domingo, 21 de junio de 2009

Coro de llantos

Por fortuna no ocurre con mucha frecuencia, pero tampoco es inusual que lloren los tres al mismo tiempo y el escándalo que se monta entonces es tan atronador que la comunicación se vuelve completamente imposible; ya no es que no oiga lo que me dicen, o el teléfono, es que no oiría ni la sirena de los bomberos si vinieran a desalojar la casa. A veces pienso que no nos vendría mal al padre de las criaturas y a mí aprender unos rudimentos en lenguaje de signos para podernos decir lo básico: "¿Dónde está el chupete de la niña?" "Ponle el pañal a tal o a cual". o "¿Quién me mandaría a mí?”.
Ya digo que afortunadamente no ocurre a todas horas que coincidan en los lloros los tres angelitos, pero sí una vez al día, por lo general después de las ocho, en ese tramo horario que los padres tememos más que a la peste porcina. Y cuando pasa me quedo desarmada, no sé por dónde empezar, ni a quien calmar ni qué hacer, me quedo paralizada,y más de una vez, de los nervios me entra una incontrolable risa floja. Como el otro día cuando cogimos un taxi la familia numerosa al completo (aún nos cogen a los cinco porque la bebé va en brazos, imagino que cuando sea un poco mayor ya se negarán a meternos en un solo vehículo). Y nada más sentarnos (después de cinco minutos largos que se me hicieron eternos colocando niños y mochila y doblando el cochecito, que siempre se atasca y se niega a plegarse en los momentos más inconvenientes. Debo decir que nunca nunca he logrado plegarlo con la agilidad y gracia que lo hacía la chica de la tienda) se pusieron a llorar los tres. La niña con cólicos, hambre, calor, frio, o vete tú a saber por qué llora un bebé. El del medio, de edad y de de sitio, porque se quería poner en la ventanilla donde estaba el mayor. Y este, naturalmente porque no quería ceder su sitio ni muerto. Si la situación hubiera sido la contraria, habrían discutido igual, siempre quiere uno lo que tiene el otro, sea lo que sea, indistintamente. Yo iba en el asiento de delante y mi marido en el de atrás intentando, sin ningún éxito, calmar a la jauría. Y ante la impotencia de no poder hacer nada sin arriesgarnos a tener un accidente, pues me dio una risa floja tan inoportuna como incontrolable. Por un momento pensé que el taxista iba a parar al borde de la calle y desembarcarnos a todos diciéndome "Ni por todo el oro del mundo le termino yo esta carrera, señora". No lo hizo y desde aquí se lo agradezco, pero con ganas se quedó, de eso no hay duda. Menos mal que con la crisis no están los taxistas para rechazar clientes, pero en cuanto la cosa mejore un poco seguro que van a empezar a pisar el acelerador al ver a una tropa de niños similar parada en la acera esperando un taxi.

2 comentarios:

  1. coincido contigo en lo de plegar el carrito! y ahora con las sandalias y los pies al aire es infinitamente más difícil que en invierno, yo me siento una patosa doblando carros, pero es que mi marido directamente ha desistido...

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  2. Es que el carrito de la tienda es distinto, estoy segura, está más engrasado o algo así, pero tiene truco! Lo que me he podido reír con tu post. Un besote

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