Si puedo evitarlo, no voy de compras con los niños. Como mucho, hago alguna compra rápida, en la droguería, o en sitios así poco atractivos para la infancia. Desde luego, a no ser que tengamos la nevera completamente vacía evito entrar en el supermercado con ellos, porque se les va antojando todo a su paso y me van metiendo de todo en el carrito o en la cesta, especialmente al llegar frente a las cajas donde está expuesto todo un muestrario de chucherías, que es algo que tendría que estar prohibido por alguna ley europea. Voy a escribir ya mismo al Parlamento Europeo para que hagan algo al respecto y se pueda ir con niños a hacer la compra. A menos de un metro de altura sólo debería haber productos aburridos y que carezcan de interés para la infancia como compresas, latas de conserva y congelados de verduras.
Y lo que absolutamente nunca hago es irme a comprar ropa con ellos, porque eso requiere un estado mental de total concentración en una misma, absoluto ensimismamiento y egocentrismo, y eso es muy difícil de lograr con varias criaturas chillando, pegándose o arrancando etiquetas a diestro y siniestro. Pero hay veces que simplemente no te queda más remedio, porque necesitas algo urgentemente, o porque, camino o regreso del parque (siempre del parque, ese destino diario), pasas casualmente delante de una tienda nueva o con un escaparate atractivo o con unas rebajas irresistibles y te apetece echarle un vistazo. Y como probablemente no tendrás un momento libre en los próximos días, pues decides entrar un momento, diciéndoles a los niños que es sólo un segundo y que si se portan bien tendrán un premio. Ese error cometí el otro día porque necesitaba una camiseta un poco larga que me permitiera dar el pecho a la niña. Al franquear la puerta de Zara le tuve que prometer a mi hijo mayor que sería cuestión de segundos, agarré casi la primera camiseta que vi y corrí hacia la caja comprobando la talla mientras empujaba el carrito y arrastraba al mediano sin perder de vista al mayor (esto es algo que las madres desarrollamos extraordinariamente a partir del segundo hijo: la visión lateral). Y cuando estábamos ahí parados, este se puso a gritar: “¿Pero para qué te compras esa si tienes ya una igual?". Me miró media tienda como si fuera una compradora compulsiva y descerebrada. Igual que el día que decidí entrar rápidamente a mirar unos zapatos, porque se me habían roto los que tenía cómodos para todos los días, y decidí aprovechar que pasábamos delante de una zapatería con todo al 50%. Pero una vez dentro, pobre infeliz, cometí la torpeza de pararme un segundo a mirar un bolso y el mismo energúmeno, que parece un miembro infantil de una asociación anticonsumo, chilló: “Dijiste que ibas a mirar sólo unos zapatos y esto es un bolso!!!!. Se hizo el silencio en la tienda y me miraron clientas y dependientas como si estuviera gastándome el dinero para el comedor de mis hijos o la beca de libros. No hace falta decir que no me compré los zapatos. Menos aún el bolso. Los hijos son el mejor antídoto contra el consumo. Al final va a resultar que te hacen ahorrar.
viernes 24 de julio de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)






10 comentarios: