Una amiga que tiene un hijo de dos años y medio me contó hace poco que había ido a comprarse un libro en el que se explicaba cómo hablarle a los niños pequeños de las partes sexuales, los diferentes nombres que había que darles. Y me preguntaba cómo se lo habíamos nosotros explicado a los n uestros. Yo me quedé perpleja y no supe qué responderle. La verdad que me sorprendió que existiera un libro tan específico y más aún que insistiera en la necesidad de llamar a las cosas por su nombre: al pene, pene, a la vulva, vulva. Me pareció un poco exagerado, pero me guardé muy mucho de decírselo a mi amiga. Haciendo memoria creo que nunca surgió el tema con el mayor, al menos no para necesitar un libro donde me explicaran los nombres. Sí recuerdo que atravesó una etapa de mucho interés por los órganos sexuales masculinos, aprovechando esa facilidad de los niños para meterse en cualquier parte, observaba a los mayores hacer pis, y llegó incluso a coger el hábito de hacer comparaciones del tipo “el pito tuyo es más pequeño que el de…”, costumbre que cortamos de raíz por las situaciones tan embarazosas en las que iba a meternos. Pero lo que es preguntar por los nombres de los órganos sexuales, pues nunca surgió. ¿Tendrá mi hijo primogénito una laguna irreparable en su educación sexual? ¿Debería sacar yo el tema y contárselo?
El caso es que a los pocos días, cuando ya casi se me había olvidado el tema, el otro enano -tres tiernos añitos- al que había puesto a jugar con construcciones en el baño para que estuviera entretenido mientras yo me duchaba, se me quedó mirando con cara de sorpresa cuando me secaba y me preguntó: “¿Mamá no tiene pito? “¿Y qué tiene?” “¿No tiene nada? ¿Puedo ver?”. Me quedé perpleja y en cuanto tenga un segundo libre voy a llamar a mi amiga, que seguro que se ha estudiado ya todo el libro y lo ha puesto en práctica con su hijo, para que me diga qué tengo que responderle.
lunes 30 de noviembre de 2009
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