Durante el permiso de maternidad se hacen muchas cuentas. Muchísimas. Las primeras, para calcular el tiempo que podrás estar con tu criatura recién estrenada. Así empiezas a calcular hasta cuándo puedes estirar esas 16 semanas que nos pagan en este país a las trabajadoras por cuenta ajena para que estemos con nuestros churumbeles. 16, que aunque suene mucho, no corresponde ni a cuatro meses. Si trabajas en una empresa generosa, quizá te den alguna más a partir del tercer hijo. Luego puedes acumular los días de lactancia, que suelen ser unos veintipico, dependiendo de si luego sumas vacaciones o excedencia (en cuyo caso te restarán días de los veintipico de lactancia). Calendario en mano sumas esos días de lactancia, primero sin vacaciones, luego con vacaciones. Decides añadirle todas las vacaciones, pero aún te sigue pareciendo poco y aquí es donde aparece la angustia ante la eventual separación de tu bebé. Y empiezas a darle vueltas a la idea de pedirte algún tiempo de excedencia. Tiemblas por tu trabajo –“con lo mal que está todo, la de gente que están echando, ¿estás segura de que es buena idea?”; te pregunta una amiga- pero más terror te produce la separación de tu bebé. Y no sabes qué te está pasando porque con tu anterior hijo no te produjo tanta angustia el volver a trabajar, que casi lo viviste como una liberación el salir de casa y dejar de escuchar llantos. Pero ahora no. No soportas la idea de dejarlo. Y sigues haciendo cuentas. De estudiarte el calendario, que te sabes de memoria en qué cae cada semana del año, pasas a memorizar el estado de tu cuenta bancaria para saber con exactitud cuáles son tus gastos y el dinero exacto que necesitas para sobrevivir y alimentar a la prole. En función de esto te pedirás algún mes de excedencia. Y fantaseas incluso con la reducción de jornada. Hasta con dejar el trabajo. No te lo puedes permitir, pero aún así echas cuentas. Calculas por cuanto te va a salir el cuidado de la criatura (no tienes familia cerca así que necesitas un presupuesto importante para cuidadora en casa o escuela infantil, en cualquier caso, una pasta). Y no acabas de encontrar la solución. Vuelves a hacer cuentas. Desde el principio. Y no te acaban de cuadrar. Piensas que debería haber otras formas para solucionar este trago, pero no sabes bien cuáles.
P.S. Servidora, después de hacer todas estas cuentas una y otra vez y de acumular todos los días acumulables, se reincorporó ayer al trabajo. Con una pena muy grande, para qué negarlo.
martes 3 de noviembre de 2009
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