Reconozco que no estaba preparada para esto. El año pasado al entrar en la guardería (perdón, escuela infantil) lloró muchísimo, desconsolada y desesperadamente durante más de un mes. Nos dejamos todos el corazón en aquellas despedidas desgarradoras. Y yo, pobre ingenua, pensaba que con eso ya estaba inmunizado para esta vuelta al cole. Que es además, con sus tres años recién cumplidos, la primera vez en “el cole de los mayores”, es decir, el de su hermano. Y por eso llevaba todo el verano emocionado hablando de que iba a ir al de mayores a jugar al “macesto” (su propia versión del baloncesto, no me preguntéis por qué lo llama así). Así que no tuvimos que hacer mucho para que se entusiasmara con la idea. Más difícil ha sido la preparación física, para que no se haga pis en el calzoncillo, porque este verano ha vuelto a hacérselo encima (algo que no ocurría desde hace meses). Y ya nos lo advirtieron bien a los padres en la reunión: si no controla esfínteres perfectamente, lo mandan a casa. Esa es la obsesión de todos los padres con niños de tres años: el control de los esfínteres. Y ya sé que tienen ya tres años, y que no se les debería escapar, pero por Dios, ¡¡¡tres años!!!, si hace nada que eran bebés… Pero bueno, a ver qué remedio, es el precio de la bendita escolarización. También nos ha tocado insistir en el entrenamiento alimenticio, porque ha empezado a tardar una eternidad en acabarse la comida (sí, él, que devoraba en pocos instantes todo lo que se le ponía delante)y como no espabile nos va a tocar levantarnos a las seis de la mañana para que vaya desayunado. Seguro que todo esto tiene una explicación psicológica, que si siente celos de la hermana, del hermano, que si está sufriendo una regresión, que si echa de menos el espacio perdido, que si experimenta un rechazo a hacerse mayor…. Su razón tendrá, que no lo niego, pero yo sólo sé que hoy me he encontrado el primer día de cole con una fiera que se hace el pis de nuevo encima y que tarda una media de 45 minutos en terminar la comida y que casi se deshidrata llorando a la entrada del cole. Me lo ha tenido que quitar de encima la profesora porque se aferraba a mí como un koala desesperado. Y entonces entendí que sí, él tenía muchas ganas de ir al cole de mayores, pero eso suponía ir a la clase de su hermano, no a una con enanos llorones como él.
Y cuando le fui a buscar a las dos horas (porque durante toda esta semana sólo irá dos horitas) me recibió con el castigo de su indeferencia. Yo pensaba que se echaría a mis brazos llorando, pero se limitó a contemplarme sin pestañear, como si no me reconociera. Dos veces tuvo que preguntar la maestra "¿De quién es esta mamá?" para ver si reaccionaba.
La que necesitaría ahora apoyo psicológico soy yo. Aunque la verdad que este año me ha afectado menos que el pasado. Me estoy volviendo una tipa dura.
lunes 14 de septiembre de 2009
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