiones traté de convencer al padre de la criatura para que parara en el arcen, pero era noche cerrada y no parecía una idea muy sensata. Cuando por fin encontramos un lugar señalizado para parar, con la niña ya congestionada y la respiración entrecortada, el padre de las criaturas salió del coche y se echó a andar entre los camiones con una furia tal que por un momento pensé que era la última vez que íbamos a verle y ya imaginé y todo cómo les iba a explicar a sus hijos el día de mañana el momento aquel en que vimos a su padre por última vez en un área de servicio de Ávila en una noche oscura con mucho viento.
De tan agitada que estaba la niña, no había manera humana de calmarla, ni siquiera enchufándola a la teta. Si hubiera habido un motel de carretera de verdad que me habría quedado allí a dormir con toda la proles. Pero no lo había, como tampoco una cafetería donde ir a tomar algo a esperar que la niña se calmara. Nada. Sólo un banco en medio de la estepa. Con el viento gélido que soplaba huracanado no me atreví a salir del coche. Y dentro del coche la niña no lograba calmarse. Así que cuando, contra todo pronóstico, regresó el padre de las criaturas de tomar un poco el aire, continuamos camino jurándonos cada uno que Nunca más. No os digo más que lo primero que hice al llegar a nuestro destino fue ir a la estación de tren a comprar un billete para regresar con la niña. Y ayer nos volvimos ella y yo en tren, estupendamente. Ni se la oyó en todo el trayecto, se dedicó a repartir sonrisas. Sobre todo a los chicos.
martes 10 de noviembre de 2009
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