lunes 15 de junio de 2009
Apología del colecho
Tengo que confesar algo: he sucumbido al colecho. Y no, no es una práctica sexual novedosa (más quisiera yo) sino el hábito de dormir en la misma cama con el bebé, o el bebé en la misma cama que lo que queda de sus padres. Práctica denostada por unos como el inicio de la ‘malcrianza’ y elogiada por otros como la forma más natural de sobrevivir a la lactancia nocturna. Yo, la verdad, no tengo una opinión muy formada al respecto (en mi estado actual de enajenación mental, en realidad, no tengo opinión sobre casi nada, pero eso es otra historia), no sé si es bueno para la criatura, si la estaré malcriando para siempre, si eso marcará sus relaciones, o las nuestras, en el futuro; lo único que tengo claro es que es más cómodo. Con mis otros dos hijos me había resistido, y tras cada toma su padre y yo, por riguroso turno, llevábamos a cabo, resignados a pasar media noche en vela, como androides preprogramados todo el protocolo de sacarle el aire, cambiarle el pañal si había lugar, y proceder a dormirle, lo cual podía durar un buen rato porque con todo el ajetreo anterior la criatura estaba ya completamente despierta y encantada de estar de juerga a esas horas. Pero ahora, será porque estamos más agotados, más pasotas, menos ortodoxos y mucho menos primerizos, hemos decidido dejar a la niña en nuestra cama y reducir al mínimo imprescindible la actividad nocturna. A la menor de cambio colocamos a la niña en la cama y yo me la voy pasando, medio dormida, de un lado a otro para proceder al amamantamiento. Y tengo que reconocer que dormimos mejor. Sobre todo el padre.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)






24 comentarios: