La familia entera llevaba varios días vigilando la evolución del diente. Un incisivo central inferior. El primero que se le movía. A casi todos sus amigos se les había caído ya algún diente, incluso a algunos ya varios, mientras que los suyos seguían fijos como si les hubieran puesto cemento. Y no paraba de preguntar cuando se le iban a caer a él, temeroso de que no fuera a ocurrir nunca. Hasta que por fin uno de abajo empezó a moverse un buen día y así estuvo durante casi dos semanas hasta que estuvo ya pendiente de un hilo. Y de repente, su padre durante un paseo por el campo se fijó en que ya el diente no estaba en su lugar.
“Se te ha caído el diente”.
“Noooo”, chilló él, comprobando con la lengua y después con los dedos sucios de tierra que efectivamente el incisivo había desaparecido dejando un hermoso hueco en su lugar, ante lo cual se puso a llorar desconsolado. “Ahora ya no va a venir el Ratoncito Perez, ya no viene!!!!!!!!!!!!!!! “
“Te lo has debido de tragar al comer la manzana”, explicó prosaicamente su padre, logrando sólo que se agudizaran los llantos y los gritos de desesperación.
Ante tal situación, se hizo necesaria una reacción de urgencia. Ahí es cuando se pone a prueba a los padres. “Le podemos escribir una carta al Ratoncito Perez explicándole lo que ha pasado”, dijo la madre sin mucha convicción . “No, eso no va a funcionar, porque a lo mejor el Ratoncito no sabe leer, es mejor buscar una piedra que parezca un diente y ponerla bajo la almohada”, replicó el padre con inaudita rapidez. Al oírlo el desdentado paró de llorar por un segundo y miró a su padre con expectación. La madre pensó si sería acertado enseñar a su hijo a hacer trampas, pero decidió que era una situación especial que requería de medidas especiales, y se puso ella misma a buscar piedras. El desdentado, limpiándose las lágrimas y sorbiendo los mocos, enseguida se unió a la búsqueda, hasta que dieron con un par de ellas que podrían pasar por colmillos. “Como es de noche, el ratoncito no se va a dar cuenta de que es una piedra”, asegúró ya sin ningún remordimiento la madre, que con mucha previsión tenía preparado un flamante album de pegatinas desde que el diente empezó a moverse.
Al llegar a casa eligieron una de las dos y la limpiaron con un cepillo de uñas hasta que quedó reluciente, y procedieron a meterla con cuidado bajo la almohada. Al desdentado le costó aceptar que no hacía falta dejar abierta la ventana de la habitación, porque al fin y al cabo un ratón puede entrar por cualquier parte. Y finalmente logró dormirse, sin meter las manos debajo de la almohada como hace habitualmente, no se fuera a perder el falso diente.
No había salido el sol todavía cuando el desdentado se despertó y lo primero que hizo fue deslizar la mano bajo la almohada para encontrar el anhelado álbum de pegatinas, que enseño a su hermano después de despertarlo sin conmiseración, y luego a sus padres, que sin duda ardían en deseos de saber si el Ratoncito Pérez se había tragado lo de la piedra. “Mirad, el ratoncito se lo creyó!!! Me ha traído un álbum. Mirad que bonito”. A los padres medio dormidos les costó un poco al principio mostrar sorpresa y entusiasmo, pero enseguida concordaron que el album era francamente bonito y que era un suerte que el Ratoncito no se hubiera dado cuenta del eñgaño.
A medida que pasaba el día, la sombra de la duda fue sin embargo apareciendo en la cabeza del desdentado. ¿Y por donde habrá entrado el ratón? ¿Y cómo sabía que se me había caído un diente?¿Y si al hacerse de día se da cuenta de que era una piedra y no un diente? ¿Qué hace con los dientes de los niños el Ratoncito Pérez? ¿Mama, no me habras comprado tú el álbum?
Pero todas las dudas desaparecieron por la noche al comprobar que ya se estaba moviendo otro diente! Y que dentro de poco volvería a venir el Ratoncito Perez, o quien fuera.
lunes 5 de octubre de 2009
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