martes 13 de octubre de 2009
El primer porrazo
No hay padre o madre al que no le haya ocurrido que el bebé se caiga de la cama y se dé un cosco en la cabeza contra el suelo. Suele ocurrir en el momento más tonto, cuando quizás has bajado la guardia para alcanzar un libro, o para terminar de ponerte el pijama, y el enano, al que has dejado en el centro de la cama a casi un metro del borde, aprovecha para catapultarse al vacío. No logras entender cómo lo ha hecho, porque no tiene ni seis meses, y no gatea, prácticamente ni siquiera repta. Pero ha subido las piernas hacia arriba y con el impulso se ha propulsado fuera del colchón. Y el golpe seco de su cabeza contra el suelo te congela la sangre en las venas. Le coges en una fracción de segundo y tratas de calmarlo, pero llora desesperadamente. Al rato aún sigue llorando, a ti te corroe el remordimiento por tu distracción, y te pasan por la cabeza todo tipo de pensamientos atroces sobre las posibles consecuencias de un golpe tan fuerte en la cabeza de un bebé, que aún debe de tener el cráneo blandito, que seguro que aún no se ha acabado de formarse bien, que lo mismo con el golpe hasta se le ha abierto el agujero ese que tienen en la cabeza los recién nacidos y que nunca te acuerdas de cómo se llama. Para tranquilizarte decides llevarlo a urgencias, aunque casi temes que te denuncien por malos tratos. El médico de guardia, con cara de ‘aquí tenemos a otra madre primeriza atacada de los nervios porque en un descuido se le ha caído el niño’, te dice, con una crueldad completamente innecesaria con la que sin duda quiere hacerte pagar el que le hayan levantado de la cama, que le observes con mucha atención y que si notas algún comportamiento extraño o convulsiones (a ti te entran sudores fríos de sólo oír la palabra) lo traigas de nuevo al hospital. Sales de allí torturada por la culpa. Cuando llegas a casa el niño se ha dormido ya, no sabes si de agotamiento o por las secuelas del golpe. No logras pegar ojo, cada cinco minutos te levantas y te acercas a la cuna a ver si respira, que para algo te ha dicho el médico que le observes con atención. Estás tentada de despertarlo para ver si reacciona, no sea que en vez de dormido esté inconsciente, pero te contienes. Le tocas, compruebas que todo está bien, que su respiración es normal, y ni aún así logras dormir. Cuando por fin, de madrugada, el sueño finalmente te vence tienes pesadillas. Por la mañana nada más despertarte corres a comprobar si sigue vivo. Tardarás casi una semana en quitarte el susto del cuerpo y no le volverás a dejar suelto un segundo.
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