Antes de nada quiero decir que estoy completamente a favor de las campañas de la Dirección General de Tráfico para mejorar la seguridad vial y de todos sus esfuerzos y desvelos para que todos y cada uno de nosotros lleguemos sanos y salvos a nuestro destino.
Las reglamentarias sillas de niño me parece un invento estupendo (es más, yo sugeriría que se aconsejara también su uso en el hogar, o el de cualquier otro artefacto similar que permitiera inmovilizar y neutralizar a las fieras durante un periodo razonable de tiempo) que sin duda salva vidas a diario. Y como tal las tengo de todos los tamaños. Pero dicho esto, de verdad, que hay momentos en que añoro aquella época en la que los niños iban sueltos (incluso pegando saltos) y los bebes en los amorosos brazos de sus madres, quienes hasta podían incluso sacarse la teta en marcha (siempre y cuando no estuvieran al volante, naturalmente) para calmar a la criatura. Porque de verdad que no hay nada más desesperante (y en esto todo el mundo coincidirá unánimemente conmigo) que ir en el coche con un bebé bien amarrado en su sillita berreando. Ya no te digo si estás en medio de un atasco y no puedes ni parar, ni bajarte del coche, ni hacer otra cosa que enchufarle el chupete o un biberón de manzanilla, o de leche, si es el caso, pero que con toda probabilidad no logrará tomar del cuajo que se tiene y en ese momento lo único que funciona es enchufarle la teta, pero claro, como no te pongas un alargador de esos de las centrales lecheras, no hay manera de hacerlo. Una amiga me contó que, sentada en un asiento de atrás, era capaz de darle el pecho a su bebé sin sacarlo de su sillita reglamentaria. Me parece toda una proeza. Voy a buscar un curso de contorsionismo circense para ver si yo también lo logro.
jueves 4 de junio de 2009
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